El amor divino y la intolerancia humana

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Naciones Unidas convoca la Semana Mundial de la Armonía Interconfesional. Cada año, la ONU consagra siempre la primera semana de febrero a las iniciativas de diálogo y armonía entre las religiones. En diversas partes del mundo, se producen diariamente casos de discriminación y hasta de violencia contra algunos grupos religiosos. Desgraciadamente, en algunos países ha habido ataques contra sinagogas y en otros, contra mezquitas. En algunos países musulmanes, se ha perseguido a cristianos y cristianas. En la América Latina, muchas veces, son los cultos indígenas y afro-descendientes los que sufren más violencia y actos de discriminación. Muchas veces esos crímenes ocurren con la omisión o, incluso, la complacencia de los gobiernos. También en países donde la Constitución asegura libertad para todos los cultos, la ley puede impedir actos de discriminación, pero no puede enseñar a amar. Eso solo se logra con un cambio de educación. Y la ONU propone que las religiones colaboren para crear esa cultura de paz, diálogo y colaboración.

Lo que más nos puede asustar es que la mayoría de esos actos criminales no son practicados por ateos dogmáticos, contrarios a cualquiera religión. Actualmente la mayoría de esos ataques contra grupos religiosos minoritarios son cometidos por grupos también religiosos y que dicen actuar así en nombre de Dios. En América Latina, son algunos grupos pentecostales los que, apoyados en una lectura fundamentalista y fanática de textos bíblicos, consideran las religiones negras o indígenas como idolátricas e, incluso, demoníacas.

Durante siglos, casi todas las Iglesias han cometido este pecado. Católicos y evangélicos han quemado mujeres como brujas y perseguido herejes. La propia Iglesia Católica se proclamaba como la única religión verdadera. Combatía a las otras y perseguía disidentes. Hace solo cincuenta años, en el Concilio Vaticano II, se publicó la declaración Nostra Aetate, que reconoce el valor de otras tradiciones espirituales e incentiva a los y las fieles a valorar lo diverso y practicar el diálogo. Desde las otras Iglesias, un poco antes, en 1961, en la asamblea mundial de Nueva Dehli, el Consejo Mundial de Iglesias, que congrega a más de 340 Iglesias evangélicas y ortodoxas, propuso a las Iglesias miembro una actitud de respeto y diálogo con todas las culturas y colaboración con las otras tradiciones religiosas.

Actualmente, grupos pentecostales y católicos de tendencia carismática parecen herederos de esa tradición de intolerancia y transmiten a los otros un testimonio de la Biblia como libro de violencia y de Dios, la imagen de una divinidad cruel y vengativa que ama a sus amigos y no perdona a sus enemigos. Todo al contrario de lo que Jesús habló de Dios como papaíto que “hace al sol nacer sobre los buenos y los malos y hace la lluvia caer sobre justos, como también sobre los injustos” (Mt 5, 45).

En el mundo actual, la diversidad cultural y religiosa es un hecho que, se quiera o no, si impone a la humanidad. Hay quienes la consideran como un hecho negativo que debemos soportar. Cada vez más, creyentes de todas las tradiciones descubren que la diversidad es una gracia divina y enriquece a todos y todas. Hace que cada grupo reconozca los elementos de verdad que existen en otros grupos y pueda abrirse a lo que el Espíritu revela a cada uno, no solo a partir de la propia tradición, sino también a través de otros caminos religiosos. El hecho de que sea la ONU quien provoca esta semana de diálogo y cooperación entre las religiones muestra que los mismos ministros de Dios aún tienen cierta dificultad para reconocer la pluralidad y adherirse a ese diálogo. Hace más de 50 años, el papa Pablo VI afirmaba: “El diálogo es algo divino, ya que fue Dios quien lo inició, al abrir una comunicación dialógica con la humanidad”.

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