Hablar ¿por hablar nomás?

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Escribo en defensa del reino del hombre y su justicia.
Pido la paz y la palabra.
He dicho «silencio», «sombra», «vacío» etcétera.
Digo «del hombre y su justicia», «océano pacífico», lo que me dejan.
Pido la paz y la palabra

Blas de Otero

Dudaba sobre el tema de esta escalera cuando me senté delante de la pantalla a escribirla. Como supongo que sabéis, esta columna suele ser la más difícil de todo el año, pues se nos pide que la hagamos antes del verano para que llegue a primeros de septiembre a vuestras casas. Y, claro, en estos días en que la escribo (mediados de junio) muchas y vertiginosas cosas están sucediendo como para no dejarlas pasar por alto. Tengo, pues, claro que quiero referirme de algún modo a este maremágnum de acampadas indignadas, protestas que proponen, movimientos en la calle y en los barrios… Pero no quiero caer en los tópicos ni quiero quedarme desactualizado. Así que creo que lo mejor va a ser escribir sobre el valor del diálogo, el debate y la palabra y la necesidad que tenemos de ella en nuestras organizaciones.

Esta reflexión viene motivada por tres estímulos. El primero, unas jornadas organizadas por la Plataforma 2015 y más, en la que las ONG reflexionaban sobre la necesidad de retomar y reforzar la base social, preocupadas porque se habían convertido en meras gestoras de proyectos e intermediarias de fondos y habían perdido la calle. Las ONG parecen estar cada vez más lejos de su naturaleza fundacional, ven limitada su capacidad de movilización social, cada vez ven más disminuida la relevancia que tienen como agentes de desarrollo y transformación social. Puede que sea por su excesiva tecnificación, por un marketing a veces incluso agresivo, orientado a la búsqueda de financiación: lo cierto es que las ONG apenas son atractivas como espacios de participación social. La idea de alguna manera seria repolitizar las ONG para volver a tener voz social.

El segundo lo proporciona Pau Vidal (Observatorio del tercer sector) que en un artículo de hace poco decía “En estos momentos, la actividad en el mundo social está orientada con fuerza hacia la acción directa. Todo el mundo tiene claro que es un momento de crisis y, por lo tanto, lo más relevante es ofrecer atención lo más inmediata posible a aquellas personas que peor lo están pasando. Es lógico. Pero esta preponderancia de la actuación directa está siendo tan marcada que en los últimos tiempos se ha dejado totalmente de lado el valor de la reflexión. Por ejemplo, no es extraño escuchar de boca de responsables políticos que los cajones están llenos de estudios que sirven de poco. O se puede ver en casi todas la convocatorias cómo quedan excluidas de financiación las jornadas, las publicaciones o los estudios. Parece que el mensaje general sea algo similar a <>

El tercero es personal. Estoy asistiendo cada vez a más reuniones en las que ante la confrontación de ideas y pareceres, de maneras de ver y hacer las cosas, alguien dice algo similar a no he venido aquí a perder el tiempo discutiendo sino actuando. A mí, que me he formado asociativamente en un grupo donde el valor de la discusión y el debate, las largas reuniones donde se hablaba todo lo hablable y se dialogaba, proponía, disentía, discutía y finalmente consensuaba era algo esencial, connatural a nuestra actividad, me sorprende este tipo de declaraciones. Esta necesidad de hablar, de que todos sepamos lo que se cuece y todos seamos partícipes de las discusiones y hagamos nuestras las conclusiones, las sintamos de alguna manera propias, es lo que he visto en las acampadas de esta primavera. Las asambleas que allí se han llevado a cabo, las de los barrios y pueblos más tarde, han sido un ejemplificador ejercicio de disenso y consenso.
Retomemos, pues, el valor de la palabra y la reflexión y, como dice mi buen amigo Enrique, acompañémoslo con un vaso de vino y un pincho de tortilla.

PD. Temas aplazados para el otoño que escribo aquí para no olvidarlos: el ataque de la jerarquía episcopal al movimiento Junior; el nacimiento y propuesta de EQUO; la propuesta NOPPAW (Nobel Peace Price for African Women). ¡Feliz curso!

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