Determinación. ¿Cómo reconocerme en mis fortalezas?

“No puedo dejar de ser la que he sido”, escribió Santa Teresa de Jesús. Ya nos hemos atrevido a entrar en lo profundo de nuestra alma. Nos hemos arriesgado a preguntarnos ¿Qué sentimos?, ¿qué nombre le damos a nuestra emoción? Le preguntamos: ¿para qué ha venido?, ¿cuánto tiempo se quedará con nosotros?

Identificar nuestra emoción, ponerle nombre es el primer paso para luego ser capaz de expresarla. Conocernos primero, para aceptarnos y expresarnos después. No podemos expresar lo que no comprendemos. Y, cuando se trata de conocimiento y desarrollo personal, no podemos comprender lo que no sentimos previamente en nuestras entrañas.

Hay que disponer de un enorme valor para continuar aquí, en nuestro interior, porque quizá en ese recorrido por nuestras dependencias más internas nos encontremos con dimensiones nuestras que no nos agradan. ¿Qué haremos entonces? Es posible que tengamos enormes deseos de salir de allí, de nuestro yo más profundo. De salir a toda prisa y dejarnos perder en el ruido, la actividad constante que nos ocupa o la superficialidad que nos ahoga el tiempo. Todo ello nos va a facilitar, sin duda, la huida ante el pánico que nos provoca nuestro autoconocimiento.

Puedo sentir terror a profundizar pero “no puedo dejar de ser la que he sido” (3 M1,3).

Cuanto antes asumamos quiénes somos, mejor. Más rápidamente nos pondremos en marcha hacia nuestra meta de plenitud. Antes podremos saber cuáles son los motores que nos propulsan el avance. También cuáles son las piezas de nuestro vehículo que puedan requerir reparación en el taller.

Es tiempo de aceptación incondicional de todas las dimensiones de nuestro ser. “Y quién dirá que no quiere un tan gran bien ya en especial pasado por lo más trabajoso” (3 M 1,6).

Insisto mucho en la aceptación incondicional de nuestro ser, que debe ser resultado de nuestro conocimiento profundo y sincero. Incondicional significa “sin condiciones”.

Me quiero, pero más delgado… Me quiero, pero más alto… Me quiero, pero más rubio… Esto es aceptarse con condiciones. En ocasiones, las condiciones que nos imponemos cada uno y cada una de nosotras son mucho más profundas y complejas. Nada de esto nos ayuda en nuestro proceso de puesta en marcha, pues construimos nuestra identidad sobre falsas expectativas y máscaras que, al cabo del tiempo o ante cualquier dificultad, se desmoronan y nos destrozan aún más.

Él nos ama y nos acepta incondicionalmente. En las relaciones de ayuda, precisamente es ese sentimiento de ser aceptados de forma incondicional por otro ser humano lo que nos hace aceptarnos y, al mismo tiempo, ser capaces de cambiar nuestras perspectivas de aceptación de las demás personas. Es todo un cambio radical de pensamiento.

Ahora es el momento de propulsar motores, de coger impulso para el salto. Con la vista puesta en nuestra meta, ¿cuánto de impulso hemos de preparar para que el salto sea efectivo?

Porque, a pesar de lo angosto del camino, una vez que nos hemos reconocido y aceptado incondicionalmente, la paz interior llama a nuestra puerta y desea quedarse en nuestra compañía más tiempo.

Sin embargo, nuestro proceso no ha terminado, “siempre paso a paso, que nunca acabaremos de andar el camino y nos cansamos (porque creed que es una camino abrumador), harto bien será que no nos perdamos” (3 M 2,7).

Y nos quedamos con las palabras de Teresa, que nos recuerda: “Están cerca de las primeras moradas, con facilidad podrían tornar a ellas, porque su fortaleza no está fundada aun en tierra firma” (3 M 2,12).

El peligro de estas moradas, sin embargo, es estancarse; creernos que ya lo tenemos todo conseguido cuando no hemos hecho más que empezar.

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