Testimonios

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Pido disculpas por adelantado porque voy repetir un tema del que ya escrito en esta columna. Se trata de un asunto trascendental para la vida del planeta que ni se puede fabricar, ni se puede sustituir: el agua. Me voy a referir a una actividad “simpática”, según el calificativo utilizado por un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación del Gobierno de España. Me explico. Desde hace unos años, varias ONGD preparamos actividades para recordar la importancia del agua, aprovechando la celebración del Día mundial del agua (22 de marzo). Este año escribimos una carta al ministro García-Margallo para poner sobre su mesa la injustificable cantidad de personas que no tienen acceso a agua segura, lo que significa otras tantas injustificables violaciones de un derecho humano reconocido por las Naciones Unidas, en julio de 2010.

La actividad nos pareció muy adecuada y quisimos reforzarla con testimonios procedentes de personas que, o bien todavía no tienen acceso a agua potable o ya han sido reconocidas como titulares del derecho al agua mediante la cooperación española. Nos pusimos en contacto con organizaciones que apoyamos en varios países y en pocos días mi correo electrónico se llenó de mensajes, acompañados de dibujos: unos repletos de color, de trazos firmes; otros parecían plomizos, difuminados, transmitían tristeza, al igual que los mensajes que los acompañaban.
Me preguntaba por qué se podían formar dos grupos con características comunes tan evidentes en cada uno de ellos. Las diferencias se encontraban en el hecho de tener o no tener acceso a agua potable. Los niños, las niñas y los jóvenes que nos mandaron sus argumentos rotundos a favor del agua potable no dudaban en afirmar que sus vidas habían cambiado de forma radical por el simple hecho de disponer de una fuente segura de agua para los usos personales y domésticos, porque había mejorado su salud, la alimentación e higiene. Las niñas y las jóvenes se alegraban, además, porque ni ellas ni sus madres tenían que recorrer kilómetros para ir a buscar agua. Eran los dibujos que rebosaban color y reflejaban optimismo.

Quienes todavía no tienen acceso al agua se lamentan al comparar su situación con la de aquellas poblaciones que ya disponen de agua segura; o como Albertina, que, junto al dibujo de un cocodrilo, afirmaba: “No quiero ir a por agua al río porque los cocodrilos se comen a los niños”, como ocurre en Mozambique. Juanita comentaba que “Cuando me enfermo, en el hospital me dicen que beba agua pero, ¿cómo voy a beber agua si el agua me enferma?”.

Muchos fueron los mensajes y los dibujos que depositamos en el registro del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación para reforzar las reivindicaciones que una y otra vez hacemos llegar a quienes toman las decisiones políticas que cambian vidas. Los fondos destinados a la cooperación en general y al sector agua en particular, que se ven recortados desde 2008, tienen consecuencias vitales para muchas personas y constituyen una forma de hacer política cuyos resultados contribuyen a reforzar la dignidad de las personas mediante el reconocimiento de sus derechos: como Sunita o Chandrahas, Sebastião o Mandisa, Luzdary o Rogelio, por citar algunas de las personas que mandaron sus mensajes para recordarnos que el agua es imprescindible para la vida del planeta Tierra.

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