¡Erradicado el ébola!

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Bueno, voy a confesar que quizá me haya pasado un poco con el titular de esta escalera, llevado por la euforia que nos inunda, pero es que después de 15 días en una habitación aislada y de tener a todo un país en vilo, Teresa Romero sigue viva y eso es, según los expertos, sinónimo de que se ha vencido a la temible enfermedad. No sé qué habrá pasado entre que –maquetación e imprenta obligan– redacto esta columna y vea la luz, pero todo indica que la única enferma que había en España de ébola se habrá curado y que las aproximadas dos decenas de personas ingresadas de manera preventiva en observación no habrán desarrollado la enfermedad y estarán en sus casas. Así pues, podemos decir que, al menos en España, ya no hay ébola y el Gobierno puede desmantelar su gabinete de crisis y el resto de españoles y españolas podemos respirar tranquilos, al menos hasta que al gobernante de turno se le ocurra volver a traer a otro contaminado y hasta que otra enfermera descuidada y poco profesional vuelva a poner en riesgo su vida y la de tantas personas de bien. Teresa se recupera (de lo cual, vaya por delante, me alegro un montón,) y los demás empezamos a tener la tranquilidad de que ya no podremos contagiarnos. Otra crisis –como la de las vacas locas, como la de la gripe A– superada.

¡Ah! ¿Que aunque en España no haya ya enfermos en África el bichito sigue haciendo de las suyas? Bueno, pero eso ya no es tan problema mío ¿no? Al fin y al cabo, en esos países, la malaria, la tuberculosis, el SIDA y ahora también el ébola son enfermedades con las que hay que convivir y contra las que, desgraciadamente, no se puede hacer demasiado, pues en esos países, ya se sabe, las condiciones higiénicas y el nivel de educación de la gente hacen muy difícil implantar protocolos, diseñar planes de prevención o tener unas mínimas garantías de que el tratamiento se va a seguir al pie de la letra.

Teresa se ha salvado (repito, espero que no esté metiendo la pata al escribir esto: todo apunta a que sí) porque al Gobierno no le interesaba que muriera, ¡bastante escándalo tenía ya montado! y no ha escatimado en sueros, medicinas y tratamientos para que viviera. Erradicar el ébola en España ha sido, por tanto, un tema de voluntad política: como erradicarlo en otras partes del mundo también lo es. Pero en otras partes del mundo no te juegas tanto. Además, si no se mueren de ébola se morirán de otra enfermedad o, a la larga, incluso puede que de hambre. Y no hay voluntad política para que esto no ocurra. No hay un compromiso serio por erradicar el hambre ni las enfermedades, por muchos Objetivos del Milenio y estrategias post-2015 que se redacten.

Uno llega a pensar que hay oscuros intereses para que haya empobrecidos, enfermos, hambrientos siempre que no nos toquen de cerca. Grandes compañías farmacéuticas, multinacionales del sector químico y textil y empresas de venta on-line se han visto favorecidas por este último brote epidémico en África del Este: las acciones de la empresa farmacéutica Tekmira, productora de uno de los fármacos experimentales del ébola, han subido en un 20% en las últimas semanas, pero es que desde mediados de julio había experimentado un incremento de un 180%; el precio de la acción de la empresa Lakeland, que fabrica ropa de protección y aislamiento, ha subido en un 30%.

El ébola ha desaparecido de la sangre de Teresa y de nuestras vidas. Ha desaparecido de la agenda del Gobierno, de un gobierno que ha recortado un 70% los fondos de cooperación al desarrollo y que apenas ha aportado 126.000€ de los más de 166 millones de dólares recogidos por la OMS. Pero el ébola no ha desaparecido de la vida de miles de africanos y africanas que luchan por sobrevivir, ni de la de los misioneros y misioneras que acompañan esta lucha, comparten este sufrimiento y que, a veces, cuando se infectan, son traídos a España para que otra enfermera que ¡dios no lo quiera! siga sin protocolo de actuación y sin condiciones para llevarlo a cabo en el caso de que lo haya, pueda, en un descuido, rozarse la cara con un guante. Un fuerte abrazo, Teresa y un fuerte y emocionado abrazo a todos y todas los que, como Miguel Pajares, como Manuel García, se dejan la vida por los demás.

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