“En nuestras sociedades es más importante consumir que votar”

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Foto. Iban Aginaga.Peru Sasia, doctor en química y profesor de ética profesional en la Universidad de Deusto, pertenece a la directiva de la Red Estatal de Economía Alternativa y Solidaria y es presidente de la Junta de Socios de la Banca Ética FIARE, que reúne a 2.500 personas y más de 300 organizaciones articuladas en nueve redes territoriales en España. Vino al Foro Gogoa para hablar sobre nuestra responsabilidad ciudadana ante el sistema financiero.

¿Es posible gobernar al sistema económico y financiero neoliberal?

El sistema funciona mal; extraordinaria, asquerosa y absurdamente mal. Genera situaciones de personas que carecen de lo más básico para sobrevivir y mueren de manera continuada, mientras al mismo tiempo produce acumulaciones obscenas de riqueza que es imposible que sus dueños conviertan en felicidad. A escala macro, a escala global, no parece posible ahora una alternativa. No se pueden conseguir condiciones para que el sistema capitalista globalizado funcione bien, tales como la competencia, la información simétrica, la atención a criterios a largo plazo o la vinculación de las transacciones financieras a la economía real. La propia inercia de este sistema económico ha acaparado un poder globalizado mucho más eficazmente que el de los poderes políticos, que se muestran incapaces de embridarlo para conseguir el bien común.

¿Precisamos un cambio cultural?

Por supuesto, porque el capitalismo neoliberal está ocupando un nicho cultural. El sistema nos necesita individualizados, ausentes, consumidores, con un pensamiento utilitario que lo reduce todo al valor económico de nuestras transacciones. Este sistema, ayudado por algunos medios de comunicación que controla, nos hace malas personas, incapaces de decir a los poderes públicos otra cosa que: “Ocúpate de mí y déjame en paz”. Hay que ser ciudadanos militantes en la esfera económica. Mantenerse críticos y nadar contra corriente es un ejercicio necesario, pero que nos fatiga. Precisamos una solidaridad descentrada que no piense solo en nuestro pequeño interés personal o familiar, sino que atienda a terceros, personas y comunidades.

¿Colaboramos necesariamente con el sistema?

Nosotros consumimos y legitimamos. Tal y como se están configurando nuestras sociedades es más importante consumir que votar. Cada vez que consumimos estamos lanzando un mensaje: “Siga, que, sea lo que sea lo que usted produce o distribuye, yo compro” Y, si sumamos decisiones aisladas, eso sirve a algunas transnacionales para explotar laboralmente a personas o a los bancos para exigir a los gobiernos dinero público en forma de crédito o inversión. Y ahí aparece un problema ético, que es la dilución de la responsabilidad: nadie se siente responsable de sus opciones de consumo, a veces automáticas o compulsivas. “Yo soy un consumidor más, yo solo no puedo arreglar nada”; eso es lo que quieren que pensemos.

¿Qué podríamos hacer?

Nuestra sensación individual es que todo esto nos supera. Nos aporta muy poco ya la fase de diagnóstico de la crisis que hemos hecho todos los ciudadanos a los que queda un poco de dignidad y de espíritu crítico. Pero siguen planteadas nuestras preguntas: ¿Qué papel jugamos cada uno? ¿Somos indiferentes? ¿Opositores? ¿Colaboradores necesarios? ¿Víctimas? ¿Qué deberíamos, qué podríamos hacer? ¿Cómo salvamos nuestra responsabilidad ciudadana cuando incluso políticos a quienes hemos dado el voto, concejales o parlamentarios bienintencionados, nos reconocen que “hoy por hoy los políticos no tenemos las suficientes herramientas para forzar a los agentes económicos a hacer lo que debería hacerse”? Hay una primera respuesta, importante por su valor simbólico y de expresión colectiva frente a quienes tiene poder, que es la indignación y la ocupación del espacio público. Eso es lo primero, decir nuestra palabra y que no vengan a pedirnos soluciones, que eso no nos toca. Pero también tenemos que dar y exigirnos una respuesta solidaria asistencial, organizada, planificada y programada, a tanta necesidad y sufrimiento de personas que tienen nombre y apellidos.

