El Bautismo de Jesús, la experiencia fundante

iglesia3-3.jpgAlgunas teologías parten del supuesto de que Jesús lo sabía todo con antelación. Su ser Dios era una dimensión tan invasora de su realidad humana que ésta quedaba reducida a una simple apariencia externa. Eso es lo que se llama hacer una cristología que empieza desde arriba, desde una idea clarísima de Dios y luego se dirige hacia abajo, hasta llegar a los pobres mortales, es decir, a nosotros.

Prefiero pensar que Jesús, totalmente Dios, era también totalmente hombre. Y que su ser Dios no le ahorró nada en absoluto de la experiencia humana, sometida siempre al tiempo, a la maduración, al crecimiento.

Jesús fue un niño normal –de los de su época claro, que debía ser una infancia muy diferente de la de estos tiempos nuestros–, un joven normal. Tuvo que ir tomando sus propias decisiones. Y dejarse iluminar por el Espíritu de Dios, que no siempre se le aparecería con una claridad absoluta sino con las oscuridades habituales en la naturaleza humana que marcan los contrastes en mil millones de grises diferentes pero con muy pocos blancos y negros totalmente contrastados.

Viene todo esto a reflexionar un poco en la fiesta-evangelio del Bautismo de Jesús (Mt 3,13-17) que domina este mes como el marco de apertura de este nuevo tiempo. Ha pasado la Navidad. Es de esperar que no nos hayamos quedado embobados mirando al niño Jesús y comprando regalos. Pero, incluso aunque nos haya sucedido eso, ahora, de golpe, nos encontramos con un Jesús ya crecido y capaz de tomar su rumbo en la vida. Jesús fue de Galilea al Jordán, de una tierra fértil y verde donde vivía con su gente a otra tierra, justo al borde del desierto “y se presentó a Juan para que lo bautizara”. No se dice que lo acompañara nadie. Jesús está haciendo su camino, su propia experiencia personal e íntima de Dios, la que le hará entenderlo y vivirlo como su padre, su Abbá, la que le llevará a asumir la misión de predicar el Reino con sus palabras, sus actos y su estilo de vida.

Más tarde llegarán los discípulos, las multitudes, los discursos, los milagros, el enfrentamiento con las autoridades… Pero ahora, en este Evangelio, se condensa un tiempo de silencio, de maduración interior, de aprender en la soledad del desierto a centrar su vida en aquel que es el fundamento de todas las cosas. Según la tradición, la vida activa de Jesús no duró más de tres años, mientras que su vida oculta duró treinta años. No conviene que olvidemos que nuestra vida creyente no tiene sentido si no está fundamentada en esa experiencia íntima, interior, personal y, de alguna manera, intransferible que nos pone en contacto con Jesús, el que da razón a nuestros trabajos, compromisos, gozos y alegrías.

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