Honduras: más allá de la Biblia y la Constitución

honduras-2.jpgEl pasado 27 de enero me encontraba en Honduras, concretamente en el municipio de El Triunfo, muy cerca de la frontera con Nicaragua, evaluando algunos proyectos que tiene allí Sintiendo el Sur, una pequeña ONG de la que formo parte como voluntario. Tenemos la pretensión de mejorar, aunque sea un poco, la formación educativa de chicos y chicas, de manera que puedan tener la oportunidad de labrarse un futuro mejor que el de sus padres. Padres sometidos a la durísima realidad de la pobreza casi extrema, con una tierra poco fértil como único agarradero para subsistir a base de unas libras de frijoles y de maíz.

Señalo la fecha porque era el día en que tomaba posesión de su cargo el nuevo presidente hondureño, Porfirio Lobo Sosa, del Partido Nacional, que había ganado las elecciones el 29 de noviembre del año 2009. Era también el día en que, de alguna manera, se recuperaba la normalidad democrática tras el golpe de Estado del 28 de junio, que había depuesto al presidente Manuel Zelaya, del Partido Liberal, ocupando la Presidencia el hasta entonces presidente del Congreso Nacional, Roberto Micheletti. Asimismo, era el día en que Honduras comenzaba a caminar hacia su próximo futuro, hacia un destino que nadie sabe muy bien cuál va a ser. Desde luego difícil, como el de todos los países empobrecidos.

Los días anteriores y posteriores al 27 de enero todo el mundo –políticos, empresarios, periodistas…- hablaban de reconciliación, porque las heridas aún permanecían abiertas entre los partidarios de Zelaya y los defensores de Micheletti. Todo el mundo señalaba la lección que habían supuesto los acontecimientos de los últimos siete meses para no repetir errores; para regenerar la vida política, atravesada por constantes casos de corrupción; para recuperar la credibilidad dentro de la comunidad internacional; para empezar a terminar con la pobreza, que afecta al 70% de la población; para recuperar los miles de puestos de trabajo destruidos tras el golpe –más de 200.000-; para reparar la injusticia social, que perdura por décadas de gobiernos constitucionales; para conseguir mejorar las estadísticas de la violencia. Y así podría seguir añadiendo buenas intenciones para comenzar a construir otro país.

Apoyo a Micheletti

En medio de tantas buenas palabras, en aquellos días de relación con muchos hondureños me sorprendió el enorme apoyo con el que contaba Roberto Micheletti. Son muchas las personas que resaltaban el ‘impagable’ servicio que el ya expresidente había prestado al país. No sé hasta qué punto es una opinión interiorizada o si es fruto de una buena propaganda por parte del Gobierno y de los medios de comunicación más afines, que desde mucho antes del 28 de junio venían mostrando su rechazo a la política de Zelaya y su acercamiento a las tesis de ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), propiciada por el presidente venezolano, Hugo Chávez.

En los últimos tiempos he estado varias veces en Honduras. No sé si es que no lo había percibido o es que no se hacía hasta ahora, pero en esta última visita me ha llamado mucho la atención la constante apelación a Dios por parte de los políticos hondureños. Tengo la sensación de que cuando citan a Dios quieren que el ciudadano les vea como personas honestas, creíbles, decentes. No se me olvida el consejo que Roberto Michelleti dio a Porfirio Lobo durante una misa en el Santuario de la Virgen de Suyapa, centro espiritual de Honduras, el mismo día en que éste tomaba posesión de la Presidencia. “Pido al nuevo presidente que gobierne con la Biblia en la mano derecha y con la Constitución en la mano izquierda”, dijo. A mí me parece muy bien que se apelen a los valores que emanan del texto bíblico, pero me choca cuando veo todavía la enorme injusticia que reina en este país centroamericano, muy lejos del reino que anunció Jesús de Nazaret. El expresidente tampoco olvidó en ese momento el respaldo que recibió del cardenal arzobispo de Tegucigalpa, Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, de quien dijo que “ha sido insultado y calumniado, sin recordar que este hombre consiguió la cancelación de la deuda externa de Honduras”. Lo cual no está lejos de la verdad.

En medio de este ambiente, Porfirio Lobo ha comenzado su mandato. La primera decisión fue, tras un acuerdo con el presidente dominicano, Leonel Fernández, sacar de la Embajada de Brasil en Tegucigalpa al depuesto presidente Manuel Zelaya. En el camino al aeropuerto recibió el apoyo de miles de simpatizantes. Nada más llegar a la República Dominicana todos los informativos divulgaron el lugar donde vive el ex mandatario y su familia. Una zona residencial de superlujo. La pregunta de hondureños y dominicanos fue la misma e inmediata: ¿Quién paga esto? De momento no hay respuesta, pero sí que la figura de Zelaya se ha deteriorado más.

Reconocimiento internacional

Otra de las acciones inmediatas de Lobo ha sido conseguir el reconocimiento internacional. Para eso ha encargado las relaciones externas a Mario Canahuati, quizá el empresario más importante de maquilas en el país, algunas de las cuales se cerraron antes del golpe -porque Zelaya fijó el salario mínimo en 5.500 lempiras, unos 220 euros- y otras tras él, por aquello de la incertidumbre, algo que nunca gusta al capital. Es cierto que en apenas tres semanas se consiguió el reconocimiento de 29 países, entre ellos los Estados Unidos y España. El primero porque es la gran potencia mundial, en la que viven más de un millón de hondureños, que aportan a la maltrecha economía unos 2.500 millones de dólares en remesas. El segundo, porque es el puente que les puede abrir el camino de la Unión Europea y destino, cada vez más difícil, de quienes buscan otro futuro.

Con el golpe de Estado se cortaron prácticamente todas las ayudas internacionales y Honduras subsiste gracias a ellas. Para hacerse una idea baste decir que el 84% del presupuesto nacional se va en gasto corriente. Es decir, la inversión en educación, salud, infraestructuras, seguridad, etc, es mínima. La dependencia del exterior es total y lo malo es que los hondureños ya tienen la mentalidad de que son otros quienes les tienen que resolver los problemas. Así es muy difícil avanzar.
Antes de los primeros cien días de Gobierno, Lobo ha destituido al jefe de las Fuerzas Armadas, el general Romero Vásquez, que participó en el golpe, aunque para sustituirlo ha nombrado a otro participante, el general Carlos Antonio Cuéllar. Asimismo, se ha querido poner en marcha la Comisión de la Verdad para esclarecer el golpe, presidida por el ex vicepresidente guatemalteco Eduardo Stein, pero todavía no se ha conseguido. Otro tanto ocurre con la seguridad ciudadana y jurídica, el empleo, la educación, la salud…

Mientras una y otra vez Porfirio Lobo pide a Manuel Zelaya que “se calme y deje de molestar a Honduras”, creo que el pueblo hondureño, y sus dirigentes, necesitan consultar algo más que la Biblia y la Constitución para alcanzar de verdad la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social.

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