De la fe al compromiso político

iglesia2522.jpgFernando Lugo ya es conocido de los lectores de alandar. Comenzó su itinerario dando clases en una escuelita de una zona campesina de su país, Paraguay. Luego vinieron otras muchas cosas: la vocación al sacerdocio, el ingreso en la congregación del Verbo Divino, los estudios en Roma, la vuelta a su país, su nombramiento en 1994 como obispo de San Pedro de Ycuamandyyú, una diócesis pobre y olvidada. En 2005 otra nueva llamada le hizo dejar el ministerio episcopal y entrar en el mundo de la política. Hoy es presidente de Paraguay y trata de cambiar un país comido desde hace décadas por el caciquismo y la corrupción. Como dice Fernando, en Paraguay “la gente le llama a la política ‘la industria sin humo’, porque es una forma rápida de enriquecerse, de hacer fortuna, haciendo uso de la influencia”. Fernando y los que lo apoyan quieren cambiar el país, hacer otra política, edificando el poder desde abajo, desde los últimos de la sociedad, y no desde arriba, como desgraciadamente se ha hecho casi siempre en Paraguay y tantísimos lugares. Y todo eso desde una postura básica y una opción decidida: Fernando Lugo es creyente y discípulo de Jesús.

Don Fernando Lugo, obispo, teólogo de la liberación y creyente en el evangelio de Jesús. ¿Qué motivaciones y contenidos de la teología de la liberación están presentes en su lanzamiento a la arena política?

Lo primero es la opción preferencial por los pobres y por los excluidos de los derechos fundamentales para una vida mínimamente digna. Es reconocer en la práctica lo del Reino de Dios que pasa por el “tuve hambre y me disteis de comer, estaba desnudo y en la cárcel y me visitásteis”. Es decir, el Reino implica abrir caminos en la vida real para solucionar los problemas de las personas. El compromiso transformador, real y estructural ha de pasar necesariamente, hoy por hoy, por los cauces socio-políticos: económicos, ideológicos y operativos. No existe el compromiso cristiano adulto, no es posible, si no se atiende a esas dimensiones. Es un camino arriesgado, difícil pero que hemos de intentar con humildad, inteligencia práctica y valentía evangélicas. Cuando dejé la diócesis de San Pedro, a petición de muchos colectivos intelectuales y de base, para tratar de conseguir la presidencia de Paraguay, dije: “Desde ahora el país será mi diócesis”.

¿Cómo y cuándo empezó a gestarse la idea de entrar en el terreno de la política como fruto de su compromiso cristiano?

Es difícil pensar en términos de una fecha. Ha sido un proceso hecho con la gente, un proceso que no se ha gestado con la conciencia y con la opción clara desde el inicio sino que se ha ido fraguando lentamente. Y no siempre con la misma conciencia. No sé si hay una fecha en la que se puede marcar un antes y un después, pero de señalar alguna, podría ser el 17 de diciembre de 2006. Ese día más de cien mil firmas de campesinos, obreros, comunidades de base, me hicieron plantearme si estaría dispuesto a dejar el ejercicio pastoral en el episcopado para embarcarme en el ámbito político y poder capitalizar de ese modo las ilusiones y esperanzas de la ciudadanía. En lo que a mí respecta, creo que ese fue el día de la decisión que llevaba consigo aparejada otra decisión, dolorosa por cierto: la de dejar el ministerio después de treinta años. Pero, al mismo tiempo, el compromiso que he asumido no deja de ser para mí un gran ministerio de servicio ampliado en esta ocasión a toda la ciudadanía paraguaya. Por eso dije entonces que en adelante todo el país sería mi catedral.

¿Hubo algún grupo o elemento que le llevase a tomar esa decisión, que fuese el fermento, el agente catalizador?

Con respecto a mi decisión personal quiero resaltar también, y de manera muy especial, la presencia y el apoyo y empuje de los agentes pastorales de mi diócesis de San Pedro. Ellos comprendieron muy bien el proceso en el que estaba. Y luego también hubo compañeros sacerdotes que me decían que la política podía ser el remate final, lógico y natural de alguien que, como yo, ha vivido de una forma muy intensa el compromiso social que conlleva la teología de la liberación, que la política sería la herramienta que me permitiría materializar con más eficacia los cambios soñados desde una perspectiva que, en un lenguaje cristiano, podríamos llamar de búsqueda del Reino de Dios.

¿Cómo afrontó la crítica a la supuesta incompatibilidad entre la entrada en la vida política con todo lo que conlleva y la realidad de su ministerio episcopal dentro de la Iglesia?

iglesia2523.jpgNo fue fácil. Como decía antes, aquí hay una tradición cultural muy fuerte del político como el jefe, el cacique, el tendota, el que manda y dispone sobre los demás y desde aquí, se veía una contradicción. Por algo, aquí, la gente le llama a la política “la industria sin humo”, porque es una forma rápida de enriquecerse, de hacer fortuna, haciendo uso de la influencia; pero justo por mi dedicación anterior, la gente puede considerar también que no soy un líder como otros. Gracias a Dios, no soy como los que quieren usufructuar el poder para beneficio personal, para beneficio propio, en un sentido económico. Yo provengo de otra cultura, del ejercicio de otro modo de liderazgo; y así, mi trayectoria vital, lejos de ser un impedimento, puede ser una oportunidad; porque queremos que la ciudadanía pueda seguir confiando en una administración transparente y esto es lo que la gente ha votado. Respecto a mi situación dentro de la Iglesia Católica, estoy esperando la respuesta de Roma a mi demanda de dispensa y reducción al estado laical. Confío en que se encuentre la mejor solución para todos.

