Viajar es aprender

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Escribo esta columna a punto de terminar un apasionante y extraño viaje a la India. Junto con otra compañera de Unicef, hemos acompañado a dos periodistas que preparan un reportaje sobre el matrimonio infantil en el país. Recorremos durante horas interminables las carreteras de West Bengal, el estado del noroeste cuya capital es la conocida Calcuta (o, como le llaman ahora, Kolkata). Horas y horas jugándonos la vida a toda velocidad por unos caminos repletos de baches, camiones, bicicletas, caminantes, perros, cabras, vacas y un largo etcétera. Horas y horas atravesando pequeños y grandes pueblos, viendo fugazmente retazos de una vida tan alejada de la nuestra que apenas acertamos a comprender. Horas que dan mucho de sí, donde caben risas, angustias, descubrimientos y reflexiones.

Las angustias vinieron de la mano de la propia carretera, en forma de accidente en el que se vio implicado el coche en el que viajaba Paramita, la responsable de los programas de Unicef para luchar contra el matrimonio infantil. Muere el ciclista atropellado, el conductor del coche resulta seriamente herido y nuestra compañera es trasladada de urgencia al hospital. Y ¡qué hospital!… me resulta imposible describirlo sin el apoyo de las imágenes y los olores. Salas enormes hacinadas de enfermos y familiares, suciedad por todos los rincones, sangre, restos de todo tipo de flujos y mucha, mucha desolación. Lo más parecido que se me ocurre es la tremenda escena de “El jardinero fiel”, después del parto de la protagonista. Me siento culpable pensando en todas mis quejas sobre el sistema de salud madrileño (aunque las mantengo, ¡eh!). Al final, Paramita fue trasladada a un centro de acogida para evitar los males mayores que podía provocar una infección contraída en esas condiciones higiénicas. Del todo comprensible desde el punto de vista humano, aunque no puedo evitar preguntarme por lo que les espera a todos los que se quedan allí.

Superado el susto, seguimos viaje y llega el tiempo de las conversaciones pausadas con el resto de personas que nos acompañan. Me aventuro a preguntar por sus prácticas religiosas y la respuesta de una de ellas me sorprende. Criada en el seno de una familia formalmente hinduista pero no muy practicante, fue a una escuela católica regida por monjas irlandesas, que se empeñaban sin éxito en enseñarla a cocinar, coser y rezarle a un Dios hasta entonces desconocido. De esa época y de sus encuentros posteriores con personas de distintos rincones del mundo, le ha quedado una espiritualidad bastante arraigada, si bien alejada de formalismos o etiquetas. Ahora vive en casa de sus suegros, donde disponen de una habitación especialmente dedicada a la oración (por cierto, me sorprendió saber que éste es uno de los motivos por los que cuesta tanto generalizar las instalaciones higiénicas en las casas particulares de la India, para ellos resulta impuro tener un cuarto de baño al lado del lugar donde veneran a sus dioses). Con el permiso de su suegra, además de con los dioses hinduistas ahora cuentan en esa “capilla especial” con una Biblia, un Corán y otros textos de religiones diversas, con los que rezan, reflexionan y aprenden. Intuyo que no es una práctica muy común en nuestros entornos más cercanos (ni la de destinar un lugar recogido a la oración, ni la de compartir este lugar con religiones distintas a la nuestra), aunque no nos vendría mal adoptarla…

Por supuesto, el viaje también nos dio para conocer a fondo la problemática del matrimonio infantil, niñas condenadas a dejar de serlo con apenas 12 o 13 años, historias de sumisión, embarazos prematuros, tradiciones seculares y mucha, mucha esperanza. Pero no me voy a extender en esto, ahora les corresponde a los periodistas convertir todo lo vivido en un extenso reportaje que, si todo va bien, verá la luz dentro de unas semanas. Espero que podáis leerlo y que en él sean capaces de transmitir apenas una pequeña parte de todo lo aprendido. En cualquier caso, nada como colgarse la mochila al hombro para aprenderlo en primera persona.

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