Cuidado con las palabras

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Foto. Longitud de onda.Con este artículo que estás leyendo ahora mismo, en alandar iniciamos una nueva línea para intentar hacer más visible el mundo de las personas ciegas y con otras discapacidades, de manera transversal en toda la revista.

Es indudable que todo evoluciona muy rápidamente y, cómo no, también las palabras. Yo, que ahora estoy escribiendo estas líneas con un ordenador adaptado, me encanta que me llamen “ciego” pero, ¿por qué todo el mundo prefiere llamarnos “invidentes”, término más petulante, en vez de la clásica “ciego”?

Los dos términos son sinónimos, pero parece que “ciego” hace más daño y con “invidente” es más delicado el tratamiento. Si aceptamos el argumento anterior, ¿por qué no llamar a los sordos, “inoyentes”? Con estas palabras nuevas, acuñadas por cualquiera, pueden pasar situaciones grotescas, como una vez en la que iba montado en un taxi y el conductor me preguntó:

  ¡Perdone!, ¿le podría hacer una pregunta indiscreta?

Temiéndome lo peor accedí a dicha interpelación y el taxista lanzó:

  ¿Usted es “televidente”?

Aluciné en colores y le respondí:

  Bueno, también me gusta mucho la radio.

La evolución etimológica es enorme. Hace muchos años éramos todos “inválidos” o también se empleaba el vocablo “subnormal” que, desgraciadamente, todavía se sigue usando. Con el paso del tiempo derivó a otro término muy utilizado incluso todavía, que es el de “minusválido” acuñado y promovido oficialmente por la OMS, aunque parezca mentira. Y entonces pregunto yo: ¿menos válido… ¿en relación a quien?, ¿de qué?

Las personas con discapacidad, que es como debería llamársenos, porque sólo con discapacitado también parece que falta algo, tenemos además otra serie de capacidades que parece que en muchos casos son tapadas por la propia discapacidad. No es un juego de palabras pero, eso sí, hay cuestiones indudables como, por ejemplo, la lentitud en realizar las cosas y por eso reivindico que se nos podía denominar como “minusrápidus”.

Ante todo hay que potenciar la palabra “persona” por encima de otros términos porque somos individuos con necesidades especiales y que nos hace diferentes la discapacidad. En las más severas, cuando la persona se encuentra, por ejemplo, en silla de ruedas, tiene complicaciones en el lenguaje oral o debe apoyarse en sistemas de lectoescritura como el de signos o el dactilológico de los sordociegos, la discapacidad tapa a la persona o, mejor dicho, la sociedad tapa con la discapacidad a la persona y nos sentimos desamparados porque se ve más al ciego, sordo, cojo que a Mariano, Miguel o a Beatriz.

Lo último que se ha puesto de moda es llamarnos “personas con diversidad funcional” que, afortunadamente como veis, conserva como decía anteriormente la palabra “persona” pero eso de… “funcional” me suena como las funciones de los ordenadores, que si pulsas f9 te baja el correo electrónico, f3 el buscador y así muchos más, como si fuéramos comandos de una computadora de la población que selecciona: f1 los ciegos, f2 los autistas, etc.

Pero como quiero ser positivo, hasta tengo una propuesta más razonable: ¿por qué no llamarnos, por ejemplo, “personas con capacidades diversas” y así potenciamos las capacidades que toda persona posee y no las discapacidades para avanzar también en el ámbito lingüístico en positivo…?

En definitiva, a nosotros no nos importa que nos llamen como lo que somos, mudos, mancos o ciegos como es mi caso, que es una palabra preciosa e, inclusive, si se combina con invidente tampoco pasa nada, pero no tengáis miedo a expresaros con naturalidad porque esa es la clave. Y, si no estáis dispuestos, entonces como “castigo” yo os llamaré “bidentes” –y no porque veáis mejor que yo, ya que os habréis fijado que he cambiado la “v” por la “b” y no es una falta ortográfica–, es que al no cuidar las palabras pueden llegar decir de vosotros que tenéis solo dos dientes.

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