¿Qué ministerios eclesiales deberían potenciar, a su juicio, los cristianos que sintonicen con su línea de compromiso?

Eso dependerá de los lugares eclesiales de los que se parta como referencia. Creo que las parroquias, por ejemplo, como colectivos geográficamente delimitados, han de ejercer con esmero en esos mismos lugares en que están enclavadas el ministerio de la justicia-caridad en favor de los necesitados y de los excluidos. Otros grupos cristianos, comunidades de base, más pequeños y más concienciados deberían potenciar el ministerio del discernimiento en orden a ayudar a la sociedad a ser consciente del momento social y económico que nos toca vivir y defender. En el caso de Paraguay deberían tener en cuenta toda nuestra historia reciente de pillaje y de manipulación de la justicia. Deberían reflexionar para determinar los pasos lentos, pero seguros, que tendremos que dar y para poder mantener la mente serena y lúcida en los momentos difíciles que pueden llegar no tardando. Para unos y otros, para todos, diría que han de asumir el ministerio de la esperanza. Han de plantar la esperanza como lugar de ilusión, capaz de generar, sobre todo en las capas populares, un tejido social potenciador del cambio –un cambio que será, necesariamente, lento-, opuesto a los que se resisten a él, capaz de enfrentarse a la fuerza de la oposición que, como es natural, se pondrá a ejercer como tal pronto y con todos sus medios. Estos son ministerios que pertenecen a la comunidad creyente en cuanto tal, a todos sus miembros, tanto si están ordenados como si no lo están. Para ejercerlos la única condición que se exige es la pasión por el Evangelio de Jesús, por el Pueblo y por la Comunidad.

¿Cree que esta opción personal suya por ejercer de otro modo el ministerio puede potenciar a los laicos, a los grupos cristianos comprometidos en favor del Reino de Dios en la sociedad?

Creo que sí y que es muy importante. Es más, confío en que esto suceda. De hecho, ya estoy viendo que está aconteciendo en muchas personas de diferentes sectores cristianos –personas que están trabajando en relación directa con otros que no son cristianos, claro está–. Muy en concreto ese cambio se está dando en los “Grupos de Análisis”. Son grupos de personas, de creyentes, que vienen reuniéndose desde hace dos años. Están conformados tanto por intelectuales como por gente popular. Ellos son los que hicieron posible el arranque y el sustento de este camino hacia la Presidencia. Confío en que los sectores más conscientes de las parroquias, los grupos cristianos “militantes” y las comunidades cristianas de base irán avanzando y profundizando en la urgente necesidad de sentirse protagonistas de esta historia concreta del Reino de Dios. En su necesidad de actuar de una forma concreta y práctica en la sociedad.
Yo espero que este camino que iniciamos ahora llegue a ser una ocasión y una oportunidad para el crecimiento de un laicado consciente y lúcido que sea capaz de asumir su responsabilidad política. La política es –ha de ser– un instrumento eficiente para hacer vida real el compromiso temporal de la fe en el Jesús del evangelio.

Pero también es verdad que ese instrumento al servicio del compromiso de fe que debe ser la acción política puede “alterar” la tranquilidad y la buena conciencia de muchos cristianos.

Es un riesgo y una apuesta que hemos de asumir necesariamente, a mi juicio, como una urgencia evangélica. No podemos dejar el ejercicio de esta asignatura difícil pero imprescindible. La acción política es fruto del compromiso cristiano. Y se tiene que concretar, por ejemplo, en la elaboración y aplicación práctica de análisis económicos encaminados al logro de un reparto equitativo de la riqueza de este país esquilmado, en manos de los poderosos corruptos y de las oligarquías mafiosas. Desgraciadamente hay muchos cristianos que prefieren limitarse a acciones y gestos puntuales y de corto alcance transformador. Les motiva el temor a mancharse las manos con el barro de la vida o a alterar la tranquilidad de una conciencia con frecuencia demasiado conformista y pasiva. Hay quienes llegar a defender con convicción la idea falsa de que la entrada en el compromiso político no es evangélico ni cristiano. La realidad, que no quieren ver, es que el mismo Jesús, en el evangelio que hemos recibido, nos orienta y nos guía hacia este compromiso, a buscar de una manera concreta y real el bien y la justicia para nuestros hermanos. Recuerdo ahora algo que dice en uno de sus escritos D. Pedro Casaldáliga: “La política está de baja y desprestigiada. ¡Hagamos otra política, viva la política!”

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