Los de siempre

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En el Evangelio todo se centra en el amor. Hace muchos años, poco después del Concilio Vaticano II, Mingote, con su perspicacia acostumbrada, publicó uno de sus dibujos en el ABC. Se veía, quiero recordar, a dos ancianas devotas, casi sería mejor decir “beatas”, que salían de la Iglesia. Una le decía a la otra algo así como: “Ya pueden hacer muchos cambios con eso del Concilio pero al cielo iremos las de siempre”.

Está bien recordar este chiste de Mingote a la hora de acercarnos a los textos bíblicos de estos domingos de septiembre. Porque nos sitúan delante de lo más fundamental y, a la vez, lo más sencillo del Evangelio: que todo se centra en el amor. Se puede decir de muchas maneras. Se puede explicar con muchos ejemplos. Pero al final el cielo lo conocen quienes aman. Y punto. Las demás personas quizá lo lleguen a conocer porque Dios es grande y lleno de misericordia,y ésta triunfa sobre el juicio.

El primer domingo se centra en la corrección fraterna (nada que ver con la venganza, el rencor o la agresión utilizando la falta del otro como arma ofensiva). El segundo domingo nos recuerda la de veces que hay que perdonar. Sin medida. Lo de setenta veces siete es un chiste. Hay que perdonar siempre. Y siempre permitir al otro volver a empezar. Y, por cierto, no sentirse fácilmente ofendidos y ofendidas, que quizá no hay para tanto. El tercer domingo nos dice que todas las personas estamos invitadas a trabajar en la viña. No importa si llegamos antes o después. No importa lo que haya pasado antes. Hay que arrimar el hombro. Por el Reino, por la justicia, por la fraternidad, por la reconciliación. Sin buscar el premio ni la recompensa. Sin medir las horas ni los esfuerzos. Amar es ya el premio. El cuarto domingo nos invita a vivir en sencillez y que nuestra palabra sea confirmada por los hechos. Incluso que los hechos son más importantes que las palabras. No se trata de confesar en alta voz nuestra fe sino de amar. Por eso dice Jesús que “las prostitutas y los publicanos os adelantarán en el Reino”. Porque a veces le damos mucho a la palabra pero poco a la acción, al amar amando.

Por eso, las “beatas” tenían toda la razón del mundo. Nos pueden cambiar la lengua de la misa. Podemos celebrar ceremonias más o menos bonitas o espectaculares. Podemos cambiar la estructura eclesial. Y hasta el Código de Derecho Canónico. Pero al final, al cielo, lo que se dice al cielo, irán (aquí no me atrevo a poner “iremos”) las personas de siempre: quienes viven amando, dejándose la piel por sus hermanos y hermanas, trabajando por la reconciliación y la justicia. Esas personas ya está en el cielo. No piensan en el cielo porque se sienten felices en su entrega. Y les basta la sonrisa del otro.

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