Mi experiencia en la JEC

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El 75º aniversario de la Juventud Estudiante Católica (JEC), celebrado recientemente, ha sido una ocasión para el reencuentro, pero, sobre todo, una reivindicación de la aportación de este movimiento a la Iglesia y al mundo estudiantil, que es muy poco conocida. Quiero, por eso, contar algo de lo que la JEC ha significado para mi vida adulta y mi ejercicio profesional.

Hablando de la experiencia internacional de la JEC

La JEC educó mi mirada sobre el mundo, la cambió radicalmente: la hizo más crítica, más profunda y más creyente, y eso es una aportación para toda la vida, que no he dejado de agradecer en mi ejercicio profesional como periodista, desarrollado mayoritariamente en TVE. Porque ¿Qué otra cosa hacemos los periodistas sino mirar al mundo y contar lo que vemos?

Estuve en la JEC todo el tiempo de mi bachiller y de mi paso por la Universidad. Fui presidenta nacional del 75 al 78 y también estuve en el Equipo Internacional JECI en París del 78 al 82. Todos esos años me marcaron de forma indeleble. Ahí me forjé como ciudadana del mundo y como católica en su sentido más genuino de universalidad. En ella aprendí a madurar mi fe con otros, a aceptar -y a criticar cuando hace falta- a la Iglesia, y a sentirme parte de un mundo que está a nuestro cargo.

El método de trabajo utilizado, la Revisión de vida, con sus tres etapas de Ver, Juzgar y Actuar, consistía en elegir en el grupo un hecho de entre los que todos aportábamos, para ir «desmigándolo». El hecho podía ser una situación vivida en el instituto o universidad o también algo de nuestra vida personal que nos estuviera afectando de manera fuerte. A partir de ahí, nos preguntábamos por las causas y consecuencias, tanto personales como sociales, de ese hecho y establecíamos relación con situaciones similares vividas por otros miembros del equipo. Desde el inicio de ese Ver, se pretendía una mirada creyente, un posicionarse desde los valores evangélicos. De ahí se pasaba al Juzgar, que enriquecía esa mirada con textos de las Escrituras, y exigía a veces una profundización, un estudio más teórico sobre la realidad analizada. Y, finalmente, se llegaba al Actuar, donde había que aterrizar en compromisos concretos que serían revisados más adelante.

La Revisión de vida, no siempre realizada de forma tan estricta, era un estilo, una manera de hacer, que se extendía a toda la tarea del movimiento. Para mí es el germen de la Lectura Creyente de la Realidad, un término hoy reivindicado y que viene a significar que lo cristiano no es un sombrero que ponemos sobre la realidad, usando por ejemplo un texto del magisterio o del evangelio; es más bien la convicción radical de que Dios está aquí, en el mundo, y que nuestra tarea es tanto desentrañar su Presencia como contribuir a ella con nuestro compromiso.

Compromiso, precisamente, era la palabra omnipresente. La JEC activaba en nosotros una motivación muy fuerte para implicarnos en la realidad, para cambiarla en un sentido de mayor justicia y humanidad, de mejor servicio a las necesidades del mundo estudiantil y con una sensibilidad grande por los más pobres. ¿Para qué estudias?, ¿al servicio de quién vas a poner lo aprendido?, eran preguntas que nos hacíamos y que nos interrogaban sobre nuestras responsabilidades presentes y futuras. Así, poco a poco, se iban formando proyectos y maneras de vivir y de comprometerse, que eran acompañadas por el equipo, con el que se compartía el Proyecto personal de vida y acción (PPVA).

Más allá de estas herramientas -que describo porque tal vez no son conocidas por muchos- lo principal, la experiencia más gozosa y más formativa era que los jóvenes éramos protagonistas desde el inicio; aún con la ayuda de los acompañantes y de los sacerdotes, el peso del trabajo y de las decisiones era de los militantes, y eso es una escuela de formación impagable. A mí me enseñó a asumir responsabilidades, a organizar un acto, a conocer también las dificultades de cualquier gestión colectiva, a aceptar la complejidad de los grupos humanos, a tener la paciencia necesaria… Porque en la perspectiva del Reino, sabíamos que nuestra contribución es importante pero no la única, que no hay que desesperar ni rendirse fácilmente si no se logran objetivos a corto plazo. También aprendimos a concretar el idealismo en objetivos revisables, a animarnos a salir a la esfera pública… y a rezar.

Fundamentar el compromiso en una experiencia espiritual profunda, personal y comunitaria, siempre fue el objetivo, unas veces mejor trabajado que otras. La experiencia de las eucaristías era participativa, alegre, siempre vinculada a lo vivido y hablado, y nos dejaba huella. Por todo ello, como varios antiguos militantes afirmaron en la reunión del aniversario, si no hubiera sido por la JEC yo no seguiría en la Iglesia, probablemente. Y esa es otra deuda.

No soy yo sola. La Iglesia tiene muchas deudas con la JEC. La ha ignorado bastante, la ha mantenido bajo sospecha, siempre pensando que eran pocos sus miembros y sin preguntarse por qué los jóvenes han desertado en masa de la institución. Para mí, es un milagro que la JEC exista todavía. Porque los movimientos juveniles tienen una debilidad intrínseca, ya que las generaciones se suceden muy rápido y los jóvenes precisan acompañamiento en esos momentos vitales de gran cambio, y necesitan también apoyo económico, porque los movimientos juveniles no pueden financiarse por sí mismos.  Pero ahí está el milagro, sí, un milagro afortunado. La JEC sigue reuniendo a unos jóvenes militantes entusiastas que han mantenido la llama de una experiencia valiosa, que sigue dando frutos para la Iglesia y para el mundo, en forma de cristianos fecundos que son también -no puede ser de otra manera- ciudadanos buenos y comprometidos. 

Ojalá que la iglesia acoja con más decisión y apoyo esa oferta pastoral para los jóvenes. Mientras tanto, a mí solo me queda agradecer a tanta gente de la JEC -a tantos curas excepcionales también- que me han ayudado a ser mejor persona, mejor profesional y mejor cristiana.

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