Como los de Emaús

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Caminamos juntos y, como los discípulos de Emaús, al caminar descubrimos a Jesús. El primer domingo del mes de mayo (3º de Pascua) está marcado por el relato de los dos de Emaús. Cuenta la historia de dos discípulos que se vuelven a su pueblo. Han vivido en Jerusalén los días de la pasión y muerte de Jesús. Han oído hablar de la resurrección, pero de una forma confusa (“Algunas mujeres nos han sobresaltado…”). Da la impresión de que están en el momento de despertarse de un bello sueño (Galilea, las bienaventuranzas, el reino de Dios…) que terminó en pesadilla (Jesús juzgado, condenado y ajusticiado en una cruz).

El camino es largo. Más cuando el espíritu está decaído, cuando el horizonte ya no está lleno de luz sino oscuro. No hay más perspectiva que volver a lo de siempre ya sean tierras pobres o barcas viejas con redes llenas de agujeros. No hay futuro y cada paso cuesta un mundo.

De repente, un caminante. Otro más que se junta a ellos. Quiere hablar. Les pregunta. No sabe lo que ha pasado. En realidad, se lo explica, da sentido a lo que ha pasado en Jerusalén. Llega el final del día. Los dos están en el punto final de su camino. Han llegado a su pobre y desesperada meta. El caminante quiere seguir. Ellos le piden que se quede (“Quédate con nosotros, porque atardece…”).
Dicho y hecho. Se sientan a la mesa y comparten el pan. El caminante lo bendice antes de compartirlo con ellos. Entonces lo reconocen. Entonces desaparece. Todo al mismo tiempo. Es la presencia-ausencia que marca siempre al Resucitado, a Jesús. Pero esa presencia ha cambiado todo. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba…?”. Vuelven a Jerusalén. Su vida tiene norte, sentido, dirección. El sueño sigue siendo válido. El Reino se convierte en proyecto de vida.

Todo sucede en torno a la Eucaristía, en torno a la mesa. El relato es la historia poetizada de una Eucaristía. La escucha de la Palabra y el compartir el pan. Lo mismo que la Iglesia, aunque de manera muy ritualizada, sigue celebrando día tras día, miles y millones de veces. Para sentir la presencia-ausencia del Resucitado. Para soñar su sueño y saber que vale la pena seguir luchando por hacerlo realidad, por defender los derechos de todos y todas, por acoger a quienes se ha excluido, por construir fraternidad, por cambiar la violencia por la tolerancia, por esforzarse por la reconciliación.

En torno a la mesa de la Eucaristía nos reconocemos hermanos. Nuestro corazón arde. Y nos llenamos de vida para compartir. En la mesa del pan y la Palabra sucede todo lo que tiene que suceder en la vida de quien sigue a Cristo. Es realización y promesa. Es compromiso y denuncia. Es sueño compartido. Es vida para todas las personas.

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