La esperanza y la alegría de las familias de nuestros presos

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En torno a la paella compartida las familias de los presos celebran su particular “sínodo familiar”. Foto. Mati-HariHace ya varios años que nos reunimos una vez al mes las familias de los presos de la cárcel de Navalcarnero, en la parroquia Sagrada Familia de Fuenlabrada, con el único objetivo de poner en común nuestra vida, compartir los sufrimientos, alegrías y esperanzas de nuestros muchachos presos.

En cada reunión hay mucho de vida, de esperanza y de futuro, pero es inevitable que las madres también muestren su preocupación por sus hijos y, en más de una ocasión, las lágrimas y el dolor abundan en nuestras reuniones. Las reuniones son, sobre todo, un espacio para compartir, donde cada uno puede hablar y decir lo que le brota de lo más profundo del corazón.

Muchas veces aflora la culpa por pensar que sus hijos están en la cárcel por “no haber sabido educarles”, “¿en qué hemos fallado?”, se preguntan muchos padres. Sin embargo, entre todos intentamos que cada cual pueda expresar lo que siente, sin temor a que se le critique o se le mire mal. Sentimos que la fuerza del Dios misericordioso, Padre y amigo, está presente en todo lo que allí vivimos. Sobre todo, sentimos que Dios se hace presente en cada lágrima, en cada impotencia, en cada uno de los dolores y sufrimientos que allí expresamos.

Nos reunimos los domingos por la tarde y en la reunión del mes de octubre una de las familias quería celebrar que su hijo estaba ya en tercer grado y nos dijo que nos quería preparar una paella para celebrarlo. Toda la semana estuvieron nerviosos preguntando cuántos íbamos a ser y cómo iban a prepararlo todo, querían que todo quedara bien. Nos llenó de alegría y emoción que quisieran celebrarlo con todo el grupo, porque el grupo también forma ya parte de su familia, como cuando nos juntamos los domingos en casa para comer juntos.

Aquí, nuestra parroquia, la Sagrada Familia de Fuenlabrada, se convertía en nuestra casa donde compartir la alegría de una comida fraterna. En el fondo era una comida de Dios, el Dios de Jesús estaba también sentado con nosotros y también sonrió; la parroquia que durante todos los meses es lugar de acogida y de lágrimas compartidas, ahora era también lugar de esperanza y fraternidad.

Estuvimos veinticinco personas, la paella fue inmensa, tanto como la alegría e ilusión que nos inundaban a todos con momentos para reír y para compartir. Paqui y toda su familia estaban felices de haber podido hacer la paella, porque además vinieron todos sus hijos; por la tarde nos reunimos como todos los meses en torno al café y, como siempre, salieron todos los sinsabores de nuestros muchachos, todos los dolores y esperanzas de que las cosas pudieran mejorar.

Todas las familias coincidían en que nuestro grupo era un espacio diferente donde podían encontrarse a gusto, sin tapujos; y comprobamos que así era; Teresa, que cuando llegó al grupo hace varios meses no paraba de llorar, nos confesaba que se encontraba feliz y que para ella suponía mucho el reunirse con nosotros; Carmen, nos decía que había sido un día especial olvidando todo su sufrimiento; Paqui, disfrutando con todos sus hijos y con nosotros compartiendo la comida; Narciso y Ana se incorporaban ese día, diciendo que ojalá hubieran venido antes; Flora y Anastasia con sus hijos ya en libertad, pero felices con nosotros; Juani con su hijo en prisión y voluntaria también de nuestra cárcel.

Fue un día donde de nuevo respiramos al Jesús de Nazaret presente en cada uno de nosotros y de nuestros chavales. El Dios de la vida se hizo una vez. Sentimos la sonrisa entrañable de un Dios que es Padre y vela por todos nosotros… y sentimos que todos nos podemos ayudar, que la vida merece la pena, que no estamos solos. Este domingo en torno a la paella compartida celebramos también nuestro “sínodo familiar”, más modesto que el de Roma pero, sin duda, igual de fraterno. Seguro que el papa Francisco también se habría apuntado a nuestra paella.

Las palabras del Evangelio, “mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”, en torno a la comida preparada con cariño y compartida desde el amor nos sentimos familia y la parroquia Sagrada Familia, una vez más, fue nuestra casa. Seguro que igual que en tantas comidas, Jesús estuvo todo el día con nosotros como auténtica presencia real y Eucarística: el pan partido, las lágrimas derramadas y el vino de la esperanza hicieron que Jesús se hiciera presente en nuestra Eucaristía de este domingo.

*Francisco Javier Sánchez González es el capellán de cárcel de Navalcarnero y párroco de la Sagrada Familia en Fuenlabrada (Madrid)

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