“Los últimos hacen ver la realidad con otros ojos y nos humanizan”

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Escudero habló en el Foro Gogoa sobre el tema: “¿Qué cabe esperar de los últimos?”. Carlos Escudero Freire es laico, doctor en Teología y licenciado en Ciencias Bíblicas. Escritor de artículos y libros, el último de ellos titulado El evangelio es profano (El Almendro, 2011). Obras suyas anteriores son Devolver el Evangelio a los Pobres (Sígueme. 1978), Jesús y el poder religioso (Nueva Utopía, 2003) y Jesús, novedad radical. A vino nuevo, odres nuevos (Bubok, 2009)

¿Por qué dice usted que “el Evangelio es profano”?

Jesús de Nazaret pone al ser humano en el centro de su mensaje, frente a las instituciones sagradas, que lo discriminan y oprimen. Jesús venció la tentación del poder y abolió lo sagrado. Su mensaje y actividad discurren por los cauces de la vida normal y cotidiana de la gente. El Evangelio muestra predilección por “los últimos”, los que no cuentan para los poderosos: toda clase de personas enfermas, despreciadas, marginadas y oprimidas, la gente sencilla. Desde el poder no se puede entender adecuadamente el Evangelio, que es profano.

¿Quiénes eran “los últimos” en tiempo de Jesús?

“Los últimos” eran entonces muchos y diversos. Toda clase de enfermos, especialmente los leprosos, prototipo de la marginación religiosa y civil. Los pastores, a quienes se tenía por delincuentes habituales, gente peligrosa, carente de derechos y cuyo testimonio no tenía valor en los juicios. Los samaritanos, considerados como herejes y paganos, pero a los que Jesús defiende y pone como modelo de amor al prójimo. Los recaudadores de impuestos, que extorsionaban a la gente y eran odiados como agentes del imperialismo romano (sin embargo, Jesús tuvo la iniciativa desafiante y subversiva de alojarse en la casa de uno de sus jefes principales). Las mujeres, que entonces estaban postergadas, de modo especial las prostitutas o aquella mujer sorprendida en adulterio a quien un grupo de hombres, de manera hipócrita, quería matar a pedradas. La misma María, la madre de Jesús, que en su canto, el Magníficat, dice que Dios se ha fijado en su “insignificancia”.

¿Y en nuestro tiempo?

Ahora los últimos son, sobre todo, todas las personas empobrecidas, desahuciadas, sin trabajo, dependientes, maltratadas y despreciadas por los dirigentes de nuestra sociedad injusta. La solidaridad y el servicio a “los últimos” de nuestro tiempo siguen siendo fundamentales.

¿Qué cabe esperar de esos últimos?

Esas personas, una vez liberadas, nos ayudan a ver la realidad con otros ojos, nos humanizan y, en ese sentido, se convierten en evangelizadoras de los demás y muestran que la pretensión de Jesús, lo que él llamó “El reinado de Dios”, discurre entre ellas.

¿Pretendió Jesús fundar una religión?

Jesús era un laico, lleno del Espíritu de Dios, que no fundó una religión. Jesús luchó contra lo sagrado de su tiempo, y estableció una manera de vivir diferente, con los valores de fraternidad y justicia que caracterizan al “reinado de Dios”. Si el Evangelio es profano, se acabó ya el patriarcado. El poder sagrado, patrimonio de la jerarquía, causa un daño incalculable a la causa de Jesús. El poder sagrado es injusto, divide y discrimina. El Evangelio no es sagrado, es profano.

¿Por qué pide usted al papa y la jerarquía que abandonen el judaísmo y se conviertan al Evangelio?

La vida desconcertante y el mensaje subversivo de Jesús supusieron una ruptura radical con la religión y las leyes del judaísmo de su tiempo. Su crítica al poder religioso y civil le costó la vida. Él no buscó la muerte, pero la aceptó libremente porque quiso ser coherente con todo lo que dijo y vivió. Sus propios discípulos y familiares no le entendían, pero él tuvo con ellos una gran paciencia y nunca los rechazó. Ahora produce tristeza la imagen que están dando muchos obispos, que se centran en sus “problemas”, no conectan con la gente de nuestro tiempo, no admiten que existen diferentes modelos de familia, no aceptan novedades en nuestra vida y entorno y no se pronuncian para defender derechos fundamentales. ¿Dónde está ese Dios, padre misericordioso, del que habla Jesús? La herencia histórica nos metió muy adentro la idea de lo sagrado. Pero lo que importa es lo profano, es decir la vida y los problemas diarios de la gente. El Evangelio no son leyes, es espíritu que nos pone en un camino de felicidad y simplifica la vida. Y simplificar la vida, ahora que es tan complicada, es algo que vale mucho.

¿Cómo expresa el Evangelio la ruptura con la religión judaica?

Lo hace constantemente. Pero es significativa esa ruptura en el primer capítulo del evangelio de Lucas. Zacarías, al recibir la noticia de que va a ser padre de Juan el Bautista, es un símbolo del antiguo testamento; aparece en un ambiente sagrado: está en el templo, es un sacerdote y ofrece incienso, pero no cree y se queda mudo. Por contra, María recibe la noticia de que va a ser madre de Jesús, en su casa, en la vida cotidiana, en un ambiente profano; ella sí que cree, lo expresa en un canto gozoso y abre la puerta a la buena noticia y a un tiempo nuevo. La ruptura con el pasado queda subrayada, muy a menudo, en los evangelios con el uso de la palabra “hoy”. A los pastores se les anuncia: “Hoy os ha nacido un salvador”; a Zaqueo, jefe de odiados recaudadores de impuestos, se le dice: “Hoy ha entrado la salud en tu casa”.

Dice usted que la eucaristía no es un rito sagrado, ni mucho menos mágico. ¿Qué contenido y significado tiene, pues?

La eucaristía no es un acto de culto. Al despedirse y dejar su memorial, Jesús se reunió con sus discípulos en una casa normal, no en un lugar sagrado. Tampoco consagró el pan, ni el vino, es decir, no los convirtió en algo sagrado, sino que pronunció una acción de gracias. Jesús actuó como Señor y Maestro, pero no como sacerdote, ni consagró a nadie como sacerdote. Dejó un testamento de amor e invitó al servicio, como novedad radical. Se trata de seguirle en su modo de vivir y en lo que significa su muerte, violenta y excluyente. Jesús, al celebrar su propia Pascua y no la pascua de los judíos, dice: “Esto es mi cuerpo”. “Mi cuerpo”, en el tiempo y cultura de Jesús, es una referencia a la persona entera y, con eso, invita a repartir el pan y vivir en actitud de servicio. Y cuando habla de “mi sangre”, se refiere a su sangre derramada violentamente en la cruz, una sangre que nos excluye y libera de los valores de un mundo que causa atropello, pobreza, tristeza y muerte.

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