“La izquierda es una actitud, no tiene sentido sin vinculación al futuro, al progreso y a la libertad”

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 Foto. Mikel Saiz.Josep Ramoneda es filósofo, escritor, director de varias colecciones de ensayo y periodista. Actualmente escribe en El País y ejerce como comentarista en la cadena SER. Hasta diciembre de 2011 fue director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Sus últimos libros son Contra la indiferencia (Galaxia Gutenberg, 2010) y el recién aparecido La izquierda necesaria. Contra el autoritarismo posdemocrático (RBA, 2012). Seiscientas personas escucharon a Ramoneda, que abrió el curso del Foro Gogoa en Pamplona

¿Qué efectos están teniendo los aspectos culturales de la crisis?

Parece que estamos encerrados en una habitación sin vistas. La crisis que atravesamos es algo más que económica. Es una crisis de civilización, con nuevos desafíos antropológicos, culturales, morales y políticos. Hegel escribió que “la cultura es la forma de hablar, trabajar y desear que tiene un pueblo”. La cultura es un bien de primera necesidad, que ayuda a mejorar el paisaje social y la calidad de la vida comunitaria. La cultura, gran suerte que tenemos los humanos, nos permite acelerar nuestros procesos de aprendizaje y adaptación. Pero los políticos gobernantes tienen una visión estrecha, elitista y utilitaria de la cultura, que no es un territorio neutral, porque en las relaciones humanas aparecen siempre la necesidad de comunicación y la presencia del poder. Albert Camus escribió en las páginas de Combat, el periódico resistente, que “vivimos en un mundo en el que se ha impuesto una técnica: el miedo”. Desde el poder, político y mediático, se está ejerciendo sobre la ciudadanía una estrategia cultural de choque, se dramatiza la situación, para inmovilizar con el miedo.

¿Cómo están actuando los gobernantes en la crisis actual?

Transmiten constantemente un mensaje que niega la posibilidad de alternativas, dicen que no se puede hacer otra cosa que lo que ellos hacen. Satanizan el conflicto: lo hemos visto recientemente cuando presentaron ante el juzgado denuncia acusando a los activistas de 25-S de querer derrocar al Estado. Tienen una cultura de casta, aislando de la sociedad la política y las instituciones democráticas. Y recurren sistemáticamente al miedo con resultados perversos. Ahora sucede que se ha fragmentado la clase media: hay una parte de ella que vive al límite y otra parte que sigue viviendo relativamente bien, porque algunos bienes y servicios han bajado de precio, pero ha reducido su consumo porque le ha influido ese discurso del miedo.

¿Se puede superar el catastrofismo?

Es posible darle un sentido positivo al concepto de crisis. La idea de crisis no tiene por qué ser negativa. Las crisis son transitivas, “momentos precisos en el devenir de las cosas”, como diría Leibniz, que aparecen en el discurrir de la existencia personal y comunitaria. Incluso un apocalipsis es una oportunidad de descubrimiento de algo escondido, que puede emerger y resultar distinto y acaso mejor que lo anterior. ¿Y qué ha puesto al descubierto esta crisis? Pues, como dicen Pierre Lardeau y Christian Laval, que “vivimos en un universo económico de competencia generalizada, que conmina a los pueblos a entrar en una lucha económica unos contra otros, ordena las relaciones sociales conforme al modelo de mercado y transforma al propio individuo llamado a concebirse a sí mismo como empresa”.

¿Podemos ser autónomos o tenemos que depender de los técnicos?

La idea de individuo es positiva, una conquista extraordinaria de la modernidad: el individuo portador de derechos y protagonista de la acción. Ahí está el ideal que propuso Kant cuando hablaba del individuo como persona capaz de pensar y actuar por sí misma con autonomía. Pero ahora, a lo que nos invitan es a vivir en un feroz individualismo, aislado cada individuo del contexto social. Viene muy al caso la advertencia de Albert Einstein: “No debemos sobreestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de los problemas humanos. Y no deberíamos dar por supuesto que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en cuestiones que se refieren a la realización de la sociedad”. Esta es la mentira que se nos está vendiendo día a día: que la crisis de ahora es sólo cuestión para los “expertos” y sólo ellos tienen que opinar. Y así va creciendo la brecha entre el poder económico y financiero -que es global- y el poder político, que ha quedado confinado a lo local y nacional.

¿Qué efecto tienen sobre el ser humano los avances científicos?

