¿Hacia dónde voy? Empezando a soltar lastres…

iglesia4-3.jpgEn el mismo momento en el que decidimos definirnos como personas, como seres humanos en todas nuestras dimensiones, y tenemos el atrevimiento de compartirlo con aquellas personas que amamos, y que suponemos que nos aman, es cuando comienza el verdadero proceso de autoafirmación. Desde nuestra realidad personal de experimentar nuestro ser más auténtico, deseamos “compartirnos” con los demás. Esperamos ser amados/as, aceptados. Pero si no recibimos la respuesta esperada de amor incondicional, respeto mutuo, aceptación, podemos sentirnos vulnerables, abandonados/as. En nuestras manos está, y sólo en ellas, continuar por el camino iniciado hacia nuestra propia madurez, o quedarnos estancados en la eterna infancia dependiente.

Desarrollo personal

Nuestro desarrollo personal, se conecta con nuestro ser-estar en y con los otros seres humanos pero, por encima de todo eso, hemos de superar previamente la aceptación de nosotr@s mism@s, de todas nuestras dimensiones. Así, en el preciso instante en el que nosotr@s nos reconocemos, nos aceptamos, en nuestra totalidad, podemos ser capaces de retomar la senda hacia el conocimiento del otro, de los otros, del Otro.

Desde esta nueva dimensión de la fe, experimentada como fuerza de liberación y que nos permite ver las cosas desde otra perspectiva, nuestra identidad más profunda se ve transformada por otra energía diferente, a partir de la cual no es posible volver atrás.

A la luz del Espíritu, nos hemos reconocido hombres y mujeres, distintos, guiados por la luz del Evangelio hacia otra senda diferente hacia la cual nos habían acompañado nuestras familias, nuestras instituciones, la sociedad en la que vivimos. Esta experiencia evangélica, poderosa, también nos hace ver las posibles limitaciones de todas las estructuras que en su momento guiaron, quizá de la forma más satisfactoria, nuestra existencia personal y espiritual, pero que ahora, en nuestro momento de madurez, dejan de sernos útiles, porque, lejos de conducirnos hacia nuestra liberación personal, nos encorsetan, nos oprimen, no nos dejan ver el horizonte, tan solo una senda a través de unas rejas. Eso no puede ser nunca una experiencia rica de fe, ni una visión cristiana universal de la misma. El Espíritu Vivo, “la Ruah” como nos gusta llamarla a las teólogas, nos alienta para la liberación de nosotros/as mismos/as, para la apertura, para el engrandecimiento de nuestra alma.

A partir del reconocimiento de esta Ruah en nuestras vidas, en la aceptación de nuestro ser partícipes de la realidad divina, nos es posible caminar en él de otra manera. Por tanto, todas aquellas personas, entidades, instituciones, congregaciones, direcciones espirituales que, reconociendo la esencia divina de todo ser humano, no le facilita su crecimiento espiritual, moral, social, emocional… no son útiles para nuestro camino de crecimiento y, de la misma forma que el lastre en los globos, deben ser dejados en tierra para que podamos elevarnos hacia nuestro propio desarrollo: el fin para el que hemos sido creados. Este proceso de dejar lastre, es muy complejo, desgarrador, doloroso pero inevitable. Porque hemos de dejar atrás todo aquello que una vez amamos, pero que ahora no nos resulta útil o nos entorpece el camino. Avanzar sin lastre, o morir en el intento. “Si el grano de trigo no muere…

¿Cuáles son esos lastres que hoy me impiden crecer? ¿Qué herramientas de madurez personal he encontrado o espero encontrar en el evangelio?

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