Ruanda: testimonio sobre la vida en prisión

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Traducción literal del testimonio espontáneo de una mujer que ha vivido en una cárcel de Ruanda durante 10 años, acusada de haber participado en el genocidio de 1994. Juzgada al cabo de este tiempo, ha sido liberada sin cargos. Tal vez nos pueda parecer demasiado espiritualista y sin embargo no lo es; esta vivencia de Dios fortalece, humaniza y da sentido para seguir viviendo.

Casi nadie puede imaginar lo que puede ser la cárcel o una cárcel porque mi experiencia puede diferir de la de otros. A ti, que no has estado nunca, y a mí, cuando aún no la conocía, la prisión en la que estuve no era lo que yo pensaba, ni tampoco la que la gente puede desear para sus hermanos y hermanas o, como sucede recientemente, para sus hijos o sus propios padres. La prisión es más bien un lugar en el que Dios quiere dar un giro a la vida de las personas, porque no puede querer que alguien sea encarcelado. Yo creo que Dios no puede impedir a nadie que meta a otra persona en la cárcel pero, para manifestar su bondad, él va el PRIMERO, y cuando la persona llega ahí, Dios es el primero en acogerla, allí, donde parece que la muerte reina y que el amor ha muerto. Por suerte, si te ves obligada a vivir en ella, podrás constatar desde el primer momento, que allí viven hombres y mujeres, no bestias feroces. Hombres y mujeres que se acogen fraternalmente a unos y paternalmente a otros. Es decir, se acogen con humanidad. Hombres y mujeres que se relacionan gratuitamente en una pobreza exigida por las condiciones de igualdad de la situación. Hombres y mujeres que saben diferenciar la persona que eran antes de entrar y la persona con la que comparten la vida en ese lugar

En la cárcel, hombres y mujeres viven separados, es decir, en bloques diferentes. Pero cada uno vive en un espacio de 40 centímetros. Al ver el orden en todo, la paciencia de cada uno, al esperar todo de Dios, al ver la disciplina y la asiduidad en el trabajo, se comprende que detrás de todo eso está Dios, Imana (en kinyaruanda). ¡Está allí para curar los corazones heridos, para revitalizar los corazones destrozados y enseñarles a transformarse, poco a poco, hasta adquirir su propio tono.

¡Mi vida…! He vivido en la cárcel durante 10 años y cuatro meses y he salido inocente. (Mi marido estaba también en prisión y allí permanecerá toda su vida. Dios está con él). Perdón por precipitarme, pero es para poner de manifiesto que Dios me ha enseñado y me pide que perdone. Llegué a la cárcel destrozada pues había sido torturada y herida a muerte. Nunca habría imaginado que hubiera hombres tan feroces como aquellos que me redujeron a una piltrafa. Las cicatrices en mi cuerpo dan testimonio de ello, pero mi corazón ya no tiene señales de sufrimiento porque Dios me enseñó a perdonar el mismo día en que debía morir apaleada y durante los 9 meses o más que estuve en la cama de un dispensario, echada boca abajo, sufriendo terriblemente. Días así no pueden proporcionar alegría a nadie, pero para mí fueron un SIGNO de la gracia de Dios que llevo grabado en las cicatrices.

Él nos enseña a orar, aunque lo hagamos con sonidos y formas diferentes. La oración ocupa un lugar importante en la cárcel. Tres de cada cuatro prisioneros rezan, sin que nadie les obligue a hacerlo. Sólo Dios es el que llama y atrae hacia él los cuerpos y corazones encadenados por la maldad del hombre hacia otros hombres. La mayoría de los prisioneros son católicos, pero hay protestantes, adventistas del séptimo día, testigos de Jehová, restauración cristiana y musulmanes. Todos tienen su tiempo de oración y su programa escrupulosamente respetado por todo el mundo. Algunas veces, las diferencias externas de todos estos credos ayudan a creer y a practicar mejor. Los católicos, los más numerosos, tenemos un capellán que nos asiste. Entre los católicos hay también muchos que pertenecen a diversos movimientos de Acción Católica: Xavier, Scouts, JOC, Carismáticos, Sagrado Corazón, Legión de María, Movimiento sacerdotal Marial… Sus actividades son múltiples y complementarias pues todos responden a las necesidades de los más desfavorecidos de la sociedad. Cada domingo se celebra la Eucaristía y se recibe el sacramento de la Penitencia.

En la cárcel las mujeres se ocupan de diversos trabajos: lavado de la ropa, limpieza, confección de pequeñas cestas de mimbre, bordado, hacer punto… Cada una comparte lo que sabe: alfabetización, ayuda a los enfermos, atención a los mayores… En cuanto a la alimentación nos dan una ración de maíz y de alubias, pero en cantidad insuficiente. A veces hay que acostarse sin comer por falta de leña para cocinar o porque ya no hay comida.

Pero Dios está siempre ahí, en los momentos normales y en los más difíciles. Él es Padre, Protector, Salvador… En los grandes sufrimientos de los prisioneros hay grandes intervenciones de la presencia de Dios: preparación de declaraciones, juicios, castigos… y después del juicio.

(*) Fuente: A Fondo nº 4

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