La luna y la caricia del papa

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Foto. Marta Jiménez. CCPara comprender bien los concilios de la Iglesia, se deben conocer y comprender más profundamente tres elementos que los componen: primero está el evento – un concilio ecuménico es la reunión de todos los obispos católicos de la tierra. Otro elemento son los documentos que hacen que repercuta en todo el mundo el evento del concilio. Finalmente, es importante saber cómo el Pueblo de Dios recibió y comprendió el Concilio. Esa receptio manifiesta el espíritu que inspira y está por detrás de los textos y de los acontecimientos del Concilio. Para comprender bien el espíritu del Concilio Vaticano II es importante recordar la figura y el carisma propio del papa Juan XXIII, por qué él convocó el Concilio y qué esperaba de su Concilio.

Un acontecimiento en sí pequeño, pero que ilumina ese espíritu del papa y del concilio, ocurrió en la noche de 11 de octubre de 1962 en Roma. Había una luna llena, bellísima. Después de ver la celebración de apertura del Concilio y el discurso del papa Juan: “¡La madre Iglesia se alegra!”, el pueblo quedó en la plaza de San Pedro. Hacia las ocho de la noche, millares de candelas iluminaban la plaza. Los fieles cantaban y aguardaban. Monseñor Loris Capovilla, hoy con 94 años, era el secretario del papa. Él pidió a Juan XXIII que fuera a la ventana para saludar la multitud. Y el papa respondió que estaba muy cansado. El secretario insistió que había una bella luna llena y la multitud con candelas en la mano formaba un cuadro muy hermoso. El papa se acercó de la ventana. Al ver la luna y la multitud reunida, habló espontáneamente:

«Mis hermanos y hermanas, hoy hasta la luna vino a participar de nuestra fiesta. Yo soy solo una voz. Ustedes son muchos. Yo soy solo un hermano. Pero nuestras voces juntas podrán mucho. Ahora ustedes se van a casa y, al encontrar su hijito o hijita, un niño o niña, digan que el papa les manda un gesto de cariño. Es la caricia del papa«.

Aquella pequeña palabra revelaba el espíritu del Concilio que empezaba aquel día. 50 años después, en octubre de 2012, el actual papa, en una audiencia pública, para sorpresa de todos, dijo que deseaba recordar aquellas palabras de Juan XXIII y proponía a las personas presentes en la audiencia que, al volver a su casa, dieran un abrazo o gesto de cariño a sus seres queridos como si fuera la caricia del papa. Parece que nadie lo entendió. El clima entre papa e Iglesia ya no es el mismo. En una audiencia en el Vaticano, en julio de 1969, el papa Pablo VI decía: “Nuestro tiempo, del cual el Concilio se hace intérprete y guía, exige libertad. En la vida de la Iglesia y de cada uno de sus hijos tendremos un tiempo de libertad más amplia. Debemos tener menos obligaciones legales, menos disciplina formal. La autoridad arbitraria debe ser abolida, así como toda intolerancia y absolutismo. Será temperado el ejercicio de la autoridad y promovido el sentido de la plena libertad cristiana”.

Quien mira la realidad actual de la Iglesia puede pensar que la profecía del papa Pablo VI falló y no ocurrió, pero ese fue el espíritu del Concilio. Quien desee comprender sus textos debe acoger ese su espíritu.

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