¿Tenemos por qué indignarnos?

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pag23_desdeotroprisma_web-7.jpg¿Habrán leído nuestros obispos el opúsculo “¡Indignaos!”,
de Stéphane Hessel?
Creo que sí. (Es mejor suponer que sí).
¿Se habrán dado cuenta del alto valor evangélico que contiene
su llamada,
tanto a la insurrección contra la mentira, la injusticia y la
violencia,
como a la esperanza en un mundo (¿el Reino de Dios?) en que
desaparezcan las grandes desigualdades sociales,
y todas las mujeres y todos los hombres puedan acceder a sus
derechos de ciudadanos libres y responsables?
¿Por qué no se lee, como comentario de la Palabra, en todas las Iglesias cristianas?
¿Por qué no se integra en la programación de la catequesis de jóvenes y adultos?
¿Por qué muchos clérigos (o, al menos, alguno) no se suman a la declaración de Hessel,
y hacen pública su lucha personal, a lo largo de sus existencias,
contra todas las tiranías,
como pastores que dan su vida defendiendo a su pueblo de los lobos rapaces del capitalismo salvaje?
¡Indignaos! Es el estallido de una conciencia solidaria.
¡Indignaos! Es la voz de la Verdad que nos hace libres.
¡Indignaos! Es la Esperanza que comienza a llamear entre
las cenizas del largo conformismo.
¿Quién puede tener en su corazón un átomo del Amor de Dios,
y no indignarse,
¡y no indignarse!, viendo su Imagen y Semejanza afeada,
pisoteada, masacrada,
en miles y millones de sus hijos predilectos, los desposeídos de la
historia?
¡Indignaos! ¡Indignaos! ¡Indignaos!
Es posible, muy posible, que vuestra indignación, unida a la de
todos los indignados,
sea el Nuevo Pentecostés de una Humanidad congregada en la
mesa fraterna,
con el lenguaje universal de la Justicia y la Misericordia.
¡Indignaos!

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