Del incienso a la fraternidad

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Ilustración. Hiking Artist.Este mes celebramos el final del ciclo litúrgico anual. Lo que comenzó en el Adviento de hace un año, preparándonos para celebrar el nacimiento de Jesús, termina ahora con una culminación muy decimonónica: la solemnidad de Cristo Rey, instaurada precisamente en el marco del ultramontanismo, cuando las monarquías caían por toda Europa y eran sustituidas por repúblicas.

Pero no vamos a entrar en esas cuestiones. No hay mal que por bien no venga. El Evangelio que se proclama en esa solemnidad nos da una oportunidad para centrarnos en lo mejor del Evangelio sin caer en imaginaciones extrañas al Evangelio del tipo de cortes reales, adoraciones perpetuas y muchas lámparas y velas entre nubes de incienso y cantos en latín.

Mateo 25,31-46 es el antídoto mejor para los que pretenden transformar el Evangelio en una espiritualidad fofa y coloreada en tonos pastel con lucecitas de fondo con aire a barraca de feria. A Jesús se le ocurrió una gran historia para transmitirnos algo fundamental. Lo más importante de la vida no se juega en los retiros ni en las misas ni en las oraciones prolongadas. Ni siquiera en las penitencias por nuestros pecados. Tampoco en la lectura y asimilación de gruesos libros de teología o en el conocimiento y comprensión perfecta del credo de nuestra Iglesia.

Todo eso puede estar bien. Pero lo importante es algo tan sencillo y al alcance de todos como dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, atender al enfermo y visitar al preso. Hacer eso es hacérselo a Jesús directamente. Pero conviene resaltar que, tal y como se lee en la parábola, los que lo hicieron no tenían la más mínima conciencia de hacérselo a Jesús. Se sorprenden cuando Jesús les saca del grupo para llevarlos a su derecha, a su lado. Ellos lo hicieron simplemente por piedad, por solidaridad, por fraternidad.

Luego están los otros, los que se quedan lejos y a la izquierda de Jesús, los cabritos. No hicieron nada porque no vieron nunca a Jesús desnudo ni hambriento ni sediento ni desnudo… Problema de vista. ¡Necesitaban gafas!

Si queremos ser sensatos, como las vírgenes aquellas del aceite (domingo 6 de noviembre) o aprovechar bien nuestros talentos y no enterrarlos (domingo 13 de noviembre), no hay otro camino que leer un par de veces la parábola del juicio final y luego salir a la calle a encontrar a Jesús en todos los que sufren, los abandonados, los hambrientos, etc. Y arrimar el hombro porque donde hay una persona que sufre, allí está Jesús llamándonos. Pero como busquemos lucecitas, incienso y cantos en latín… no le vamos a encontrar nunca.

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