Por Manolo Copé @manocope

Esta semana vino al sindicato Lola (nombre ficticio). Ella lleva trabajando quince años en una  de las ferreterías de su pueblo. Y venía al sindicato porque está cansada de que le tomen el pelo. Resulta que al poco de declararse el estado de alarma, a mediados de marzo, se vio afectada por un ERTE. Así estuvo además el mes de abril y mayo, y ya en junio volvió a su trabajo nuevamente. La trabajadora lleva seis meses intentando cobrar esos dos meses y medio en los que estuvo de ERTE. Y como por más que insistía al empresario, no obtenía respuesta, se acercó al sindicato para afiliarse y ver si le podíamos orientar al respecto. Por si esto no fuera poco, resulta que además está cobrando mucho menos de lo que el convenio que se le aplica indica. Bastante menos. Una media de 200€ cada mes. Lola, comentaba, que siempre le había parecido bajo su sueldo, pero como llevaba tanto tiempo en la empresa, no se podía imaginar que la estuvieran engañando. La cuestión es que entre los meses de ERTE sin cobrar y los errores de la nómina, la empresa le adeuda algo más de seis mil euros.

Durante estas semanas con mi equipo de HOAC, le estamos hincando el diente a la nueva encíclica de Francisco, la ‘Fratelli Tutti’, en cuyo corazón encontramos una de las claves desde la que construir ese nuevo sueño de una humanidad nueva y hermanada: el trabajo. El Papa vuelve a reivindicar la dignidad del trabajo y la centralidad que tiene en toda la vida social. Y frente al virus de la precariedad, frente al economicismo imperante, o el neoliberalismo individualista la mejor vacuna es devolver a la persona al centro de la vida económica y social.

Respecto de la situación de Lola recordaba también esta cita de Laudato Si: “La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como un mero objeto, obligándola a trabajos forzosos…” (LS, 123)

Es cierto que Lola no realiza trabajos forzosos, pero no deja de ser menos cierto que  ha habido personas que se han aprovechado de su trabajo. Después de quince años, Lola era “hermana” del empresario, pero poco.

Al final, la justicia mínima debida en el mundo del trabajo pasa por pagar el salario concreto que se ha pactado en la negociación colectiva y el diálogo social. Y aquí, precisamente aquí, es donde se genera un espacio para seguir tendiendo puentes entre la Iglesia y el mundo obrero y del trabajo y una de sus organizaciones claves: los sindicatos, que en definitiva son quienes, mediante la negociación colectiva, intentan garantizar unos mínimos necesarios para que la dignidad vaya siendo costumbre.

Como Iglesia deberíamos sentir como propia la llamada a luchar por salarios dignos[1] y empleos decentes. La transformación radical del mundo, la búsqueda del Reino, da pleno sentido a los esfuerzos por la disminución de la injusticia.

Es momento de cambio, por ser momento de crisis y es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos y todas. Es momento de que la fraternidad vuelva a ser la clave de nuestras relaciones humanas. El auténtico cuidado de nuestra propia vida es inseparable de la fraternidad y la justicia, también en el trabajo. Ojalá empujemos para que en el mundo del trabajo resurja esa cultura y comunidad solidaria que anteponiendo el bien común al individual, centre su acción en las necesidades de los trabajadores y de sus familias y no en la ganancia.


[1] Recomiendo la lectura de “UN SALARIO QUE CORRESPONDA A LA DIGNIDAD HUMANA Y AL BIEN COMÚN.” de Jesús Renau.  https://www.cristianismeijusticia.net/sites/default/files/pdf/col_v_es_6_0.pdf