Cada salto tecnológico tiene consecuencias antropológicas, que aún no hemos sido capaces de evaluar, pero que resultan muy importantes, porque fuerzan a los seres humanos a evolucionar y a adaptarse a situaciones nuevas. En nuestro tiempo asistimos a una doble ruptura producida por las tecnologías de la información y las de las ciencias de la vida. Con la mundialización, el espacio se ha contraído, con las tecnologías de la comunicación el tiempo se ha acelerado. Las horas no son más cortas, pero nuestra percepción y gestión del tiempo han cambiado: se nos fuerza a hacer más cosas en la misma cantidad de tiempo. Una tarea es la de pensar. Las cosas necesitan su tiempo y pensar necesita el suyo. Pensar en términos de imprenta no parece lo mismo que pensar en términos de Twitter. Pensar requiere investigar, crear, amar y obrar. ¿Podrán las nuevas generaciones pensar usando menos tiempo? Y, respecto a la biología y la genética, ¿qué va a pasar con todo lo que se puede hacer en el cuerpo humano con las nuevas tecnologías de la vida? ¿Qué se puede permitir y qué no? ¿Hasta dónde se pueden poner límites y dónde será imposible por la misma naturaleza de los instrumentos técnicos? No es broma, aunque parezca un mal sueño, aquella predicción de Nietzsche: “algún día el último hombre convivirá con el superhombre”.

¿Cuáles son los desafíos de internet y las redes sociales?

Todo es ambiguo, ambivalente. En primer lugar, la relación entre lo presencial y lo virtual. Un amigo es un bien escaso, precioso. Pero en facebook se nos dice que podemos tener 85.000 amigos a la vez. Internet es un instrumento importante pero no podemos caer en el papanatismo hacia él. Internet produce fractura social: su implantación crece a gran velocidad hasta que alcanza al 50% de la población y, a partir de ahí, se para. Internet es factor de movilización social, pero también lo es de individualismo, de represión y de difamación de personas e instituciones que son gravemente dañadas y no pueden defenderse. La información es poder y también posibilidad de liberación, pero no hay tanta diferencia entre tener información cero o tener un océano de información que no se sabe ni se puede jerarquizar ni interpretar. Para el cambio social no basta con tener instrumentos, hace falta crear las condiciones que hagan posible ese cambio social.
Foto. Mikel Saiz.
¿Y los medios de comunicación convencionales?

En todo el país ya no queda una sola televisión de centro-izquierda. Mejor no hablar del retorno de la radio y televisión pública al control del Gobierno. Asistimos, en general, a una doble “berlusconización”: un control monopolístico de los medios y unas políticas encaminadas a legalizar privilegios para los que más tienen.

¿Qué está pasando con las religiones?

Algo nuevo. Se ha roto el monopolio territorial de las religiones y ahora en cualquier país puede darse una lucha por el “mercado de las almas”. Esa oferta amplia, el encuentro, la colaboración y la mezcla, parece algo positivo. Y se antoja ridículo y trasnochado el discurso de la Alianza de Civilizaciones que insiste en preservar el carácter regional de las religiones.

¿Qué aspectos tiene la crisis moral?

Se resume en el nihilismo. Se acepta el principio de que todo está permitido, no hay límites ante el beneficio inaplazable, la destrucción de la naturaleza o la violación de derechos humanos. Después de 30 años de hegemonía conservadora, el poder sobre las conductas está en el dinero. Es tan dañino el inventor de los créditos basura como el mentor del terrorismo fundamentalista. Los medios se han convertido en fines. Las relaciones humanas se han reducido a un consumismo alienante, que suprime la libido y se reduce a una pulsión. No hay empatía; las personas no son alguien a quien hay que respetar.

¿Qué futuro aguarda a la izquierda?

La izquierda es una actitud. La izquierda no tiene sentido sin vinculación al futuro, al progreso y a la libertad. “Nada hay más de izquierdas que la libertad”, escribió Jorge Semprún. La izquierda tiene que recuperar su signo internacionalista, romper las fronteras, combatir la desigualdad, promover un nuevo humanismo, reinventar el espacio común y defender la política, recuperando la calidad de la democracia. Atreverse a ser transgresora y adoptar un cierto punto libertario. Y denunciar que no sólo hay políticos corruptos, existen también sus “corruptores”, que no rinden cuentas ante la justicia y salen indemnes.

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