Ahí nos tienen otra vez. Camino del 10 de noviembre para celebrar las segundas Elecciones Generales en un mismo año, el quinto de los comicios vividos a lo largo de este 2019. La desmotivación y la sensación de fracaso no pueden ser más grandes.

El profundo “uff” que vivimos el pasado 28 de abril cuando la ultraderecha, a pesar de entrar en el Congreso, no lograba formar parte de ninguna posibilidad de gobierno se transforma ahora en decepción cuando no directamente en una percepción de engaño.

Entonces escribíamos que, a pesar de los resultados, no podíamos conformarnos y tocaba tejer redes desde la ciudadanía. 24 diputados ultras eran demasiados diputados ultras. Un diputado ultra era demasiados diputados ultras. Lo que no pensábamos por entonces era que la necesidad de tejer redes iba a surgir no tanto para reforzar la solidaridad y los cuidados entre la parte más vulnerable de la sociedad civil sino por la falta de un gobierno que llevará esto a cabo. Por este desgobierno.

Nos reafirmamos desde este editorial en esa necesidad de construir lo que nuestros gobernantes no son capaces de construir con más fuerza si cabe que en el pasado mes de abril. Los retos de los tiempos son grandes (cambio climático, miles de migrantes muriendo en el mar, desigualdad creciente, machismo desacomplejado…). No podemos esperar. Y, sí, tocará volver a votar no sea más que por esquivar a los lobos. Pero, mientras, es nuestra responsabilidad ir abriendo camino. Igual cuando les dé por volver descubren que no queda nadie esperando.