El gozo de ser acogida por los migrantes

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Foto. H. Fefa MartínezDe manera general en nuestros compromisos apostólicos hablamos frecuentemente de acercarnos, acoger, ayudar, acompañar… y nos sentimos gozosas, gozosos, de reconocer – por la escucha, claro está- los sufrimientos que viven sectores como el de los migrantes, con los que nos situamos: al oír las narraciones de sus avatares, sentimos que nuestro corazón se enternece, que nuestra razón se indigna antes las injusticias conocidas, que nuestra voluntad se mueve a una actividad de resolución para cambiar la situación doliente que percibimos y nos anima también a unirnos a otros en esa lucha de justicia… ya que la realidad necesita de transformaciones. ¡Hay tantas cosas por cambiar y por hacer!

Todo lo anterior es bueno, es hermoso, pero en cierta manera nos sitúa como las y los generosos frente a los que “tienen que ser acogidos por su vulnerabilidad” y sucede que (con nuestra mirada, a menudo victimizadora) pensamos que los migrantes sólo pueden ofrecer como contrapartida a nuestro servicio su agradecimiento, que cuando lo verbalizan nos recompensa lo realizado o que cuando no lo hacen, lo “ofrecemos” como un desaire sufrido…

Pero hay hechos que consiguen romper esa dinámica de dominio, de acogedoras, para volvernos sorpresivamente vulnerables, acogidas… Esa ha sido la experiencia que Lupita Calzada (Directora de la Casa de Juan Diego de Lechería) y yo misma (de servicio voluntario en la misma), vivimos el día 14 de enero, por el atrevimiento de responder al reto que un grupo de migrantes hondureños nos lanzó: ¿a que no vienen con nosotros?, ¡voy¡, ¡voy!…¡vamos!

¿Vamos? ¿dónde? A subir en el tren, en “la bestia”… Un primer paso: cambiar algo de nuestra imagen, situarnos como iguales, ¿parecer migrantes?, ¿cómo qué migrantes? Los cinco migrantes con los que salimos, eran hondureños, pero bien diferentes en figura, en edades, en vestuario, en color, en experiencia, singulares cada uno (como nosotras dos), pero sí éramos diferentes, tanto que el reportero que por la mañana había entrevistado a Lupita en la Casa no la reconoció en la calle a nuestra salida: ¿Ya se marchan?, nos preguntó. Sí, nuestra general respuesta.

Un segundo paso, la marcha hasta el puente de Tultitlan, donde podremos subir al tren hasta Huehuetoca, tal vez al encuentro de la nombrada Caravana que dicen llega de Oaxaca. Se organiza la caminata y “nos dejamos conducir”, son ellos lo que saben el camino, que dura una hora aproximadamente, con diferentes relevos en la cabeza de marcha. Al llegar al puente, un descanso. Allí están las vías, todavía sin tren, pero sí con el vigilante de ASE armado que nos mira. Tal vez nos reconoce como posible “presa grupal” para el ingreso extra del día. Otro migrante del grupo entra en acción: vamos a negociar la subida. Nuestra sorpresa, ¿Así no más?, responde: así no más. Viene con la negociación aceptada: 50,00 Pxm por cada uno y hacerlo de dos en dos, en la cercanía de la puerta de entrada a las vías. Analizamos las posibilidades económicas, no todos tienen la cantidad requerida, alcanzamos a 240,00 entre todos, lo que exige nueva negociación, que pensamos que puede facilitar el reconocimiento del distorsionador con la intervención de más miembros del grupo: Lupita y dos más, uno que se sabe ágil para retener nombre o número. No hay posibilidad de reconocimiento, no lleva placa de identificación, pero la negociación va por la cantidad acumulada, pero empeoran las condiciones: habrá que pasar por el hoyo de la malla, ya no vale el paso por la puerta.

