Hace falta mucho coraje para encontrarse cara a cara y dialogar con el que ha asesinado o colaborado a la muerte de un ser querido. Mucho coraje y haber procesado el dolor guardando la memoria de las víctimas pero renunciando al odio. También se necesita valentía para ese gran cambio interior que lleva no sólo a renunciar a la violencia sino también a arrepentirse del mal causado y querer expresarlo a las víctimas.

Antes de los encuentros, ambas partes han recorrido un largo camino. Una experiencia de conversión, diríamos en términos cristianos, exigente y conmovedora, que se llevó a cabo con el sigilo que el respeto a los participantes exigía. Y que, desafortunadamente, se interrumpió con la llegada del PP al gobierno. Muchos en el País Vasco confían en que pueda retomarse.

Porque, cuando callan las armas, queda todavía un difícil y largo camino por recorrer: el de construir la paz. La amenaza del tiro en la nuca no atenaza ya a muchos ciudadanos y no condiciona la vida política. Pero los años de plomo siguen presentes: en el sufrimiento de las familias de las víctimas, en discursos políticos que hacen una relectura no siempre aceptable de lo sucedido, en la situación de los presos y la presión de sus familiares. Y hasta en la prisa con la que una parte de la sociedad, harta de lo vivido, quiere olvidar.

¿Cómo se recompone el tejido social y político tras una experiencia tan traumática? ¿Cómo se rehacen las experiencias personales, se recuperan las amistades, se cierran heridas en familias y cuadrillas? Sanar en profundidad personas y estructuras requiere un relato verdadero sobre lo sucedido y un respeto exigente a las víctimas. Mucho se ha avanzado en esa tarea, pero mucho queda por hacer. La Iglesia vasca puede y debe contribuir a ese proceso. Y lo está haciendo; aunque hay quien echa en falta palabras más decididas y más gestos e iniciativas de reconciliación.