“Jesús de Nazaret vincula su pretensión con la salud y la sanación de las mujeres”

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Foto: Patxi Cascante.Lucía Ramón Carbonell es filósofa y teóloga laica, profesora de ecumenismo en la Facultad de Teología de Valencia y de diálogo interreligioso e historia y práctica de teología feminista en la Universidad Pública de Valencia y en EFETA, vinculada a la Universidad de Sevilla. Es también columnista en la revista Vida Nueva. Publicaciones suyas recientes son el libro Queremos el pan y las rosas (Ediciones HOAC. 2011) y el cuaderno Mujeres de cuidado. Justicia, cuidado y transformación (Cristianisme i Justícia 2012).

Pan y rosas, ¿las mujeres pelean usando la poesía?

Ese lema, utilizado por las trabajadoras textiles de Massachussets en su huelga logró movilizar a unas 20.000 personas. Aquellas mujeres, organizadas sindicalmente, luchaban por la reducción de horas de su larga jornada laboral, por el mantenimiento de sus salarios y por una vida mejor, pero luchaban también por los hombres, compañeros e hijos de mujeres, rechazando la explotación y recordando que los corazones padecen hambre al igual que los cuerpos. El eslogan se repitió en la primera marcha mundial de mujeres celebrada en Canadá en los años noventa. El cineasta Ken Loach dio el título Pan y Rosas a una película que trata sobre la explotación laboral de hombres y mujeres inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos. Necesitamos imágenes para cambiar las cosas. Eso lo sabía muy bien Jesús de Nazaret, que las usaba porque era un poeta. Al lema “pan y rosas” yo le he añadido el “queremos”. Eso es importante, porque muy a menudo a las mujeres nos preguntan qué queremos y nos cuesta mucho responder a esa pregunta, porque, normalmente, solemos querer cosas para los demás. A las mujeres nos cuesta mucho tiempo, a veces años, descubrir lo que queremos para nosotras mismas.

¿Cómo es que usted se hace esas preguntas?

Todo nace de una encrucijada personal. Yo soy una mujer y madre que vive de su trabajo en la enseñanza de la filosofía. Soy una teóloga laica que vivo en un contexto secular. Provengo de una familia no creyente y he accedido al cristianismo por libre opción personal, con una preocupación muy fuerte por la justicia y por la cuestión ecuménica. Al relacionarme con el cristianismo me encontré con grandes ambigüedades. Por un lado me encontré con la persona de Jesús y la memoria de un viviente, que descubro en la experiencia propia y la de otras personas cercanas. Y por otro lado con una institución monolítica, pesada y tremendamente excluyente con las mujeres. Eso me produjo un fuerte conflicto personal que me llevó a estudiar teología. Parece anómalo que a una mujer le pueda interesar la teología vocacional y profesionalmente en un contexto tan clericalizado como el de nuestro país. Muy pronto descubrí que no es lo mismo nacer mujer que nacer varón. Mis preguntas me llevaron a beber en el feminismo y a conocer a fondo la teología feminista, muy creativa sobre todo desde los años noventa. Me pregunto cómo las mujeres creyentes somos percibidas por otras mujeres que luchan por la justicia social, económica, política y por la justicia para las mujeres. Hombres y mujeres hemos de repartirnos equitativamente cargas y oportunidades.

¿Eso también en la Iglesia?

En el mundo y en la Iglesia. Sin duda. Porque Jesús de Nazaret vincula su pretensión y su mensaje de plenitud de vida y vida abundante, lo que llama “el reinado de Dios”, con el logro de la justicia y la equidad. Y lo vincula de manera nuclear, como aparece de modo reiterado en el Evangelio, con la salud, la sanación y la salvación de las mujeres. Hacen falta los derechos básicos de alimento, vestido, vivienda, pero también la amistad, la comunicación, la fiesta, la belleza, la capacidad de soñar algo diferente. El pan y las rosas. Pero eso es algo que rara vez se escucha en la predicación o en la teología. No podemos recortar ese anhelo de justicia, que además abre a los horizontes, más humanos, del bien vivir y de la gratuidad. Desde luego es posible una Iglesia que, sin perder la unidad, sea mucho más plural. Y recordar que, al inicio del cristianismo, estuvieron las mujeres. Entre ellas, María de Magdala, apóstol de los apóstoles, que tuvo la misión de trasmitirles la noticia de que Jesús ha resucitado y está vivo.

¿Qué dimensiones tiene esa demanda de una justicia mayor?

Citaré cuatro palabras que empiezan por la letra “r”: redistribución, reconocimiento, representación y reciprocidad. La primera es una redistribución de cargas, bienes y oportunidades entre hombres y mujeres. La segunda, el reconocimiento de las contribuciones que hacemos todos, hombres y mujeres, a la vida de los demás y de la comunidad; hay mucha depresión porque falta ese reconocimiento, porque hay personas, sobre todo mujeres, que no se sienten valoradas. La tercera es la representación, la participación y presencia equitativa de hombres y mujeres en la discusión y toma de decisiones que afectan vitalmente a unos y otras, a todos. La cuarta dimensión es la reciprocidad: establecer nuevas relaciones igualitarias entre mujeres y varones buscando una síntesis articulada y armoniosa de lo mejor que tienen la cultura de la masculinidad y la feminidad. Los hombres tienen que renunciar a parte de su poder para que lo ejerzan las mujeres y las mujeres deben dejar más espacio a los hombres para que ellos también sean cuidadores.

¿Es compatible el cristianismo con la libertad de las mujeres?

La religión ha sido utilizada para legitimar formas de opresión. Pero estoy convencida de que el cristianismo puede ser una fuerza muy potente de cambio y transformación social, de afirmación, creatividad y crecimiento humano. La espiritualidad y la religión no pueden quedar al margen de ese proceso. Igual que hay actualmente tendencia al crecimiento de los fundamentalismos religiosos, va en aumento una “ecosofía” que pone en relación las mejores tradiciones liberadoras que encierran las religiones. Ante el peso histórico de unos cleros casi enteramente masculinizados, un desafío para las mujeres teólogas es releer las tradiciones religiosas de nuestro Dios de la vida, un Dios que no es varón ni mujer, en clave de salud para las mujeres. Necesitamos el horizonte profético de denuncia de lo que está mal y de anuncio de que mañana otro mundo distinto es posible.

¿Las mujeres quieren poder religioso?

Hay que vencer la tentación de tributar culto al ídolo del poder. Hannah Arendt nos ha enseñado a distinguir entre el poder como dominación y el poder como logro de empoderamiento o autonomía personal y colectiva. Pretender ministerios, como el sacerdocio femenino, para ejercerlo como dominación es algo de lo que debemos huir. Pero las mujeres sí hemos de pretender llevar a la agenda religiosa, igual que a la política, los temas que nos atañen, plantearlos y participar en la toma de decisiones.

¿Cómo ve una teóloga feminista la figura de la Virgen María?

Una imagen recurrente de María se ha utilizado para someter y acallar a las mujeres. Y cierta imaginería religiosa ha potenciado ese modo de ver las cosas. El papa Pablo VI dio el año 1974 en su exhortación apostólica Marialis cultus algunas claves para recuperar a María como la mujer y la creyente que es. Y, desde luego, la más importante es acercarnos a ella a través de los textos bíblicos del nuevo testamento.

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