África ante la Cumbre Rio+20

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Foto. UN Photo/Hien Macline. El 22 de junio se inaugura la Cumbre Rio+20 que, organizada por Naciones Unidas, tiene como objetivo discutir sobre el desarrollo sostenible. Se trata de una ocasión única para diseñar un futuro próspero y sostenible para todos los habitantes de nuestro planeta.

Rio+20 intenta renovar el compromiso político con respecto al desarrollo sostenible, alcanzado en cumbres anteriores, al mismo tiempo que busca soluciones a las nuevas emergencias que afectan a nuestro planeta. Por eso se centrará en dos temas: economía verde en el contexto de un desarrollo sostenible y de la erradicación de la pobreza y reforzar el marco institucional del desarrollo sostenible.
Ante esta cumbre, al continente africano se le presentan algunos retos. El primero es el de la pobreza. A pesar de los pasos dados este sigue siendo uno de los problemas más acuciantes de África. En las últimas décadas varias economías africanas están creciendo mucho, pero esto no se traduce en mejoras de las condiciones de vida de la mayor parte de la ciudadanía. Además de las grandes hambrunas, temas como las enfermedades, el analfabetismo, la falta de acceso a agua limpia y saneamientos, la alta tasa de desempleo juvenil, la falta de oportunidades para las mujeres, etc. siguen estando muy presentes en la mayoría de los países.

También el cambio climático está afectando a África más que al resto del globo. Esto, como se puso de manifiesto en la Cumbre de Durban, celebrada el pasado mes de noviembre, supone un nuevo reto para las posibilidades de desarrollo del continente. Además, la poca capacidad para dar respuesta al fenómeno y de adaptación a la nueva situación pone en peligro la seguridad alimentaria y el acceso al agua en muchas regiones africanas.

África también parte con desventaja a la hora de pedir que se opte por una economía verde, que sea menos contaminante y que utilice menos recursos. Los países más desarrollados, los principales contaminantes, se excusan en la crisis económica para no cumplir sus compromisos de reducción de emisiones, transferencia de tecnología y fondos para frenar el impacto del cambio climático en los países del sur. África ha optado por las energías limpias, pero la dependencia tecnológica de occidente representa una barrera para el desarrollo de este sector en el continente.

La postura de África en Rio+20 debe ser unitaria y así lo reconocieron todos sus países en la reunión celebrada en Addis Abeba, entre el 20 y 25 de octubre pasado, en el documento titulado Africa Consensus Statement to Rio+20. En él se recuerda la validez de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD) como el marco del desarrollo sostenible del continente. Al mismo tiempo, reconoce que el fundamento de todo desarrollo sostenible radica en la buena gobernanza, instituciones fuertes y responsables, la creación de riqueza, la igualdad y equidad social, la erradicación de la pobreza, el respeto al medio ambiente y el progresivo cumplimiento de los acuerdos internacionales, incluyendo los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

En el momento actual, es difícil determinar si Rio+20 será un paso importante hacia el desarrollo sostenible, como lo fue Rio 1992, o si se convertirá en una oportunidad perdida. Lo que es cierto es que se requieren grandes dosis de voluntad política por parte de los estados más fuertes y gran unidad en el lado de los débiles, especialmente los africanos, para llegar a acuerdos que sean beneficiosos para todos.

También la Cumbre de los Pueblos

UN Photo/P.

Marcelo Barros

En paralelo a Rio+20 también se celebrará la Cumbre de los Pueblos, que reunirá a ochenta mil personas, venidas de todo el mundo para manifestar lo que la sociedad civil propone como caminos de comunión entre la humanidad y la tierra. Lamentablemente, Brasil, el anfitrión de ese importante evento, casi en la víspera de la conferencia de la ONU, dio un paso atrás. A finales de abril, el poder legislativo brasileño aprobó una ley sobre protección ambiental que favorece a los terratenientes y grandes proprietarios rurales y les permite que sigan destruyendo la Amazonia y los bosques brasileños. La ley es un inmenso retroceso frente a lo que había anteriormente. Si antes la ley determinaba que en las márgenes de cada río deben dejarse protegidos 15 metros de verde, ahora ya no se exige eso y hay quienes hablan de respetar solamente cinco. La reserva de bosque que tiene que quedarse intacta en cada hacienda se ha olvidado y los cerros ya no están protegidos por ley. . Es un código antiflorestal y revela bien el modelo económico y de desarrollo aún en vigor en esa sociedad: un crecimiento económico sin justicia social y sin cuidado con la madre Tierra.

La sociedad civil brasileña espera que la presidenta Dilma Rousseff pueda vetar esa nueva ley, pero el hecho de que el legislativo la tenga aprobada ya muestra una herida profunda de nuestra sociedad. Por mantenerse en el mismo sistema y camino de la absolutización del mercado, la conferencia de la ONU no propone nada de nuevo. Solo la “economía verde” que piensa salvar el planeta al poner precio a la naturaleza. Son las comunidades indígenas y tradicionales las que, desde su espiritualidad “ecosocial” proponen el bien vivir como regla de convivencia social y ecológica para el planeta. Es su forma de testimoniar el amor divino que fecunda todo el universo.

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