Ha llegado el tiempo de las mujeres o, lo que es lo mismo, el tiempo de la igualdad. Lo ha hecho con fuerza y a escala mundial, como un temblor inevitable que ha sacudido la Tierra. El temblor de siglos de opresión comprimidos. El temblor de un movimiento que avanza al unísono desde miles de voces distintas con diferentes visiones y acentos.

El feminismo ha dejado de ser una postura o una reivindicación concreta de algunos colectivos para pasar a ser la perspectiva universal a la que está llamada desde sus inicios. Ser feminista es creer en la igualdad, es creer en lo que es justo, es creer en los derechos humanos y luchar por todo ello. Ser feminista es luchar contra la mayor opresión de nuestro planeta: la que oprime a la mitad de la Humanidad. No se puede, por tanto, si se quiere estar en el bando de la justicia y de la igualdad, no ser feminista.

El feminismo que este marzo se reivindica no busca ser aceptado, busca transformarlo todo. No le falta quizá razón a los agoreros que dicen que las feministas buscan “destruir la sociedad occidental”. Sí, quieren cambiarla, pero no con el ánimo destructor y violento que les achacan. Para ello se han empapado de todos los feminismos que existen y se siguen desarrollando, lo han interseccionalizado para que quepan todas las mujeres y todas las luchas. Y lo han hecho colectivamente y desde la sororidad. Ya nada volverá a ser lo mismo. Son imparables.