Se fue ligera de equipaje

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pag8_iglesia_concha_llaguno_web.jpgEl pasado 4 de octubre falleció Concha Llaguno, una mujer notable en el ámbito de la comunidad científica, como muchos habrán podido ver en la amplia necrológica que publicó El País. Pero Concha fue también una mujer de Iglesia que ha dejado un recuerdo imborrable en las muchas personas e instituciones con las que trabajó. Era suscriptora de alandar, que seguía con entusiasmo porque que decía que encontraba en la revista cosas que no podía leer en ningún otro sitio y que la animaban mucho.

Su condición de gran científica –fue Vicesecretaria del CSIC, entre otros cargos- no estaba reñida con una fe sólida, que expresaba públicamente con gran naturalidad. Extraordinariamente lúcida, y gran amiga de sus amigos, vivió con generosidad y se fue ligera de equipaje: dejó su casa y su dinero a los pobres. Y donó su cuerpo a la facultad de medicina. No hubo, por tanto capilla ardiente. Pero sí innumerables recuerdos agradecidos, emocionados… y alegres, como corresponden a sus 84 años de vida y a su gran fe en ese más allá de plenitud al que se encaminaba y del que hablaba con cada vez más frecuencia.

Su personalidad y su talante quedan bien reflejados en el siguiente texto, leído en su funeral:

Leído en la eucaristía en memoria de Concha Llaguno, 14 de octubre del 2010

Queridos amigos:

Nos hemos reunido hoy aquí porque es costumbre dedicar un acto religioso a las personas que se nos van. Pero en esta ocasión no se trata de una mera costumbre, sino que se trata de poner de relieve lo que la muerte es para los cristianos, porque Concha era una cristiana a carta cabal y muchos de sus amigos también; aunque Concha fue una magnífica amiga de sus amigos no creyentes.

Unos y otros nos encontramos en este momento con el deseo de recordarla y de hacerle un homenaje. Porque, con toda seguridad, todos le debemos algo.

Decía que Concha era una cristiana a carta cabal y, en sus propias palabras, ello se debía a que había conocido a cristianos tales que le habían convencido irresistiblemente de que no había otra opción mejor, ni más convincente, ni más estimulante que el Evangelio. Lectora asidua de los teólogos más concordantes con el último concilio, fue simplificando sus conclusiones hasta dejarlas bajo mínimos, como ella decía: fidelidad y confianza absoluta en Dios Padre y generosidad con los pobres.

Los cristianos que hicieron cambiar rotundamente a Concha cuando tenía 21 años fueron algunos curas como los que avalaron a su madre maestra, represaliada por un Consejo de Guerra Sumarísimo de Urgencia por “ser roja de verdad”, lo que deducía el tribunal porque se había afiliado a la FETE; o los consiliarios de los distintos movimientos de AC entre los que siempre citaba a Miguel Benzo. Y no sólo ellos, sino los muchos seglares, activos militantes de las Oficinistas de AC, de la AC universitaria y de los Graduados de AC donde compartió tareas con Enrique Miret y tantos otros seglares, etc.

Concha derrochó generosidad, no sólo con los pobres, sino con todo el que la necesitó a lo largo de su vida.

Generosidad de muchos tipos: compartía sus ideas claras para juzgar el horizonte social y político. Repartía grandes dosis de autoestima a los que andaban escasos. Demostraba gran lucidez para escrutar el futuro profesional. Actuaba con sagacidad para intuir el punto de mira más favorable para llevar a buen término las investigaciones científicas.

Una semblanza de su vida profesional está en la web del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, al que perteneció desde becaria pluriempleada hasta Profesora de Investigación.

Es poseedora de varias distinciones importantes –españolas y extranjeras- que sería muy largo enumerar, pero he de mencionar la del Colegio Oficial de Químicos y la de la Asociación Nacional de Químicos de España.

Concha derrochó generosidad social, especialmente con las mujeres y se la recuerda con afecto, como creadora de la Guardería del CSIC cuando era mal vista una cosa así en instituciones tan serias, y como Secretaria y Presidenta de la rama española de la Asociación Católica Internacional de Servicios a la Juventud Femenina. Actualmente pertenecía con gusto a los profesionales cristianos, que son los que la pusieron en contacto con esta parroquia.

Y las mujeres le han agradecido su talante e iniciativas con
el Premio a la Mujer Progresista, dado por el Instituto de la Mujer, y la distinción de Socia de Honor de la Asociación de Mujeres Científicas y Tecnólogas.

Yo fui su primera becaria y fui amiga desde entonces. Su segunda becaria -la Profesora de Investigación Carmen Polo- dice de ella “amiga entrañable, fiel, se interesaba por los problemas y las alegrías de todos sus amigos para los que siempre tenía la palabra justa en el momento oportuno”.

No quiero alargarme mucho, pero Concha no me dejaría acabar sin recordaros que Dios es bueno, muy bueno, pase lo que pase, y aunque nos parezca que mira para otro lado.

Hace un tiempo ocurrió un accidente aéreo en Estados Unidos y desapareció un empresario alemán, gran amigo, con toda su familia. En aquella ocasión, los empleados de la empresa fueron los que difundieron la noticia advirtiendo que no procedían ni cartas, ni flores, ni ninguna otra manifestación de duelo. Únicamente hacer donativos a instituciones que ayudaran a los que lo necesitan.

Concha dijo en aquella ocasión “Esto es lo que hay que hacer” y yo os lo transmito. En esta parroquia se atienden muchas necesidades graves, por lo que os pido que seáis generosos y, al salir, depositéis una limosna especial en el cepillo que hay al fondo de la iglesia.

Termino: en el cajón central de su despacho he encontrado copia a mano de los versos de Martín Descalzo, que os leo abreviados:

morir, sólo es morir,
morir se acaba,
es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se esperaba.

Adiós, Concha. Creemos que lo habrás encontrado. Muchas gracias de todos nosotros.

Lola Cabezudo es Profesora de Investigación del CSIC y catedrática de la Universidad de Castilla-La Mancha.

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