Espiritualidad

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En estos días han sucedido muchas cosas, la más espantosa el terremoto de Haití, sus imágenes, la muerte de miles de seres humanos, el dolor de tantos afectados, la impotencia que nos deja la lejanía y que a veces sólo nos permite compartir algo de nuestro dinero y nuestra oración… Junto a esto hemos escuchado, sin manipulaciones, en directo, las declaraciones de Monseñor Munilla en la cadena SER. Las oímos intentando dejar a un lado toda la campaña que ha rodeado su nombramiento como obispo de San Sebastián. No nos gustó lo que dijo. “Hay males mayores… Tenemos que llorar por nuestra pobre situación espiritual”. Y menos nos gustó que lo dijera en el contexto en que lo dijo.

Entramos en la Cuaresma, tiempo de revivir nuestra fe, de reencontrarnos con la Palabra que siempre nos recuerda que no hay nada más espiritual que el hambre de mis hermanos, que la espiritualidad no es tal si no se encarna. Para este tiempo no hay programa mejor que el que nos marca Isaías: “Así dice el Señor: El ayuno que yo quiere es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor”. (Isaías 58, 6-9)

Hoy nuestro ayuno sólo tiene sentido si es solidario con los que ayunan cada día porque no pueden comer. Nuestra reflexión y nuestra oración en esta Cuaresma deberían estar marcadas por la solidaridad con los que más sufren la crisis. Con los más cercanos: los emigrantes, los que han perdido el empleo, su casa, los que ya no tienen ni el paro… Y también con los que están más lejos en la distancia, como el pueblo de Haití y tantos otros pueblos que son el rostro de Cristo sufriente.
Al borde del camino yacen y sufren muchos hermanos y hermanas nuestras. En cada uno de nosotros esté elegir el personaje que queremos ser: el buen samaritano que se para y cura las heridas o el sacerdote que da un rodeo porque llega tarde al templo.
Y la espiritualidad se os dará por añadidura.

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