La otra cara de la transición energética

La transición energética, con la que se busca sustituir los combustibles fósiles por fuentes de energía renovables (sol, viento, mareas, geotermia, etc.), es el principal reto de la sociedad del siglo XXI. Este modelo busca reducir el impacto del cambio climático y de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, mediante la generación de energía de forma sostenible -placas fotovoltaicas o aerogeneradores-, empleando tecnologías alternativas como los vehículos eléctricos. Pero ¿son verdaderamente sostenibles o simplemente intentamos solucionar un problema causando otro? 

Estas nuevas tecnologías requieren una serie de materiales cuya extracción y consumo tiene un alto impacto, desde una perspectiva económica, política, social e incluso medioambiental.

Estos materiales se denominan materias primas críticas o metales estratégicos. Su importancia es capital, ya que, desde una perspectiva europea, estos elementos representan “una oportunidad de reducir la dependencia respecto del exterior para aumentar la capacidad de la UE en extraer, procesar y reciclar materias primas imprescindibles para el desarrollo de la economía”, en palabras de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. En 2023, 34 elementos fueron clasificados como materias primas críticas (en función del riesgo de suministro y la importancia económica), elementos como el cobalto, el litio, el grafito, el silicio, el níquel, el galio, el cobre y los metales de tierras raras, entre muchos otros.

Estos metales son claves para fabricar las baterías que usamos diariamente en dispositivos como nuestros teléfonos, tabletas, ordenadores portátiles, herramientas, o en los vehículos eléctricos. Los paneles solares contienen cantidades nada desdeñables de elementos como el silicio, el níquel, el galio, el germanio y el cobre. Los aerogeneradores, que emplean el viento para la generación de energía eléctrica, contienen elementos como el acero, cobre, metales de tierras raras y aluminio en grandes cantidades. Estos metales nos permiten fabricar estos dispositivos que permiten el aprovechamiento de fuentes de energía renovables y que no generan emisiones de CO2 durante su uso. Sin embargo, su extracción y procesamiento no son inocuos, comportan una marcada huella ambiental y social en las poblaciones locales. 

Mencionemos dos ejemplos muy gráficos de esta problemática. El cobalto es un metal que se encuentra en diversos minerales, la gran mayoría de los cuales se localizan en la República Democrática del Congo. Sus excelentes propiedades lo convierten en un elemento idóneo para aportar energía a las baterías de ion de litio, a lo largo de sucesivos ciclos de carga y descarga. Esto ha hecho que en este siglo su precio haya presentado variaciones importantes, alcanzando máximos de más de 80.000 dólares la tonelada, lo que ha hecho que aumente el interés en extraerlo por parte de numerosas empresas, principalmente chinas. 

Parte de la extracción de cobalto se lleva a cabo en grandes instalaciones industriales mineras, pero una parte importante se extrae mediante la denominada minería artesanal, donde los congoleños pican, extraen y clasifican los minerales en las propias instalaciones (de forma más o menos clandestina) o en plena ciudad, en sus propios patios, sin apenas medidas de seguridad y sometidos a riesgos que ponen en peligro sus vidas. Hombres, mujeres y niños colaboran en esta tarea, sin apenas sacar rédito económico, ya que los intermediarios y las grandes empresas mineras son las principales beneficiadas de este sistema. Una vez que el cobalto entra en las líneas de producción de las empresas mineras es imposible rastrear su origen, no se puede distinguir entre cobalto de mineros artesanales y mineros legales. 

El valor se multiplica conforme asciende en la cadena. Además, la extracción de este metal comporta trabajo infantil, invisibilidad y abusos a la mujer, demolición de hogares, desplazamientos forzados y una notable pérdida de biodiversidad. El Congo, país rico en recursos mineros, acaba siendo el gran perjudicado de la extracción del cobalto que usamos en nuestros móviles, ya que todo este negocio no colabora al desarrollo del país en la magnitud en la que debería.

Donald Trump se ha convertido en el protagonista, a nuestro pesar, del segundo ejemplo que queremos comentar. El actual presidente de EUA ha aumentado la presión sobre territorios como Groenlandia y Ucrania, entre otros motivos, por su deseo de controlar los metales de tierras raras. Esta serie de 17 elementos de la Tabla Periódica son esenciales en la tecnología moderna. Son vitales para fabricar imanes permanentes (empleados en las turbinas eólicas), baterías, pantallas, altavoces e iluminación LED. Son el motor de la innovación tecnológica, incluyendo la industria armamentística y, actualmente, su extracción y refinamiento se lleva a cabo en China. Por ello, y dado la actual guerra comercial y tecnológica entre EE.UU. y China, las imposiciones arancelarias y restricciones a las exportaciones de numerosos compuestos, el control de las tierras raras es uno de los principales objetivos de las grandes potencias.

En general, la extracción y procesamiento de estos metales estratégicos afecta gravemente a las poblaciones locales y al medioambiente. Su reciclaje, además, es escaso y complicado. Por lo tanto, ¿se puede realmente alcanzar una transición energética ética, justa y sostenible? La investigación es clave en ello, ofreciendo alternativas sostenibles como la minería urbana (recuperar los metales de los residuos electrónicos desechados mediante el reciclaje, sustituyendo a la minería tradicional), el ecodiseño (diseñar los productos de tal manera que se facilite su reciclado y que sean sostenibles y de mayor calidad), así como la búsqueda de sustitutos a los minerales críticos, que reduzcan la dependencia de la UE.


Lograr una sociedad sostenible, responsable y ecológica, en la que el desarrollo económico no esté reñido con el bienestar social y el cuidado medioambiental, es responsabilidad de todos. Las instituciones públicas, empresas privadas, centros de enseñanza y de investigación deben trabajar en conjunto para lograr dicho fin. Los ciudadanos también tenemos nuestra cuota de responsabilidad, hemos de ser conscientes de dónde vienen los productos que compramos y hacer de ellos un uso ético y responsable. Recomendaciones tan sencillas como intentar alargar la vida útil de nuestros productos (evitar la obsolescencia programada), reparándolos cuando sea necesario, en lugar de desecharlos y comprar otros, hará que se reduzcan los residuos generados, la contaminación y sobre todo el impacto en las poblaciones locales donde se obtienen estos valiosos recursos, y donde desgraciadamente suelen ir a parar los residuos que generamos.

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