Volvemos a nuestro lugar en la sombra y se siente el movimiento de un tren: el negociador se adelanta y los demás le seguimos. El vigilante nos dice que no podemos subir, porque es un tren de Kansas que lleva como carga automóviles nuevos. No dice que más tarde, mejor por la noche. Nos anima a ir a la Casa del Emigrante de Lechería, señalando los servicios que presta. Reconocemos en el espacio restos de fogata nocturna, restos de envases de comida entregados a albergados en Lechería.

Caminamos, nos sentamos y nos encuentra un conocido colaborador de Lechería que pretende subir al tren y llegar a Guadalajara, nos indica que es mejor más adelante, le dejamos ir; pasa alguna hora y decidimos seguir adelante, de nuevo nos encontramos al colaborador en espera y felizmente se deshace un malentendido existente entre él y Lupita, que favorece una reconciliación que a todos nos alegra y que aumenta el grupo en dos más.

Vemos que el vigilante ha seguido nuestro caminar, ahora en compañía de otro, se amarra de nuevo la subida, pero “en su territorio”, lo que nos obliga a ir hacia atrás. Viene otro tren, también es de Kansas, pero nos dice que ahora sí. El tren se para y subimos, pero nos señala que es preciso meterse en los huecos para que no nos descubran; tenemos que ordenarnos: los más delgados y bajitos en los dos interiores y otro en el central, todos agachados, pues el espacio es pequeño. Sólo se miran entre sí, desde lejos, los que van en el centro, el vigilante recibe su mordida.

Se pone en marcha el tren, debemos cuidar nuestra cabeza y manos de las arrancadas y topes, los que vamos más al interior vemos la realidad disminuida. Calculamos la velocidad como de 25/30 km. Se ven en el camino algunos migrantes a la espera. Comienzan nuestras confidencias, las aspiraciones del lugar a llegar: Chicago, las experiencias pasadas, los logros alcanzados, la deportación, la sorpresa de que seamos laica y religiosa católicas buscando el bien de los migrantes.

Ha pasado como más de una hora de camino. De pronto, el tren se para y un vigilante no armado nos obliga a bajar. Debemos hacerlo, desde que salimos conocían nuestra intentona. Nos indica por dónde podemos caminar, aunque señala que es por nuestro bien, porque al llegar al horcado están todas las fuerzas que no nos tratarían de igual manera y hubiera finalizado también nuestro viaje: estamos en la caseta de Huehuetoca.

Seguimos por las vías y el rastrojo hasta un puente donde se bifurcan los destinos. Nos sentamos sombreando y, al pasar, algunos trabajadores nos desean suerte. Uno de los emigrantes busca continuamente el lugar donde tender su ropa recién lavada en Lechería. Los entendidos descubren la dificultad del lugar para subir al tren y retrocedemos a la caseta donde somos amablemente acogidos por el vigilante de más edad, quien nos informa de las posibilidades, que prácticamente sólo serán por la noche en los trenes de Ferromex, los de Kansas están supervigilados y hacen imposible la continuidad. Nos indica dónde podremos hacer fuego para no sufrir tanto frío en la espera nocturna. Me cuenta también sus muchas dificultades laborales, lo que le hace sensible a la ayuda a los migrantes. ¡Tienen derecho a buscar una vida mejor!, aunque no siempre, se lamenta, ellos pueden hacer un servicio, porque también son muy vigilados.
Comienza el hambre, más fuerte para uno de ellos, pues tiene un padecimiento estomacal. Dos se lanzan a la búsqueda, difícil, pues parece que estamos en un descampado. Al cabo de un buen tiempo regresan con agua para las mujeres, con galletas para todos.

