Prestad sin esperar nada: el valor de la gratuidad

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Todos y todas estamos invitados a compartir la vida. Foto. Kalyan Chakravarthy CCVamos a suponer que la casa en que Jesús entraría hoy como invitado es nuestra sociedad y que quienes lo invitan a ella somos nosotros y nosotras. Jesús vería enseguida que en esta sociedad, en gran parte o mayoritariamente cristiana, hay en boga unos valores que no son los que él nos transmitió y se extrañaría de que muchas personas presuman de cristianas cuando en realidad no lo son.

En efecto, los valores que hoy están en primera línea son los del dinero, el trabajar para ahorrar y acumular, el competir para superar a las otras personas, el obtener el máximo beneficio, el organizar la vida para el propio bien y disfrute.

En segundo lugar, se sorprendería de ver colocados en los primeros puestos de la sociedad y de la política a mucha gente que se dedica a hacer con ella negocio individual sin importarle el bien común y a sabiendas de que están robando a las demás personas.

Y, en tercer lugar, quedaría asombrado al comprobar que toda esa trama está articulada y propagada hábilmente por un sistema económico-comercial que se llama neoliberal, orientado a hacernos creer que la felicidad aumenta en la medida en que aumenta nuestra capacidad de consumir .

Visto todo, no le quedaría más remedio que lamentarse y retirarse resignado o plantar una denuncia pública: “Aquí se ha asentado un error muy grave, a las personas se las valora no por lo que son, sino por lo que tienen: tienes mucho, vales mucho; tienes poco, vales poco; tienes nada, vales nada. La dignidad de la persona se ha mercantilizado y se la utiliza y menosprecia como una cosa más: triunfan los más fuertes y ricos y quedan fuera como sobrantes el resto”.

En esta nuestra Casa –la sociedad- en la que a todos y todas se nos convida a participar de la vida, se ha establecido como costumbre y como ley que haya a quienes se elige en primer lugar para los puestos principales y otras personas a las que ni siquiera se les invita y quedan relegadas a los últimos puestos o son excluidas.

El profeta de Nazaret señala que ese no es el camino para una convivencia correcta. El trabajar y el desempeñar una actividad con la que realizarnos y contribuir a la convivencia es un derecho, pero nadie puede hacerlo pensando que es más que las demás personas o que se le debe favorecer más que a otra gente. La actitud del discípulo no tolera que haya discriminaciones entre unas personas y otras.

Para cambiar nuestros viejos hábitos de relacionarnos solo por interés y hacer una sociedad nueva, el Nazareno propone un camino desconcertante: todos nos hemos hecho a convivir dando preferencia a quienes tenemos más cerca: parientes, hermanos, amigos. Son relaciones naturales, pero restringidas y prácticamente cerradas a otros que conviven con nosotros y nosotras: personas desconocidas, lejanas, necesitadas y marginadas.

Pues bien, vemos cómo en nuestra convivencia cotidiana excluimos de ella a quienes no son parientes y amistades y los dejamos fuera sin mostrarles ningún cuidado; fuera porque, aparte su menor prestancia social, nada nos reportan ni pueden pagarnos.

Es aquí donde la enseñanza de Jesús muestra quién le sigue de verdad. Pues él no ha venido para crear un movimiento en que quepan solo parientes y amigos. La categoría que nos une a todos y todas es nuestra dignidad personal, la misma en todos y en cada uno y, por ella, quedamos constituidos como hermanos y hermanas y formamos una familia universal. En virtud de esa dignidad nadie puede quedar en segundo lugar, desatendiéndole, humillándole o discriminándole.

El profeta de Nazaret señala que ese no es el camino para una convivencia correcta. La actitud del discípulo o discípula que quiere seguir a Jesús no tolera que entre unas personas y otras se establezcan discriminaciones. Hemos de tener disposición a proceder con respeto a los demás seres humanos, a no tratar de hacer carrera o conquistar los mejores puestos infligiendo injusticia, desprecio o humillación a otras personas.

Esto lo dejó Jesús bien claro cuando, en cierta ocasión, hablando a la gente, uno le avisó: -Oye, tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren hablar contigo. Jesús, señalando a los que le escuchaban, dijo: – Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre (Lc 12, 46-50). Y en otra ocasión recalcó: “Si queréis solo a los que os quieren, ¿qué premio merecéis? ¿No hacen eso mismo también los recaudadores? Y si mostráis afecto solo a vuestra gente, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen eso mismo también los paganos? Por consiguiente, sed buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo” (Lc 6-36-38).

Y, sin renunciar ni minusvalorar las relaciones de parentesco y amistad, son éstas otras de gente lejana, ignorada o excluida las que cobran prioridad cuando la adversidad y la necesidad aprietan. A estos no se los puede desoír ni abandonar. Precisamente en estos casos, acredita conocer su proyecto y seguir su camino quien sabe actuar gratuitamente, sin más motivos que considerarlos semejantes, prójimos, otros yo. A quienes proceden así los llama bienaventurados, pues se colocan a la altura del mismo Dios, que no discrimina a nadie y nos quiere a todos por igual.

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