“No nos dejes caer en la tentación”

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Imagen: Karin Ibarra.Al pensar en la Cuaresma me ha venido a la mente el tema de la tentación. Algo que nunca me explicaron bien durante mi formación religiosa y que, por una enfermiza obsesión, acababa siempre en el tema del sexo. El evangelista Marcos dice de manera muy concisa que «el Espíritu empujó a Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días, tentado por Satanás«. (Mc 1, 12-15)

Cuando reflexiono sobre este pasaje, mi pregunta siempre va a parar a lo mismo: ¿en qué pudo consistir esta tentación de Jesús? Es verdad que los evangelistas Mateo y Lucas son más explícitos a lo hora de afrontar esta experiencia de Jesús y lo especifican un poco más, presentando algunas situaciones más concretas.

Yo, sin embargo, he preferido fijarme en la versión que aparece en el evangelista Marcos, porque después, en la oración del “Padre nuestro”, una de las peticiones que hacemos consiste precisamente en rogar a Dios que “nos libre de caer en la tentación”, sin especificar nada más en concreto. Así pues, ¿de qué tentación estaríamos hablando? En este caso, como en la mayoría, se pueden hacer un montón de conjeturas. Yo, sin embargo y desde mi reflexión personal, me atrevería a decir sencillamente que lo que Jesús llegó a experimentar muy de cerca fue algo tan humano como es la debilidad personal, disfrazada de egoísmo en todas las facetas en que éste acostumbra a manifestarse, como criterio a seguir. Que, al fin y al cabo, esto es la tentación. No busquemos demonios ni cosas extrañas fuera de nosotros. Es dentro de nuestras personas donde está la posibilidad tanto de hacer el bien como de hacer el mal.

Ahora bien, una vez hecha la afirmación de que la gran tentación consiste en experimentar la debilidad, hecha egoísmo, para después dejarnos llevar o no por ella, la siguiente pregunta surge de manera obligada: egoísmo, ¿respecto a qué?

Mirad, en la vida, cuando decimos que una persona es egoísta, lo hacemos en el sentido de que acostumbra a optar por lo más fácil y por lo que le favorece sobre todo a ella, a pesar de que con su comportamiento pueda llegar a acarrear un mal para otras personas. Es ante el compromiso en favor de los demás, respecto al cual Jesús había ido discerniendo poco a poco durante su vida oculta, que sintió interiormente la tentación de dejarlo de lado, para dedicarse a cumplir los preceptos que prescribía la ley judía, evitando con ello complicarse la vida y vivir de manera cómoda. Por tanto, echemos de una vez por todas esos prejuicios tan obsesivos respecto a la tentación que durante tanto tiempo nos han imbuido. Me refiero a la tentación como cualquier hecho o realidad relacionada única y exclusivamente con el sexo.

Si es el egoísmo la gran tentación, yo sigo preguntándome cuál era la exigencia respecto a la cual Jesús quería escabullirse para dedicarse a vivir según su gusto y capricho. Pienso que la misma que sentimos la mayoría de los mortales, sobre todo cuando alguien intenta vivir siguiendo el proyecto del Evangelio, como es el hecho de evitar tomarse en serio la vida. Es decir, olvidarse un poco o bastante de uno para así poder entregarse a los demás.

La vida no es sólo la gran oportunidad que tenemos todas las personas, sino la única respecto a uno mismo y respecto a los demás. En el tipo de actitud que tomemos respecto a ella nos jugamos todo y, posiblemente en muchas ocasiones, nos jugamos también que otras muchas personas puedan encontrar sentido para las suyas. Así de fuerte pero, al mismo tiempo, así de sencillo. Una vida hecha realidad a través de opciones diversas y de compromisos o de falta de los mismos. Al llegar a aquí, es posible que nos haya pasado más de una vez por la mente el hecho de que Jesús conocía ya de antemano todo lo que le había de pasar y, por tanto, lo del egoísmo no tenía mucho sentido que digamos, puesto que ya sabía que todo acabaría bien, a pesar de los sufrimientos y males por los que seguramente se vería obligado a pasar.

Nada más lejos de la realidad. Jesús no se siente tocado por el egoísmo, provocado por un cierto miedo en este caso, debido a un hipotético final desconocido, pero que intuía duro y doloroso. Jesús sintió el mismo egoísmo que siente toda persona que se debate en el dilema de dedicarse a vivir para sí misma en vez de entregarse a los demás.

Por ello, estoy convencido de que Jesús en el desierto experimentó la tentación de dejar de lado la opción que había hecho, consistente en entregarse de manera total y absoluta a los pobres y marginados, para vivir exclusivamente de cara a sí mismo. Por ello, no tiene sentido avanzar películas de ningún tipo para darnos cuenta de que una opción consistente en ponerse del lado de los excluidos y en contra de los poderosos no podía tener un final feliz, que digamos. Esto, siempre. Pero más aún en medio de una sociedad en la que la exclusión era síntoma del desaire por parte de Dios hacia la persona que la padecía.

Jesús tenía plena conciencia de que la decisión que había tomado le supondría ir contra corriente de los grandes poderes establecidos. Y eso, queramos o no, a toda persona mínimamente sensata y generosa tiene que darle un cierto miedo, provocándole, como consecuencia del mismo, el dilema de aceptar la opción con todas las consecuencias o claudicar y dedicarse a vivir para sí mismo.

Por lo tanto, no perdamos el tiempo en buscar «tentacioncitas», valga la palabra, en nuestras vidas. Ya tenemos suficiente con la gran tentación de afrontar de manera responsable y seria nuestra opción de vivir y los demás compromisos que cada uno hemos tomado o vamos tomando poco a poco. ¿Quién no siente la tentación de no querer saber nada, por ejemplo, respecto al hecho de vivir de manera generosa y responsable la opción personal que haya podido hacer como persona, su posible compromiso por una sociedad más justa e igualitaria, sus ganas de trabajar en favor de una Iglesia menos jurídica y más conforme al Evangelio, etc.?

Así podríamos continuar sacando a colación todo lo que configura la vida de cada día de toda persona. Si lo hiciéramos con calma, nos daríamos cuenta de las muchas veces que sentimos un no sé qué, llamémoslo tentación, que nos empuja a dejarlo todo y a dedicarnos a vivir pensando únicamente en nosotros.

Por tanto, en nuestro caso -y en el de Jesús entonces- la tentación verdadera consiste en esas ganas que tantas veces sentimos de apuntarnos al carro del individualismo y de la insolidaridad, para dedicarnos a vivir nuestras vidas siguiendo únicamente nuestras apetencias. La gran tentación, en definitiva, no consiste en otra cosa que en creernos el centro de todo, a la vez que pensamos que los demás son nuestros satélites.

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