El número de Alandar que ahora llega hasta su hogar está lleno de preguntas de muy difícil respuesta. Tratamos de imaginar el mundo de mañana, ese mundo que dejará la inesperada y rotunda crisis en la que ha sumido al planeta la pandemia del coronavirus. Ya advertimos: cambia todo tanto y tan deprisa que es prácticamente imposible saber dónde nos dejará todo esto. Puede ser tiempo de oportunidad, de construir desde los cuidados sobre las ruinas de un sistema que se ha revelado completamente ineficaz frente a una gripe grave, o tiempo para que se despierten los peores fantasmas del autoritarismo y los ultranacionalismos. En cualquier caso, cada vez parece más evidente que, después de la COVID-19, el mundo no volverá a ser el mismo.

Esa inseguridad no significa que tengamos que resignarnos a descruzar nuestros brazos únicamente para aplaudir en nuestros balcones. A pesar del miedo y las exageradas dimensiones del momento histórico tenemos una responsabilidad como ciudadanía a la que debemos responder. De nosotras, de nosotros, depende en gran medida hacia dónde pendule ese mañana del que hablamos. Y depende ya, hoy mismo, no cuando esté aquí y sea inevitable.

Sin duda es labor de nuestros gobernantes y del admirable personal sanitario frenar la pandemia. Lo que nos toca al resto, y es urgente, es crear lazos de entendimiento, redes de cuidados, comunidad; frenar el odio que se está expandiendo subvencionado por la ultraderecha y los medios de fake news; no caer en la trampa del exabrupto, hablar con nuestra gente cercana, en redes, en tantos grupos de whatsApp, como si de todas y todos dependiera el mañana nuevo que está por venir. Porque, de hecho, depende. Y urge hacerlo desde ya.