El pasado mes cerraba con un suceso trágico de esos que nos sirven como espejo y termómetro del punto histórico concreto en los que una sociedad se encuentra. Ante la indiferencia de decenas de personas y para pasmo de turistas, el inmigrante de Gambia Pateh Sabally moría ahogado en el Gran Canal de Venecia. Un joven de 22 años que ya llevaba dos en suelo europeo daba sus últimas brazadas antes de hundirse en las profundidades de uno de los puntos más turísticos de la Tierra. La noticia trascendió las barreras locales debido a que varias personas grabaron vídeos con sus móviles en los que se podía ver la escena. De todo, más allá de la propia muerte de Sabally, quizá lo más terrible fuera el audio de dichos vídeos: la gente se burlaba de él, le insultaba y le instaba a volver a África mientras se ahogaba.
Rápidamente la polémica se instaló en si la muerte del joven de Gambia fue un suicidio o un accidente, ya que las cámaras de seguridad captaron el momento en el que tomaba impulso y se lanzaba al agua. Los gondoleros dicen que nadie que quiera perder su vida se quita la chaqueta intentando aligerar peso, pero tristemente esto es lo de menos.
Lo grave es que la muerte en directo de una persona sea capaz de generar burla y odio en vez de impulsos de solidaridad y ayuda. Nos sirve, como decimos, de termómetro y de espejo. Un espejo en el que los partidos xenófobos de Holanda, Francia o Alemania ya ven su reflejo con la misma cara de Trump.