Foto. Olmo Calvo.En la Argentina se llama “villa miseria” a barrios asentados en terrenos fiscales donde personas nativas y de países limítrofes, con bajos recursos económicos, construyen sus viviendas precarias. Tal como acontece en otros sitios, en estas comunidades existen organizaciones sociales (ferias, clubes, parroquias, etc.); personas que trabajan dignamente y comparten sus alegrías y tristezas; diferentes manifestaciones de religiosidad popular y patologías sociales que incluyen el abuso de substancias, la violencia y el abuso de mujeres y niños.

Según la arquitecta Rosa Aboy, las villas nacieron a fines del S XIX ya que “entre 1880 y 1910, llegaron a la Argentina cuatro millones de europeos, de los cuales el 60% se radicó en Buenos Aires. Entre 1936 y 1947 más de un millón de personas del interior del país se desplazaron hacia las ciudades, empujadas por los desfavorables términos del intercambio económico interno”.

En líneas generales, los villeros y villeras siempre fueron víctimas del desprecio de sus compatriotas y de la discriminación gubernamental, cuestión que siniestramente quedó evidenciada con el último gobierno militar que, entendiendo que “el crecimiento paulatino y desmesurado de las villas de emergencia amenazaba la calidad de vida y de población de la ciudad”, implementó un plan de erradicación (a través de la violencia y del terror) de las villas que estaban en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -CABA.

Actualmente, en la mayoría de las villas argentinas –que, según el psicoanalista Alfredo Grande, son “las “ciudades de Dios” donde se cultivan y fertilizan todas las semillas que serán demonizadas cuando den los frutos de la inseguridad”- la población creció, lo cual se ejemplifica en la CABA ya que en ella -según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas del año 2010- hay 163.587 personas residiendo en villas de emergencia, asentamientos y Núcleos Habitacionales Transitorios, lo cual refleja que la población villera aumentó un 1’8% respecto al 2001.

Por último, en relación a las villas, el Grupo De Sacerdotes En La Opción Por Los Pobres afirma que “en ellas miles de mujeres y de hombres hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar la casa… Y, al caer la tarde, muchos de todas las edades se reúnen a rezar las novenas y preparar las fiestas en torno a las ermitas levantadas por la fe de los vecinos. El lado oscuro de nuestros barrios es la droga instalada desde hace años, que está despenalizada de hecho. Se la puede tener, llevar, consumir sin ser prácticamente molestado… El problema no es la Villa sino el narcotráfico. La mayoría de los que se enriquecen con el narcotráfico no viven en las Villas, en estos barrios donde se corta la luz, donde una ambulancia tarda en entrar, donde es común ver cloacas rebalsadas”.