Universidad a la boloñesa, la oportunidad perdida

Bolonia (en italiano Bologna) y en algunas ocasiones Boloña en español, es una ciudad de Italia, capital de Emilia-Romaña (en el norte del país), situada entre el río Reno y el río Sàvena, cerca de los Apeninos. Es una de las ciudades históricas mejor conservadas y tiene el segundo casco antiguo medieval más grande de Europa (después del de Venecia). Es llamada la Ciudad Roja por el color de sus tejados y fachadas, y por ser uno de los ejes centrales del Partido Comunista Italiano y de la resistencia de los partisanos contra los fascistas en la Segunda Guerra Mundial. También es llamada Bolonia la Docta por su universidad, fundada en 1088 (la más antigua de todo Occidente), y Bolonia la Gorda por su excelente cocina, entre los que destacan los espagueti a la boloñesa y la mortadela.

El proceso de Bolonia del que tanto se está hablando y viendo en los medios estos días es el nombre que recibe el proceso iniciado a partir de la Declaración de Bolonia, acuerdo que en 1999 firmaron los ministros de educación de la Unión Europea en esa ciudad italiana. Con ella se inició un proceso de convergencia que, en el papel, tenía como objetivos facilitar el intercambio de titulados y adaptar el contenido de los estudios universitarios a las demandas sociales. La declaración de Bolonia condujo a la creación del Espacio Europeo de Educación Superior, un ámbito al que se incorporaron países incluso de fuera de la Unión Europea y que sirve de marco de referencia a las reformas educativas que se están llevando a cabo en muchos países.

Bolonia está ya aquí. Dentro de unos meses, a más tardar un año, las universidades españolas vamos a tener que cambiar nuestro modo de estar y de ser en la sociedad. Bolonia obliga.

Y, sin embargo, para algunos de sus sufridores, entre los que me encuentro, el proceso se ha viciado, se ha mercantilizado y se ha tergiversado. Hoy los estudios adaptados a Bolonia están más cerca de servir a las leyes del mercado que a las de la educación, si es que la educación tiene leyes. Los nuevos estudios de grado capacitan para el ejercicio de una profesión desvirtuando quizá la razón de ser de la Universidad formadora de cabezas pensantes, ciudadanos críticos, personas transformadoras. Lejos de mi la intención de crear y volver a una Universidad para elites intelectuales y económicas, pero sí es verdad que, al menos hasta donde yo he podido ver (y participar del proceso, no rehuyo mi culpa) estamos creando una Universidad más adaptada a lo que el mercado laboral demanda. La necesaria, a partir de ahora, vinculación entre empleadores y enseñantes puede llegar al extremo de que los ejemplos puestos en clase por un profesor lleguen a estar patrocinados por una marca (no es ciencia ficción, pasa en Harvard, nuestro modelo de referencia).

Es cierto que siempre se ha acusado a facultades y escuelas de ser fábricas de parados, de estar alejados de la realidad, de tener catedráticos y profesores adocenados y dormidos en su poltrona. Y en muchas ocasiones es una crítica acertada. Es cierto que es necesario un radical cambio de estilo, acercando al estudiante y al profesor a los problemas de la ciudadanía, acabando con la omnisciente y omnipotente figura del catedrático y sus polluelos. Pero quizá el cambio no sea sustituir catedráticos por consejeros delegados.

La oportunidad perdida en este rediseño de carreras, grados, másteres y demás está en haber pensado unos estudios y una estructura acordes con los tiempos y los problemas que corren. Quizá este interesante proceso boloñés se podría haber acordado de los Objetivos del Milenio al reformar los estudios y la Universidad. Si esto fuera así posiblemente en los años venideros veríamos nacer la Facultad de Ciencias de la Paz o la Escuela de Ingeniería para el Desarrollo; una Facultad de Economía Basada en las Personas. Un Graduado en Amor y un Master en Movimientos Sociales Transformadores. Una Facultad de Educación al Alcance de Todos, una Escuela superior de Soberanía Alimentaría que impartiría un Graduado en Agricultura Ecológica libre de transgénicos. Habría un único Master en Comercio (Justo por supuesto) o una Facultad de Ciencias Saludables y no Medicalizadas, un Graduado en Erradicación de la Pobreza…

No me resigno. Si puedes soñarlo puedes crearlo. Mientras tanto seguiremos inmersos en un sistema que entiende la Universidad y la educación superior, la investigación, como un negocio más del que sacar tajada.

ballesteros@cee.upcomillas.es

Carlos Ballesteros
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