Comunidades contra la pobreza

253nortesur3.jpgLuchar contra la pobreza. Cuatro palabras, una frase. Una idea sobre la que se ha escrito, teorizado, pensado, discutido, polemizado… trivializado. Lo que les cuento ahora es una experiencia interesante, una puesta en práctica de unos ideales que ha resultado bien. ¿Lucha contra la pobreza?. Creo que sus protagonistas siguen siendo pobres pero dejaron atrás el escalón de la miseria y de la indignidad en la que vivían.

Estamos en Mindanao, la mayor de las islas del sur de Filipinas. En su extremo sur-occidental se encuentra la ciudad de Zamboanga, una de las urbes en expansión del sudeste asiático dada su estratégica situación cerca de Malasia e Indonesia.

Zamboanga, sin embargo, cuenta con un problema social alarmante: casi el 60% de la población de la ciudad vive en chabolas o en precarias viviendas asentadas sobre terrenos que han ido ocupando cientos de familias durante las últimas décadas. Es un fenómeno cuyas raíces hay que buscarlas en la desesperada situación de inseguridad que se vive en zonas del interior de la isla, unida a la idea de que la emigración a la ciudad traerá alguna oportunidad de trabajo. Resultado: en muchos casos, han ido de la pobreza a la miseria.

Un español al otro lado del mundo

En estos barrios donde malviven los más pobres entre los pobres nos encontramos con un misionero español: Ángel Calvo. Este claretiano llegó hace más de treinta años a Filipinas y, pese a la dictadura de Marcos, la guerrilla musulmana, los atentados terroristas y los secuestros de cada día, no ha cesado de trabajar para dejar en herencia un mundo mejor.

Ángel promovió una ONG llamada “Katilingban para sa kalambuan” -algo así como “comunidad para el desarrollo”- para abordar la situación de tantos cientos de familias abandonadas a su suerte. Katilíngban tiene como idea motriz de su acción el que sean las familias, a través de la organización comunitaria, las que tomen conciencia de su situación y trabajen para cambiarla.

El trabajo de Katilingban se ha demostrado muy necesario, sobre todo, porque a los políticos la magnitud del problema no parece afectarles. Se calcula que en Zamboanga hacen falta casi 30.000 viviendas para paliar esta situación. Ante la inactividad de la administración o ante los realojos desorganizados, instituciones como Katilingban han tomado la iniciativa.

Visito con Ángel el barangay -una especie de barrio- de Camino Nuevo. Aquí, las familias asentadas en la zona han sufrido recientemente un incendio provocado por los dueños del terreno. Es una forma más de amedrentar a los vecinos para que desalojen el lugar sobre el que hay una sustanciosa oferta para construir un centro comercial.

Situaciones inhumanas

Cerca de la costa está Tugbúngan, otro de los barangays en los que trabaja Katilingban. En este lugar muchos viven de la pesca o de secar el pescado que extienden sobre los tejados de las casas, si se les puede llamar así a las mínimas chabolas de madera y palma que se levantan sobre la tierra anegada.

Trabajar todos juntos

Aquí, como en otros barrios, la gente de Katilingban ha apoyado la creación de comités de vecinos para organizar el trabajo. Tras muchas reuniones de reflexión sobre su situación y de formación de líderes -«empoderamiento comunitario” lo llaman aquí- llegó la hora de crear comunidades nuevas. En esto, la ONG Manos Unidas ha tenido mucho que ver haciendo llegar fondos para las nuevas viviendas.

En Katilingban dicen que no hacen viviendas sino que construyen comunidades. Y es verdad. En la primera fase, levantada hace ya seis años, viven casi 200 familias que dejaron atrás la pesadilla de vivir en condiciones infrahumanas.

Lolita, junto a su marido y su hijo, forman una de las familias que viven en la calle Amistad. Ellos, como tantos, habitaban una chabola hasta que conocieron la ONG de Ángel Calvo, entraron a formar parte de alguno de los comités y, finalmente, se comprometieron a adquirir la vivienda que a un precio muy bajo irán pagando durante 20 años con su trabajo.

Nosotros estábamos malviviendo en un asentamiento ilegal y fuimos de los primeros en venir a vivir en Katilíngban, me cuenta Lolita. Estamos muy contentos de tener nuestro hogar, aunque sea pobre, porque mi marido se dedica a recoger las latas y los plásticos para reciclar y con esto vivimos

El papel de las mujeres

Al comienzo de la calle Manos “Unidos” -tal y como se escribe en el idioma chabacano, que es una mezcla de español y tagalo- está el centro de formación en el que encuentro a un grupo de mujeres trabajando en los telares. Están tejiendo con fibra de abacá y con la venta de los productos que realizan están consiguiendo unos pequeños ingresos que no vienen nada mal a la economía familiar.

Maisie, responsable del centro, lo tiene claro: “para nosotras, no sólo es una cuestión de valor económico. Detrás de eso nosotros también procuramos que las mujeres aprendan a apoyarse unas a otras. Incluso trabajando aquí, cuando cosen o preparan medicinas naturales, esto se ha convertido en un lugar donde comparten y hablan entre ellas de sus problemas, especialmente del tema de la violencia doméstica. Es una oportunidad que se les ofrece para crecer en autoestima y apoyar a otras mujeres”.

Lo cierto es que las mujeres de Katilingban han resultado ser un pilar fundamental en la construcción de la comunidad y no sólo cuando se han puesto manos a la obra para construir sus casas. “Las mujeres también son muy activas a la hora de reivindicar ante la Administración, me cuenta Maisi. Por ejemplo, cuando necesitan abastecimiento de agua o el arreglo de las carreteras o que determinado servicio sea mejorado. En todo esto, las mujeres han estado al frente. Cuando hablamos de desarrollo, no sólo estamos hablando de algo individual sino de un desarrollo más amplio y que afecta a la vida cotidiana”.

El trabajo de Katilingban no cesa. Ya está en marcha la tercera fase de viviendas, cubiertas muchas de ellas por los tejados del color de la esperanza de tantas familias por conseguir una casa digna y estable donde construir su hogar.

Es domingo cuando me despido de la gente de Katilingban que, en el primero de los poblados, también comunitariamente, celebran su fe. Juntos sufrieron en lugares indignos para la vida humana, juntos reflexionaron sobre la injusticia de vivir así, juntos se organizaron para buscar soluciones y juntos las encontraron. Por ello, viven con naturalidad y con alegría el mensaje de fraternidad que se desprende de la eucaristía. Una celebración, eso sí, presidida por su patrona: Santa María de la Comunidad.

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