Mujeres con cardenales

testimonio-3.jpgNací en plena posguerra, el 12 de noviembre de 1941, en el seno de una familia republicana. Poco se hablaba de Dios y mucho de los presos políticos y exiliados que tuvieron que dejar su país sólo por pensar diferente.

Recuerdo que mi madre entraba de vez en cuando a una iglesia a rezar. Creo que eso influyó en mi vida, y en mi adolescencia acudía algunos domingos a misa; mi padre jamás se opuso y tomé la comunión en una de las iglesias más castizas de Madrid, “San Cayetano”.

Me casé a los 22 años y tuve dos hijas, pero a los 12 años nos separamos. Al poco tiempo tuve la inquietud de conocer más a Jesús y empecé a leer los Evangelios y descubrí a un Jesús que defendía a los débiles y a los marginados, luchaba por el “Reino de Dios”.

A finales de los años 70 un joven sacerdote que vino a mi parroquia, creó una pequeña comunidad y yo entré a formar parte de ella. Era un grupo de lo más heterogéneo, había jóvenes, madres solteras, separadas… Allí descubrí mi sexualidad hacia mi mismo sexo, pues me enamoré de una mujer. Me confesé al grupo y fui aceptada tal como soy.

Fueron tres años muy importantes en mi vida; nos reuníamos en mi casa alguna vez, siempre en torno a la Palabra de Dios y compartíamos juntas el Pan y el Vino.

El grupo se disolvió por traslado del sacerdote y de algunos miembros de él, por asunto de trabajo, aunque todavía seguimos teniendo contacto.

Después de esa experiencia tan liberadora, me fue muy difícil entrar a formar parte de nuevo de esa Iglesia tradicional y castradora que me rechazaba y me alejé. Pero creo que Dios siempre estuvo presente en mi vida.

Entré a formar parte de un colectivo de mujeres feministas que luchaban por una sociedad más libre, en ese momento de mi vida, me ayudó a vivir sin traumas mi sexualidad.

En ese caminar nunca dejé de ser creyente y en mi interior seguía buscando un grupo cristiano en donde compartir mi fe y que me aceptara como yo sentía. Hace unos meses me encontré con un grupito de mujeres, ¡no lo podía creer!, eran como yo, homosexuales femeninas y cristianas, cada una con su historia, unas más dolororosas que otras, pero todas con la fuerza de saber que el Reino está en nosotras, y no en lo que unos cuantos jerarcas quieran hacernos creer. Porque ya está bien, nadie sabe lo que hemos podído padecer por tener nuestra propia identidad, por ser nosotras mismas.

Los malos tratos no son sólo esos cardenales que se ven, a nosotras igual que a muchas otras, y perdonad que pluralice, los cardenales nos salieron, los tenemos y los sufrimos por dentro. No se ven nuestras heridas porque tratamos de taparlas, porque nos han tratado, y aún algunos ámbitos nos tratan, como enfermas; porque nos tratan con mucho cariño, pero con poco respeto. Los cardenales nos salen porque queremos amar a nuestras mujeres con integridad y algunos, (que no tienen ni idea sobre lo que es amar) se permiten el lujo de hablar por las demás, incluso de decir cómo hay que sentir emocionalmente (paradojas).

Este grupo, como decía, es “Nueva Magdala” mujeres lesbianas y cristianas, casi todas con cardenales, unas más profundos que otros, pero por sus venas no deja de fluir la sangre para animar a quienes vienen pidiendo apoyo. De momento es el grupo que siempre busqué porque me identifico en comunidad con ellas sintiéndome hija de Dios “en la diferencia”.

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