Comenzamos el curso y el verano, lejos de servir para tomar un respiro de los graves retos que nos acechan, ha dejado el mundo en llamas. Literalmente. Al irresponsable incendio que continúa asolando la Amazonía se le suman todos los que están arrasando parte de África o, sin ir más lejos, el terrible fuego que tuvo en vilo a la isla de Gran Canaria. Fuegos provocados que incrementan su efecto destructor a causa de un cambio climático para el que no tenemos que esperar once años. Las consecuencias ya están aquí y, lejos de mitigarse, este verano hemos echado más leña al fuego.

A este fuego literal y metafórico se le suman otras causas que lo agravan y consecuencias con rostro humano que ponen a prueba lo que nos queda de humanidad. El ascenso de fuerzas de ultraderecha a diversos parlamentos así como la consolidación de un discurso basado en la xenofobia, la homofobia y el machismo dificultan las posibilidades de abordar el que debiera ser el mayor reto de la humanidad en este momento de la historia. Difícil es pararse a pensar en el clima –siempre parece que podremos salvarlo- mientras grupos organizados ponen los Derechos Humanos en riesgo. Así, víctimas del cambio climático, como muchos de los migrantes que se lanzan al mar para salvar la vida, son el espejo de las nefastas consecuencias de esta era. Ahí se reflejará, en casos como el del Open Arms, en qué lugar de la historia nos pusimos cuando hubo que dar la talla.

Comienza un nuevo curso en el que quedarse de brazos cruzados no es una opción. Alandar sabe cuál es su lugar. Seguimos.