Anochece y empieza a sentirse el frío. Yo no llevo frazada, me ofrecen una, pero decidimos partir en dos la que lleva Lupita, otro da la idea de hacer un hoyo central para que quede a modo de ruana, otro saca un mecate para atarnos y que entre menos el frío; ellos cambian también de vestuario: empiezan a ponerse gorro, bufanda, otra playera, la chamarra. Uno de los vigilantes regala una playera y una camisa: están limpias, dice. El más desprovisto ocupa la playera y otro se beneficia de la camisa. La noche es hermosa, el cielo estrellado. No sentamos en tablones acumulados en la pared de la caseta, uno de los migrantes me dice “Nunca olvidaré este día, porque ustedes han querido viajar con nosotros”. Yo le digo: tampoco yo lo podré olvidar.
Regresan los dos “agentes” (categoría diferente en el servicio, salario diferente). Increpa a los varones por no haber encendido el fuego. Lo comienza y le ayudan. Nos dice que seguramente “las damitas” no podrán subir al tren por la velocidad que alcanza, que depende de que haya o no cruce de trenes en ese espacio. Nos invita a considerar quién se quedará con nosotras hasta mejor ocasión. Reunión del grupo y las mujeres decidimos que ellos deben seguir, es su derecho, es su vida, nuestro viaje es ocasional.

Los varones se inquietan, ya “sienten” el tren aunque no se vea por el momento, a lo lejos una pequeña luz delata al que va hacia al norte. Se oye el que va al sur, va a ver cruce, se ilusionan pensando que tendrá que parar el norteño para dejar paso al del sur, va por otra vía que la pensada, ¡hay que cruzar!, no lo logramos tres, dos de ellos por cuidarme. El tren que va para Lechería lleva una velocidad terrible, lo que hace dejar libre el semáforo e impide la parada del que va al norte que lleva muchísimos vagones y permite el intento a los que quedaron conmigo. ¡Corran! les digo. Es un arte sobrecogedor la carrera: alcanzar y mantener la velocidad que lleva el tren, un buen rato, antes del intento de subida; siguen pasando vagones y veo las sombras que lo montan: ¡Gracias, Dios mío!! Me agacho para ver quiénes quedan en el otro lado, solo una sombra: Lupita.

pag19_nortesur2_web-3.jpgEl vigilante, al vernos, nos invita a pasar a su caseta a esperar otra salida. De nuevo los agentes se van a otra ronda de vigilancia y el que queda prende la televisión y pregunta qué queremos ver, está en las noticias, afirmamos nuestro acuerdo y aparece el reportaje migratorio y la entrevista de la mañana a Lupita, la mira y le dice: Se parece a usted. Lupita me señala que es la primera vez que se ve, todavía estamos emocionadas. Regresan los dos y el mayor nos señala que sería bueno regresar al albergue de Lechería, donde podemos ser atendidas y Lupita le dice que es la directora. Pregunta ¿qué hacen ustedes aquí? Queríamos vivir algo de lo que ellos viven. Responde: Pues ya lo han hecho, pero no lo intenten de nuevo, quédense en su lugar haciendo el servicio. Le dice al joven que entra quién somos y él enrojece, apenado por ser quien nos bajó. Le decimos que no se apene, que nos trató bien. Preparan una mesa rústica y nos ofrecen pan dulce y café. Nos llevarán a Teoloyucan, para tomar una comby, la última que sale hasta la López Portillo. Les agradecemos tantos servicios recibidos y nos alegramos con Jesús: ¡Te damos gracias, Padre, por tu bondad manifestada en los sencillos!. Ya en la buseta nos reímos de nosotras mismas, de nuestra estrafalaria imagen, que oculta la emoción vivida en la reconciliación, en la acogida de este hermoso día.

Cuando escribo esta noticia, me sitúo en el mensaje de Jesús para este domingo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Tal vez no se trata de cambiar unas obras por otras, sino de modificar nuestra forma de ver la realidad de los migrantes, no sólo mirarlos como víctimas (que lo son), sino mirarlos principalmente como sujetos protagonistas de una transformación a la que nos invitan por su lucha y esperanza, y para cada una, cada uno de los que colaboramos, descubrir cada vez más el papel de vivir la reciprocidad, que pone en juego positivo todas las diferencias, centradas y traducidas en una vivencia de fraternidad, para recrearlas en un proyecto de humanidad nueva, en el proyecto del Reino.

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