El sínodo y el espíritu del mundo

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El sínodo será una oportunidad para que los obispos participantes miren hacia el futuro. La sesión extraordinaria del Sínodo de los Obispos que tuvo lugar en octubre de 2014 concluirá en Roma este octubre, un año después, para concluir las reflexiones de los obispos católicos sobre la misión de la Iglesia frente a las cuestiones actuales de la familia. Sobre asuntos de ética moral y familiar, aunque muchos tienen miedo de romper con la tradición, el sínodo tiene el compromiso evangélico de dar a la humanidad una palabra actualizada y, principalmente, más solidaria y comprensiva sobre los asuntos de la ética sexual y la bioética. Sin embargo, es importante comprender que lo que está en juego es algo más que un mero lenguaje comprensivo. Se trata de comprender la misión de la Iglesia como testigo del proyecto amoroso de Dios para el mundo. La lucha por la igualdad de derechos y reconocimiento de la dignidad de todas las personas humanas viene de muchos siglos atrás pero, en términos actuales, empezó con la Revolución Francesa (1789). Desde entonces, las conquistas sociales se han ido ganando progresivamente. Se logró el derecho al voto por parte de todos, hombres y mujeres, pobres y ricos. Después han venido la libertad religiosa, la libertad de expresión y el derecho de todos a la educación.

Al menos por ley, conquistamos la igualdad formal entre hombre y mujer, la superación de las discriminaciones raciales y el respeto a diferencias culturales, religiosas y sexuales. Estas conquistas se deben a luchas concretas, pero también a un cambio de pensamiento que, en el siglo XIX, Hegel llamaba “del espíritu del mundo”. En la Iglesia, esa expresión puede ser mal comprendida como “espíritu mundano”, para designar el modo de pensar de la sociedad dominante. En modo alguno era eso lo que Hegel quería decir con esa expresión. “El espíritu del mundo” era para él algo positivo. Como cuando Jesús pide a los discípulos “saber leer los signos de los tiempos”, esto es, como dice el Apocalipsis: “Lo que el Espíritu dice a las Iglesias y a la humanidad de hoy”. Sobre eso, Hegel afirmaba: “Nosotros no somos propietarios de nuestras ideas. Al revés, son las ideas las que, en nosotros, asumen un poder transformador”.

En la acepción de Hegel, el “espíritu del mundo” se desarrolla desde el “pueblo organizado, a partir de la conciencia de sus derechos”. Para dar un ejemplo: La sociedad internacional tuvo la primera conferencia de la ONU sobre ecología en Estocolmo en el año 1972. Sin embargo, solo a partir de los años 90 se creó una conciencia colectiva sobre ese problema. Así, lo que Hegel llamaba “espíritu” podríamos actualmente traducirlo por conciencia social y ética, que va tomando cuerpo en la sociedad hasta exigir cambios estructurales en la organización social. En su tiempo, Hegel distinguía un “espíritu objetivo”, que tendría prioridad sobre el “espíritu subjetivo”. Tenía su razón de ser, pero algunas veces podría disminuir los derechos del individuo y su libertad. Actualmente, esto empieza a cambiar. La sociedad ya no se impone al individuo. Esta debe adaptarse a cada persona para integrarla. No se trata del individualismo capitalista y sí del bien vivir indígena que integra los criterios éticos del bien vivir y del bien convivir.

Algunos de los problemas que el sínodo que se reunirá en Roma en octubre debe afrontar piden a los obispos y a la comunidad católica la sensibilidad y la capacidad de sintonizar con esa nueva conciencia social y esa ética fundamentada en valores diversos de la tradición en que nuestra sociedad se constituyó.

En mayo de este año, en Irlanda, un país de tradición católica, en un referéndum sobre la diversidad sexual, el derecho legal a la unión gay recibió el 61% de los votos favorables. Pocos días antes, el episcopado católico había publicado una nota en la cual pedía a los fieles votar en contra de la legalización de la unión gay. Después del referéndum, el arzobispo de Dublín declaró: “La mayoría de los que votaron ‘sí’ son católicos. La Iglesia debe aprender con eso y dialogar con esa realidad”. Lo que estaba por detrás de eso era más que el reconocimiento de la dignidad de los gais.

Era el derecho que toda persona humana tiene a ser feliz y vivir lo que, en Irlanda, se llama “amor integral”. Eso significa que toda persona humana tiene el derecho de ver su relación de amor reconocida por la sociedad y por la comunidad social a que pertenezca. Para vivir una relación de amor que sea maduro y humanizado no basta la libertad íntima de vivir la relación interpersonal a dos, sino que las personas tienen el derecho humano de vivir eso en sus relaciones sociales y ser aceptadas como dignas e iguales por la sociedad a la que pertenecen.

Para ser cristiana, una Iglesia debe ser testigo de que todos los seres humanos tienen derecho al amor integral y que todo amor es sacramento del amor divino en el mundo. Desde los siglos antiguos, la Iglesia enseñó que la unión entre un hombre y una mujer es el sacramento –signo eficaz– para el mundo del amor entre Dios y la humanidad. La Iglesia seguirá insistiendo en la dignidad del matrimonio entre un hombre y una mujer. Pero no puede desconocer la realidad. Hoy no existe un único modelo de familia, sino diversos y el criterio para juzgarlos no puede ser solamente la letra de la ley y la tradición. El criterio de Jesús es que la ley hecha en nombre de Dios pueda aportar más humanidad y amor a las personas. Jesús dijo: “El sábado fue hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado”. Las leyes religiosas, incluso las más sagradas, deben servir a la vida y a felicidad de las personas. Pablo escribió: “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad” (2 Cor 3, 17).

Camino hacia el Sínodo

La XIV Asamblea General Ordinaria del sínodo de obispos se celebrará del 4 al 25 de octubre de 2015 y versará sobre el tema «La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo». Se trata, en realidad, de la continuación del sínodo extraordinario de obispos sobre la familia celebrado en 2014 con el fin de formular orientaciones pastorales adecuadas para la atención pastoral de la persona y la familia.

El pasado mes de julio se presentó la versión definitiva del Instrumentum Laboris, documento de trabajo para el sínodo que fue elaborado sobre la base de las respuestas de fieles de todo el mundo a un cuestionario lanzado por el papa, así como sobre las consultas de los distintos episcopados y el informe final del último sínodo.

Dividido en tres partes, destaca por un lenguaje abierto y una constante invitación a la cercanía y acogida de las personas «heridas» por separaciones, abandono, el drama de las traiciones y el sufrimiento en general, así como por motivos económicos.

Además, se caracteriza por un crudo realismo: «En la sociedad de hoy solo una minoría vive, sostiene y se propone la enseñanza de la Iglesia Católica sobre matrimonio y familia, reconociendo en ellos la bondad del proyecto creativo de Dios».
En cuanto a la candente cuestión de los divorciados, «sin poner en discusión el ideal de monogamia absoluta, es decir, la unicidad del matrimonio», el documento admite que en los casos de separados vueltos a casar que viven en una «convivencia irreversible», pero que piden recibir la comunión, «existe un común acuerdo sobre la hipótesis de un itinerario de reconciliación o vía penitencial, bajo la autoridad del obispo».

«No se trata solo del sacramento de la comunión, sino de la integración», explicó en la presentación el teólogo Bruno Forte, secretario especial del sínodo.

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