¿Y crear alternativas?

Es claro que no es posible hablar de una alternativa formalizada y completa al capitalismo neoliberal. Habría que construirla a escala mundial y ¿quién con poder suficiente estaría interesado en llevarla a cabo? Pero podemos hacer algo que nos permita vivir con coherencia y dignidad. Es posible pensar y ensayar comunitariamente pequeñas alternativas, locales, regionales, de alcance estatal. Circuitos de producción y distribución que no serán grandes, pero serán sostenibles. Y eso se puede crear mediante agregación de ciudadanos que creen que es más digno vivir así y que el proceso de crear esos circuitos ya es un valor. Eso no es escaparse del mundo, sino mostrar que hay maneras de hacer las cosas de otra forma, que la historia no se ha acabado y que la realidad no tiene un tamaño fijo.

¿Qué viene a proponer la banca ética?

Primero la pregunta de si el crédito es un derecho humano. Porque los perdedores del mundo actual necesitan crédito. Se trata de entender los retos que la justicia plantea a quienes en un lugar determinado pueden ofrecer crédito y eso solo lo conocen bien organizaciones que trabajan en ámbitos sociales. Además, generar otro valor, que supone autonomía, “empoderarnos” de nuestras decisiones económicas: quien deposita su dinero en la banca ética no tiene ánimo de lucro, sabe a dónde va su dinero, atiende al impacto social y medioambiental, al lugar de empleo y tiene muy presentes la equidad y la perspectiva de género.

¿A donde va la banca ética?

A financiar proyectos que regeneran actividades y sectores sociales necesitados de crédito. A fortalecer, a empresas y organizaciones del ámbito de la economía solidaria que acompañan a la gente perdedora en nuestra sociedad. También a crear un banco que esté en manos de una ciudadanía que en todo momento sepa a qué se destina su dinero. Y a evitar los yugos de la utilidad económica y de la superrentabilidad del capital depositado en un banco. El mayor inconveniente es el capital; ¿quién invierte si no obtiene rentabilidad? Hay que sacudirse ese yugo. La banca ética orienta el crédito y lo pone al servicio de la justicia, en ámbitos sociales regenerativos como la inserción social y laboral, la lucha contra la exclusión, el desarrollo rural, el sindicalismo agrario, el comercio justo o la cooperación para el desarrollo. Se trata de ser alternativos.

La morosidad y el riesgo para su dinero preocupa a muchos.

Sí. Como dice Ulrich Beck, vivimos en la sociedad del miedo. Morosidad hemos de tenerla siempre, porque la gente pobre es más vulnerable. Pero nuestra obligación ante una petición de crédito es crear un circuito adecuado de intermediación. Pongamos un ejemplo: FIARE ha financiado a una cooperativa de jardinería que va a dar empleo en Asturias a un grupo de presidiarios en régimen abierto Ha sido avalada por Emaús Internacional y la Red de Economía Alternativa y Solidaria de Navarra.

¿Qué expansión ha alcanzado ya FIARE?

Hemos alcanzado los tres millones de euros de capital social. Llevamos intermediando ya entre ahorro y crédito casi 60 millones de euros. Hemos financiado 150 proyectos sociales por unos 28 millones. No tenemos aún cuentas corrientes, ni tarjetas de crédito, ni operaciones por Internet, pero el sistema informático se puede comprar. FIARE quiere llegar a ser una banca de servicios plenos, pero no hay prisa. Eso va a depender de a cuánta gente seamos capaces de agregar, requiere militancia económica. Hay personas que no buscan a toda costa dos puntos más de interés para su depósito, que no quieren una cubertería de acero y que están dispuestas a caminar algo más lejos de su casa para encontrar la oficina bancaria.

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