Como seguramente muchos de mis lectores saben, yo estudié Teología en Innsbruck. En aquel momento daba clase Karl Rahner, el teólogo más importante del siglo XX, y también su hermano Hugo, un gran profesor y una gran persona que, por entonces, sacó un pequeño libro titulado Der spielende Mensch, “El hombre que juega”. Yo compré un ejemplar y se lo llevé para que me lo firmara. Me puso (en latín, que entonces se usaba) Ite et ludite, “id y jugad”. Desde entonces he procurado siempre seguir su consejo.
Y hablando de Innsbruck, cuando yo llegué quedaba con cierto aire de leyenda el recuerdo de un seminarista de Valladolid, ahora ya fallecido, llamado Mariano Cibrán. Contaré dos anécdotas de él.
En uno de los cursos la habitación situada bajo la suya la ocupaba un estudiante inglés. Un día Mariano le dijo: “hasta que los ingleses no devuelvan Gibraltar, te patearé a la hora de la siesta”. Y en efecto, así lo hizo. Hasta que el otro, ya cansado, volviendo de una excursión, cogió una piedra y se la tiró a los pies: “¡For you, the Rock!”
En otra ocasión un alemán le dijo: “este verano voy a ir a España. Dame tu dirección y pasaré a verte”. Como he dicho, Mariano vivía en Valladolid y le contestó: “tú llegas y preguntas por mí, todo el mundo me conoce”. Los alemanes son muy crédulos y, en efecto, al bajar del tren preguntó al primero que encontró. Este creyó que se refería a la calle Mariano Cibrán y al poco había un grupo de personas preguntándose por esa calle. Al final se le ocurrió decir: “seminar” y por ese camino llegó a encontrar a su amigo español y juguetón.
También en Innsbruck estudiaban en mi época dos mexicanos del movimiento de misiones extranjeras. Una vez vino a visitarlos su obispo, de nombre Escalante. Les trajo de regalo un libro: ¿De oraciones o de meditación? Nada de eso; era un libro de chistes “picantes”, de historias de doble sentido, de versos como el que una vez cité sin atreverme a publicarlo. Lo hago ahora con la ayuda de puntos suspensivos:
“A cagar bajé del tren
pero el tren partió sin mí.
Como cagar, cagué bien
pero c… me j…
que me quedé en el andén.”
Me pregunto si eran tiempos en los que el juego estaba más a la orden del día. Por ejemplo, en el colegio de Innsbruck se celebraba una vez al año una fiesta llamada, no sé por qué, Der Floh, la pulga. En ella se parodiaba y se ridiculizaba a los superiores y profesores jesuitas, algunos allí presentes.
Y eso me recuerda que también en la Facultad de Derecho de la Complutense, en diciembre del quinto año, tenía lugar la Fiesta del Rollo, en que igualmente se hacía una parodia y se ridiculizaba a los profesores de toda la carrera. En la Fiesta de 1957 se escenificó un discurso de Garrigues que, a su vez, parodiaba el famoso discurso de Franco de la guerra, la posguerra y la pertinaz sequía. En ese año la Fiesta comenzaba con una aleluya:
“Comed pipas y manises
pero si metéis jaleo
vendrán con porras los grises
y os darán un buen meneo”
No creo que esa Fiesta se celebre ya.
Todo esto me trae a la memoria que en los comienzos del siglo pasado había un género literario ya desaparecido, el de la poesía cómica, con autores como Vital Aza, Manuel del Palacio, Jorge Llopis, cuyo recuerdo sin duda pocos guardan.
Puedo con este motivo contar una historia personal. Mi padre era un hombre muy serio pero cultivaba la poesía cómica, que publicaba en el periódico de su pueblo natal, La Bañeza. Copio aquí como pequeño homenaje póstumo, una poesía de 1947 dedicada a la vaca lechera de una canción entonces popular:
“Estoy de vaca lechera
hasta la misma sesera
porque no encuentro manera
de librarme de esa fiera
y esto ya me desespera.
En la calle por la acera,
en casa por escalera,
el portero y la portera,
los críos con su niñera,
una y otra cocinera
tararean dentro y fuera,
con una voz plañidera
la canción repajolera
que todo el mundo venera
en las bodas de tercera,
en los bares de primera
y en fin en España entera.
Y quiera usted o no quiera
ha de escuchar a su vera
la tonada simple y huera
de la vaca populera
que ni es vaca ni es lechera
y es peor que otra cualquiera”
Ya no hay inocentadas ni fiestas paródicas ni versos cómicos. ¿Se ha acabado, pues, el juego?
No, se mantiene en las redes de ludotecas, los espacios donde se respeta el derecho al juego de la infancia, que la Fundación Educación y Desarrollo que preside mi amigo Josetxu Linaza, promueve en Madrid y en la costa, la sierra y la selva peruanas. Dos horas semanales de juego libre `permiten la adquisición de complejas habilidades motoras de juegos tradicionales (trepar, saltar, deslizarse, patinar, lanzar, atrapar, etc.); inventar historias y personajes fantásticos en las que actuar como competentes adultos; resolver miles de conflictos respetando, adaptando y modificando las reglas de sus juegos. Pero, sobre todo, jugar juntos les permite hacerse amigos. Y la vida con amigos, a cualquier edad, es mucho más satisfactoria que la soledad.
Las ludotecas proporcionan también una oportunidad única a los voluntarios adultos que permiten que esas dos horas de juego se realicen en el espacio y el tiempo asignados y que sean seguras. Descubren la infancia, recuperan una parte de la suya propia y comprueban su enorme capacidad para autorregularse y protagonizar su aprendizaje y su desarrollo. Finalmente, las familias descubren la mayor felicidad de sus hijos cuando disfrutan de espacios en los que pueden ejercer esa libertad que exige siempre el juego, en el que desarrollan su imaginación y su curiosidad y en el que construyen relaciones de amistad con otros niños. El tejido social de esas relaciones entre niños, entre voluntarios y entre familias constituye una verdadera inversión para el futuro de todos ellos. Cuando las ludotecas se realizan en instituciones educativas, los docentes se suman a esta construcción de relaciones sociales de las que todos nos terminamos beneficiando.
Es ya la experiencia de más de una década de redes de ludotecas, en comunidades y culturas muy diversas, con miles de niños y niñas participando de ellas, para poder asegurar que el resultado es tan positivo que, no solamente enriquece la vida de esas infancias sino la de los adultos que los acompañan. Observándoles jugar, uno entiende que el juego está reconocido como un derecho de la infancia porque es una verdadera necesidad para su desarrollo.
Hacia los tres años los niños comienzan a desarrollar su capacidad creativa y lúdica y desde entonces deberían dedicar la mayor parte de su tiempo a desarrollar sus capacidades jugando.
No, el juego no se ha acabado.
