Del morado de Adviento al blanco de la Navidad

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pag10_evangelio_web.jpgDiciembre es un mes extraño en cuanto a los evangelios dominicales se refiere. Comienza con Juan predicando en el desierto (segundo domingo de Adviento), al margen de la ciudad, al margen del margen. Y termina con la fiesta de la Sagrada Familia, que generalmente se usa para exaltar los valores más “tradicionales” de la familia, por no decir de la familia burguesa.

El contraste es así de grande y pone de manifiesto cómo no es imposible llegar a dominar, a domar, un mensaje tan potente, tan revolucionario, tan opuesto a lo establecido, a lo socialmente aceptado como normal, como lo es el mensaje de la Buena Nueva. Objetivamente mirado, Juan es la representación de la marginalidad total. Huye de la ciudad y se refugia en el desierto. Allí lleva un estilo de vida opuesto a lo convencional –vestido de piel de camello y alimentándose de saltamontes. Desde allí se oye su voz que azota a unos y a otros, que a nadie deja tranquilo. Sus palabras son amenazadoras: “Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego.” Anuncia a otro que vendrá, que va a reunir “su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.” Ahí queda eso.

En el otro extremo del mes está la fiesta de la Sagrada Familia. Copio de un misal la introducción a la fiesta: “Es una fiesta de reciente creación que tiene como finalidad evocar las virtudes domésticas que reinaban en el hogar de Jesús: fidelidad, trabajo, honradez, obediencia respeto mutuo…” Está claro que son unas buenas virtudes para la vida de cualquier hogar pero que suenan demasiado al concepto burgués de la familia. Entre otras razones, porque nadie tiene la menor idea de cómo fue aquella familia en la que nació Jesús. Quizá fuese muy distinta de todo lo que imaginamos. Quizá convenga pensarla más desde el Reino, que nos habla de una comunidad abierta a todos y basada en la comprensión, el amor, la misericordia.

Menos mal que, por medio, y ajena a toda manipulación, está la celebración de la Navidad. Por mucho que nos empeñemos en disfrazarla, la verdad central está ahí y es difícil disimularla: Jesús nace en un pesebre. Dios se encarna en la mayor vulnerabilidad y fragilidad imaginable, se hace niño, recién nacido. No habla porque no sabe. Apenas está ahí. Ni siquiera sonríe. Así es Dios, así se hermana con nosotros. Escoge su puesto en la sociedad humana: el último. Sólo desde ese punto de partida básico se puede construir la fe. El Dios en quien creemos es inseparable de la Navidad, de la encarnación, de la kénosis. Ver el Belén nos sigue diciendo a todos en su silencio y en su pobreza dónde nos tenemos que situar si queremos ser fieles a Jesús y a su mensaje.

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