¿A la deriva?

Supongo que a la mayoría de las personas que leen esta revista –sin ánimo de ser elitista, le supongo al lector o lectora promedio de alandar una sensibilidad especial– les es difícil resistirse a creer que nuestro país va a la deriva.

En los últimos dos meses hemos conocido, entre otros, informes de varias organizaciones sociales de gran prestigio devolviéndonos una imagen en el espejo que no nos gustará mucho… pero es real.

Una de cada cuatro personas está en serio riesgo de exclusión, según el estudio de la Fundación FOESSA (auspiciada por Cáritas). La pobreza crece y millones de personas se quedan estancadas, sin posibilidad de salir de una situación que ya se ha convertido en estructural.

UNICEF sacaba a la luz datos estremecedores en un asunto particularmente sensible: el aumento de la pobreza infantil. Un 26% de los niños y niñas en España viven en condición de pobreza. Otra vez uno de cada cuatro viven en condiciones deplorables. El porcentaje sube cuando miramos las familias con 3 o más hijos, en esos hogares la pobreza alcanza a uno de cada tres. Escalofriante.

Por último, Oxfam Intermón sacó a la luz nuevos datos que pretenden ayudar a ofrecernos una explicación a todo lo anterior… 20 personas en España tiene tanto dinero como 13 millones, y el número de millonarios se ha duplicado en los últimos tres años, mientras crecía la pobreza. Estos días hemos sabido que uno de cada tres trabajadores en España ingresa menos de 645€; ¡uno de cada tres!

Esa creciente divergencia entre unos pocos y la mayoría se explica por una nudo gordiano que se llama captura política. Quienes más tienen –sean personas o empresas– consiguen de forma explícita o implícita influir en quienes organizan la sociedad y establecen las reglas. Establecen reglas que les favorecen, de forma que pueden seguir sacando ventajas. Una de las ventajas más claras es la posibilidad de evitar -por vías legales, sí- el pago de impuestos. Un dato me dejó sobrecogido: mientras en España cerraban 210.000 empresas, las autoridades ofrecieron a las grandes compañías un tratamiento privilegiado que les hizo reducir al mínimo su pago de impuestos. A día de hoy «las familias» aportan el 90%, las empresas «normales» aportan el 7% y las más grandes, solo el 3% de la recaudación.

Hemos visto también estos últimos días como se sigue desahuciando a personas que no tienen donde ir por pequeñas deudas… Hoy, mientras escribo, acabo de ver la foto de una mujer de 85 años a la que decenas de policías sacaban de la que era su casa ¿en qué consiste esa moratoria que aparentemente se ha acordado? ¿Es que no puede el estado sencillamente prohibir que una persona sin recursos alternativos se quede en la calle?

La verdad es que sí que parece que vamos a la deriva. Ni hablo de corrupción o de tensión territorial e inacción política. No hace falta.

Cada vez es menos aceptable escuchar de portavoces del Gobierno expresiones prefabricadas de triunfalismo con tasas de crecimiento por debajo del 1% (incluyendo la prostitución) pensando en las siguientes elecciones, o el anuncio de aparentes recortes de impuestos a las rentas medias y altas.

Ese futuro es muy incierto, sí, pero desde luego no podemos seguir más tiempo viviendo una situación de profunda crisis con la sensación de que nadie puede hacer nada para que cambie la realidad. Menos aún en un momento en que el país tiene a las generaciones mejor formadas de su historia, aunque muchos se están marchando.

2015 es un año que marcará un cambio de rumbo político en un país harto de mirarse en el espejo como se ve hoy y que ya no puede creerse que las cosas no puedan ser de otra manera.

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