Hablar por hablar

el gusto de hablar por Araceli Caballero
Cholula, noviembre 2016

Sufre mala prensa, pero tengo simpatía por esta expresión. Tal vez es porque me viene a la mente un apreciable programa de radio, pero no solo por eso. Hablar por hablar también -sobre todo- es hablar por el puro gusto de hacerlo, de comunicarse, que es para lo que principalmente sirve el verbo. Más allá del contenido (que no digo yo que no tenga importancia), entrar en contacto con el otro, con los otros. Hablar es el primer paso para el conocimiento.

Entenderán que, con estas querencias, encontrar este cartel en una ciudad mexicana me llenara de entusiasmo. Para el diccionario normativo, “cotorrear” es “hablar con exceso y con bullicio”, pero no siempre hay que hacer caso a la norma. Cotorrear es hablar por placer, comunicarse por puro gusto. Si un pueblo que tiene tan buen trato con las palabras, que habla tan bien y tan amablemente, te anima a  cotorrear, pues ¡ándele, no se me resista!

Autoría

  • Araceli Caballero

    Periodista y filóloga (además de componente del consejo de redacción de alandar desde sus inicios), lleva más dos décadas trabajando en organizaciones sociales vinculadas a la defensa de los derechos de la gente que habita el Sur pobre del planeta.

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1 comentario en «Hablar por hablar»

  1. ¡Ajtum para todos!

    Nos pasa muy seguido, en reuniones socarrezcas, que terminamos hablando sobre la inutilidad de seguir hablando, aunque muchas veces, sin darnos cuenta, también salvamos el mundo o bien lo destruímos. Eso sí, nos ayudamos siempre de buen vino.

    Es el famoso Akba, ese irrefrenable impulso que obliga a la conquista de la nada para obtenerlo todo, y al final, olvidarlo en un recuerdo. Que regresa siempre bajo una nueva sitva, que también puede ser un avtis, en su versión más superflua.

    La canción sigue siendo la misma. Se caen las palabras de las manos al vacío y rebotan intensamente entre el pasado y el futuro, y luego, zarandeamos hasta que surge la adorada dorkis. Es el nectar divino, esa ambrosía que vuelve cuerdos a algunos y locos a los que piden permiso y comercian para obtenerlo.

    Cuando se aprisiona el deseo se crean cadenas y luego el amo, tira de ellas como adiestrando a un perro. Y un buen día, éste se escapa y se vuelve polvo, enlutándose de huérfano control. Los hay otros, que lo entrenan para cazar, día y noche sin cesar, hasta que por fin lo sueltan, pero nunca regresan, y corren a los tirones de otro amo.

    ¡Qué paradoja el deseo, eterno en el sueño, muerto en la realidad y vivo en el cielo como canción!

    ¡Mutja!

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