Los propietarios del poder

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El pasado mes de octubre estuvo cargado de días mundiales. Además, en la semana contra la pobreza (del 14 al 20 de octubre) se nos recordó que hay que abordar seriamente una realidad con graves consecuencias para las personas más vulnerables: la riqueza que empobrece. El resultado de actividades diversas, mensajes, concentraciones en todos los continentes casi ha pasado desapercibido para la población en general y no digamos para quienes se consideran propietarios del poder y toman decisiones sin considerar el interés común.

¿Qué está pasando? Inmersos en una crisis sin parangón, asqueados de tantas mentiras políticas y económicas, saciados de mensajes sin contenido ni fundamento, de enfrentamientos estériles y defensas de causas delirantes, muchas personas buscan refugio en el silencio del hogar, en la comodidad de la inacción, situándose de espaldas a la realidad. Y, por si fuera poco, la mayoría silenciosa se nos presenta, interesadamente, como protagonista del buen hacer.

Frente a tanta desafección general de la ciudadanía, hay miles de personas dedicadas en cuerpo y alma a hacer “oposición” estén donde estén. Personas que, sin darse cuenta, se dedican a la verdadera política, a la política en el sentido más noble de la palabra, es decir, un quehacer ordenado al bien común, para resolver los problemas que plantea la convivencia colectiva. Esas personas políticas auténticas intentan, incluso en el “silencio sufriente”, en palabras de Juan José Tamayo, dibujar trazos de esperanza en cuadros familiares o laborales que las circunstancias adversas podrían desdibujar; personas que denuncian sin demagogia ante los políticos que no nos representan; personas que tejen redes sociales con hilos muy resistentes para favorecer la cohesión y el diálogo.

La información buena, mala o regular agota a diario nuestras neuronas, sale a borbotones, se desparrama sin más. Por nuestra sociedad líquida, como la describió el sociólogo Zygmunt Bauman, van circulando flujos de acá para allá: unas veces son protestas airadas; otras, denuncias virulentas, cuando no insultos o calumnias.
Paralelamente, como afirma Josep Ramoneda, “todo el aparato comunicacional –es decir, propagandístico- se ha orientado a generar pánico a la gente para limitar su capacidad de irritación, indignación y respuesta”. En este ambiente, nuestras sociedades asisten a la ceremonia del adiós a los derechos humanos, derechos que los Estados, entre ellos el Estado español, se comprometieron a respetar, proteger y garantizar. Como consecuencia de tan flagrante incumplimiento, las desigualdades se globalizan aceleradamente en todos los países del planeta y demasiados seres humanos sufren a diario hasta la muerte, por causas muy diversas: porque tienen hambre y sed, porque les falta un techo que les cobije, porque no se pueden permitir el acceso a la educación de calidad, porque sus escasos recursos económicos no alcanzan para cuidar de su salud y la de su familia, porque la lotería del nacimiento les ha convertido en inmigrantes, porque están engrosando la lista, escandalosamente infinita, de personas muy pobres a quienes determinados gobernantes pretenden multar porque duermen en la calle o piden limosna. Como señaló David Trueba, “ciertos gobernantes han confundido su cargo, un privilegio temporal ganado por votación, con el título de propietarios sobre las personas y los bienes públicos”.

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