Quince años de vivencia cristiana en comunidad

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Foto. Jose Herráez.No es fácil sobrevivir sin apoyos institucionales y a contracorriente. Pero eso es lo que ha conseguido Encomún, una red de comunidades cristianas de Madrid, que cumple quince años con una “mala salud de hierro”. En la actualidad, son una treintena de colectivos que reúnen a 200 personas adultas, además de 120 niños y niñas que apuestan por compartir, entre iguales y sin artificios, su fe en Jesús. Los primeros discípulos y sus reducidos y precarios grupos sirven de inspiración a estas gentes, en su mayoría laicos, que han optado por experimentar la vivencia cristiana en comunidad. Este modelo se acerca más, según piensan los miembros de Encomún, a la propuesta del resucitado.

Encomún entiende la comunidad como “una ayuda importantísima en el enorme esfuerzo que supone ser seglares críticos y comprometidos en la Iglesia de hoy”. El recorrido de estos cinco lustros les ha valido para comprobar que algunas “comunidades y grupos muchas veces se sienten solos dentro de las parroquias o instituciones en las que surgen” y constatar que “es alentador para ellos descubrir que no lo están, que existen otros grupos de seglares que tienen vivencias y preocupaciones similares”.

La idea de crear un lugar de encuentro para comunidades, surgió en la diócesis de Madrid, impulsada por la Delegación de Pastoral Juvenil en la década de los años 80 del siglo pasado. Algunos catequistas y agentes de pastoral juvenil apostaron fuerte por insertarse en comunidades, sin caer en el reduccionismo de crecer de espaldas a los demás, especialmente de quienes tenían inquietudes similares. Por ello, se mantuvo una primera coordinación espontánea, fruto más de la coincidencia coyuntural y vital que de un empeño programático, hasta el año 1992. A partir de ahí, la red comienza a consolidarse con encuentros anuales con contenido festivo y celebrativo y surge la necesidad de una coordinación más efectiva. En mayo de 1996, se celebra la primera asamblea de comunidades en Valdemanco (Madrid), donde se elaboran las líneas generales de lo que quería y ha llegado a ser Encomún.

Búsqueda de referencias

De aquellos primeros pioneros, quedan “Los Pelos”, “Jóvenes de Guadalupe”, “Manoteras” o “La Mesa”. Se han sumado muchos grupos y comunidades en todos estos años, algunas de ellas ya desaparecidas o desvinculadas. Además de la genuina apuesta inicial por vivir en comunidad, muchos colectivos han llegado a esta coordinadora en busca de referencias que no encontraban en las parroquias o instituciones eclesiales habituales y otros, directamente exiliados de planes pastorales excesivamente centrados en la administración de sacramentos y del todo miopes ante la necesidad de madurar de ciertos cristianos y cristianas adultos. Un buen número de comunidades, en cambio, mantiene todavía una vinculación con parroquias, colegios o congregaciones en las que surgieron, como la Parroquia de Guadalupe o los Salesianos. Si hubiera que contar la historia por barrios, habría que detenerse en Carabanchel, Hortaleza, Vallecas, Majadahonda, Chamartín, Estrecho, Moratalaz…

Emilio Botía ha sido el coordinador de Encomún hasta el curso pasado. Procedente de la parroquia de Nuestra Señora Virgen del Henar en el madrileño barrio de Prosperidad, acabó en la comunidad Presencia del Barrio de la Concepción. “No queremos ser un movimiento, ni una corriente, sólo somos un lugar de encuentro para comunidades que quieren caminar juntas”, dice de Encomún, una red que ha seguido su camino, sin desgastarse en trifulcas eclesiales ni enredarse en el montaje de grandes estructuras institucionales. Botía recuerda que las primeras comunidades “no querían formar grupos burbujas encerrados en sí mismos”. Tampoco se sentían cómodos en otras iniciativas ya en marcha como las comunidades cristianas populares o la corriente “Somos Iglesia”, porque sencillamente trataban de apuntalar su opción comunitaria.

Un duro camino

Foto. EncomúnLo cierto es que “no hay pertenencia obligada, no hay ninguna exigencia más allá de lo que cada cual esté dispuesto a dar, no hay cuotas, dejamos que el Espíritu sople donde quiera…”, explica este madrileño. La coordinación se reduce a una reunión mensual, a la preparación y asistencia de tres encuentros anuales que intentan dar salida a las necesidades formativas, espirituales y lúdicas de sus miembros. Se podría decir que han puesto en marcha una militancia “líquida” mucho antes de que Zygmunt Bauman hablara de modernidad líquida. Claro que la precariedad del compromiso tiene sus propios incovenientes. Mantener la relación, organizar las charlas de formación o los retiros anuales, “da mucho trabajo y no hay mucha rotación en las responsabilidades, por lo que algunos se queman”. Hoy por hoy, con las aportaciones voluntarias para hacer frente a los gastos propios de la coordinación y el tiempo de dedicación según las ganas de cada cual, es suficiente. De hecho, la relación que se establece entre las comunidades que pertenecen a Encomún ha dado para compartir compromisos sociales, soluciones imaginativas a los problemas de funcionamiento interno y, sobre todo, aliento y esperanza ante una realidad eclesial que no siempre les resulta propicia.

Sin ir más lejos, Emilio Botía afirma: “No queremos caer en la crítica fácil a la jerarquía, buscamos hacer camino dentro de la Iglesia contando con todo el mundo, como verdaderos hermanos todos en Jesús”. Botía opina que a la Iglesia el cambio a una sociedad que vive de espaldas a Dios le ha pillado con el pie cambiado, “en parte por olvidarse del Concilio Vaticano II y de los valores del humanismo cristiano”. Las comunidades son “un intento de poner la palabra de Dios en manos de los hombres, tratando a los cristianos como adultos y rompiendo el miedo que hay en un sector importante de la Iglesia a perder el control de las almas y el poder político que ha podido tener en el pasado”, explica, sin asomo alguno de elevar su experiencia a la única referencia posible para los cristianos y cristianas de hoy en día.
El camino de la comunidades “va a ser duro”, piensa quien ha tenido que aventurarse en la búsqueda del Dios revelado en Cristo sin contar con más abrigo que el de sus 18 hermanos de comunidad. Sin embargo, asevera que es necesario vivir la fe en comunidad, ya sea dentro o fuera de una parroquia, porque toda persona necesita un lugar para compartir la vida de fe, para madurar en el seguimiento de Cristo y para dejar que el Espíritu ilumine a los creyentes, porque “allí donde se vive el Evangelio hay Iglesia”. En ello están, ojalá también durante los próximos quince años.

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