Iglesia y sociedad

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Una Iglesia en comunión con la sociedad es aquella donde todos y todas caben. Cada año, con la celebración de la Cuaresma, Pascua y Pentecostés, las comunidades católicas, anglicanas y de las Iglesias orientales buscan retomar el camino pascual de Jesús. Quieren comprometerse nuevamente a vivir el amor más grande, aquel que llega al punto de la total donación de la vida por las demás personas. En este año 2015 se cumplen 50 años desde que concluyó el Concilio Vaticano II. Aquel día, los obispos de todo el mundo, reunidos en el concilio, publicaron el más esperado de sus documentos: la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Su título, Gaudium et Spes (Alegría y Esperanza), primeras palabras del texto, revelan la importante y urgente invitación que los obispos querían hacer a todas las personas de fe: “Las alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de la humanidad de hoy, especialmente de los más pobres y de todas las personas que sufren, son las alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos y discípulas de Jesús” (G.S. n. 1).

En nombre del Evangelio, los obispos convocaron a los católicos y católicas a unirse a todas las personas de buena voluntad en un compromiso personal y social, para que el Reino de Dios, su proyecto para la humanidad, se realice acá, “así en la tierra, como en el cielo”. En aquellos días, en diversas oportunidades, el papa Francisco ha pedido que, a partir del Evangelio, la Iglesia retome el diálogo y la colaboración humilde y fraterna con la humanidad, vividos por el papa Juan XXIII y propuestos por el concilio.

En el 22 de diciembre, al recibir los votos de Navidad de la curia romana, el papa Francisco habló de posibles pecados y tentaciones de los ministros. Y destacó que la Iglesia y la curia deberían evitar una especie de alzheimer espiritual. Él se refería a una tendencia para olvidar o ignorar la propuesta de renovación conciliar que nos fue hecha por el papa Juan XXIII y que, en el concilio, la mayor parte del episcopado mundial aceptó y asumió. Necesitamos retomar con el mayor vigor el espíritu que animó el concilio como un nuevo Pentecostés y quiso hacer de nuestra Iglesia una Iglesia pascual.

Cada año, la liturgia de la Cuaresma comienza recordando las palabras de Pablo: “Hoy es día de la gracia. Hoy es el tiempo de la salvación” (2 Cor 6, 2). La celebración de la Pascua no puede ser solo un rito del pasado. Es importante que el memorial se actualice y la Pascua nos haga vivir un nuevo tiempo de renovación y de primavera para la Iglesia y para nuestras vidas.

En 1968, en Medellín (Colombia) al actualizar el concilio para América Latina, la conferencia del episcopado latinoamericano explicó cómo la Iglesia debe ser pascual: “Que se presente el rostro de una Iglesia pobre, misionera y comprometida con la liberación de toda humanidad y de cada persona humana en su integridad” (Med. 5, 15).

Hay personas que consideran superado ese modo comprometido de vivir la fe. Dicen que los tiempos son otros. Y es verdad. Pero, de hecho, los retos a los que el concilio quiso responder no solamente siguen siendo actuales, sino que se han hecho más y más profundos.

En este mes de marzo, del día 24 al 28, en Túnez, en el norte de África, miles de personas de los más diversos movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil internacional se encontrarán en un foro social mundial más. Durante el mismo, también en Túnez, teólogos y teólogas cristianas de diversas Iglesias se encontrarán en otro un foro sobre teología y liberación. Es importante que, al menos ahora, 50 años después del Concilio Vaticano II, las Iglesias cristianas se den cuenta de que ellas deberían constituirse como foros permanentes y universales (católicos) abiertos a toda la humanidad por un nuevo mundo posible, un mundo verdaderamente pascual.

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