Ministerio y carisma (y III)

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Como puedes ver amigo, amiga de alandar, es la tercera parte de un tema, el que reza el título, cuyas dos primeras salieron en los meses de mayo y de junio. Te lo digo porque si tienes a mano los números de la revista correspondiente a estos dos meses, no estaría mal que los volvieras a leer; te ayudaría a situarte y te resultaría más fácil entender este tercer apartado sobre el tema que, a su vez, es el último.

He presentado las razones, desde una teología de estar por casa ciertamente, que me llevan a no encontrar una relación, menos aún de peso, entre el ministerio del sacerdote y su vida celibataria. Tampoco, es verdad y ya lo he dicho, en el sentido contrario; es decir, una relación entre dicho ministerio y la obligatoriedad de la vida familiar y/o de pareja. Creo que deberíamos estar ante una opción totalmente personal y libre.

Es verdad que ambas realidades son individuales y personales, pero ambas también, vistas desde la vertiente evangélica, solamente tienen sentido en cuanto acaban revirtiendo en la comunidad. Por ello, no podemos hablar de celibato cuando una persona decide no compartir su vida con otra con el fin únicamente de dedicarse a sus asuntos personales y propios, por muy loables que sean éstos. En semejantes casos solemos decir con toda razón que tal o cual persona se han quedado solteras. Sin que con ello queramos decir que se trata de algo bueno o malo.

Es cierto, como dice la Carta a los cristianos y cristianas Hebreos que “Nadie puede atribuirse la dignidad sacerdotal, sino solamente aquellos que fueron llamados de la misma manera que Aarón” (5,4). Por tanto, está claro que sacerdocio y vocación están íntimamente unidos; de tal manera que sin vocación es imposible vivir en plenitud la misión sacerdotal. Sin entrar a juzgar ningún caso en concreto, muchas personas conocemos infinitud de sacerdotes de aquella España “nacional católica” carentes de total vocación, aunque dotados de una fuerte “bocación” (creo que se entiende el sentido del cambio de letra en la misma palabra). Con lo cual no quiero decir que existiera culpa ni mucho menos. Gracias a Dios, los nuevos aires del concilio Vaticano II supusieron para un buen número de ellos poder abandonar un ministerio hacia el que en ningún momento se habían sentido llamados.

Otra cuestión son los medios o caminos a través de los cuales es normal que llegue dicha vocación a la persona. Aunque sería largo comentar este tema, solamente decir que el camino normal no es otro que el de la comunidad donde se vive y se celebra la fe. Por otra parte, será después a la comunidad a quien tendrá que servir él mismo “Presidiendo la fracción del pan”. Con ello, supongo que lo intuyes lector, lectora, estoy descartando esa especie de reclutamiento que, sobre todo, se hizo en tiempos pasados y al que algunos intentan volver hoy, de niños o adolescentes que después serían y serán formados en seminarios viviendo casi de espaldas a la sociedad a la que pertenecían o pertenecen, por mucho que sus dirigentes digan o intenten demostrar lo contrario. Como dije en números anteriores, para cambiar semejante mentalidad y tipo de proceder es necesario dar un vuelco profundo en la estructura de la actual Iglesia.

Lo mismo habría que decir del carisma, sea del tipo que fuere. Digo esto porque tengo la impresión de que, si exceptuamos el celibato, parece como si no existieran otras realidades cristianas a las cuales pudiéramos aplicar semejante término. En cambio, San Pablo nos lo deja muy claro; solo hace falta que nos adentremos en sus cartas a los cristianos y cristianas de Corinto, de Roma y de Éfeso (1 Cor. 12,8-10; 1 Cor. 12, 28-30 Rom 12, 6-8 y Ef 4, 11) para ver el listado de los dones (carismas) que el Espíritu concede a ciertas personas, pero con el fin de que después los pongan al servicio de las correspondientes comunidades; nunca para uso personal y exclusivo de él y de los suyos.

Lo cual no quiere decir que el presbítero, además de haber recibido la vocación al ministerio, no pueda recibir un carisma o varios, entre los cuales podría estar el celibato. Pero nunca como condición “sine qua non” para recibir el sacramento del Orden.

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